
En marzo de 2016, lo que debía ser una aventura inolvidable en uno de los paisajes más hermosos del planeta terminó convirtiéndose en una de las historias más escalofriantes del mundo del montañismo. Marcus Weber, un joven alemán de 28 años apasionado por la naturaleza, Sarah Mitchell, una fotógrafa canadiense de 26 años, y Diego Morales, un escalador argentino de 31 años, emprendieron un viaje de dos semanas por el Parque Nacional Torres del Paine, en la inhóspita y majestuosa Patagonia chilena. Los tres eran experimentados, estaban preparados con tecnología, provisiones y planes meticulosamente organizados. Nada hacía pensar que desaparecerían sin dejar rastro.
Su último contacto ocurrió el 15 de marzo, cuando Marcus envió una señal GPS desde un campamento cercano al Lago Grey, informando de buen clima y de su intención de cruzar el desafiante Paso John Gardner. Al no reportarse al día siguiente, los guardaparques iniciaron la búsqueda. Sin embargo, la Patagonia mostró su cara más cruel: tormentas, ráfagas de viento superiores a 100 km/h y condiciones que imposibilitaron los sobrevuelos. Durante semanas, equipos de rescate de Chile, Argentina y voluntarios internacionales rastrearon cientos de kilómetros sin hallar pista alguna.
El operativo se convirtió en uno de los más grandes en la historia de la región. Sus familias viajaron desde Múnich, Vancouver y Buenos Aires para unirse a la búsqueda, y el caso despertó atención global. Pero la inmensidad del territorio terminó imponiéndose: después de seis semanas, las operaciones oficiales se redujeron. El caso quedó en el limbo, aunque sus seres queridos jamás perdieron la esperanza.
A lo largo de los años, sus familias y la comunidad montañista mantuvieron vivo el recuerdo. Se impulsaron reformas en protocolos de seguridad, se instalaron sistemas de rastreo obligatorios y se promovió la cooperación internacional en rescates. Sin embargo, el misterio de Marcus, Sarah y Diego permanecía intacto.
Todo cambió el 12 de octubre de 2023. Siete años y siete meses después, un piloto militar que patrullaba una zona remota de la Cordillera del Paine vio algo extraño en un acantilado inaccesible. Lo que parecía equipo de escalada resultó ser algo mucho más perturbador: tres cuerpos suspendidos con cuerdas, perfectamente alineados, como si alguien los hubiese colocado allí intencionalmente.
La escena heló la sangre de todos. Los tres mochileros habían estado allí todo este tiempo, intactos gracias al frío y la altura. Pero las condiciones en que fueron hallados hicieron que la hipótesis del accidente se desmoronara. Los cuerpos estaban suspendidos de forma imposible de lograr por sí solos, usando su propio equipo modificado. La autopsia reveló algo aún más cruel: no habían muerto por una caída ni por un accidente repentino, sino lentamente, por exposición y deshidratación. Habían sido puestos en esa posición mientras aún vivían.
Las pruebas forenses indicaban la participación de alguien con profundos conocimientos de escalada. Un depredador. Investigadores descubrieron patrones similares en otros casos de desapariciones en la Patagonia y zonas remotas de Sudamérica. Un nombre emergió: Eduardo Vásquez, exguía de montaña chileno con un historial problemático y gran experiencia técnica. Había sido despedido años antes por conducta violenta y se sospechaba que vivía oculto en zonas remotas del parque.
Cuando la policía lo buscó, Vásquez ya había desaparecido. Se desató una cacería internacional. Finalmente, seis meses después, fue detenido en Argentina tras ser denunciado por escaladores alemanes que notaron su comportamiento sospechoso. Su confesión estremeció al mundo: había acechado y asesinado no solo a Marcus, Sarah y Diego, sino a por lo menos otros cuatro excursionistas. Los atraía siguiendo sus planes a través de foros y redes sociales, se presentaba como guardaparque y los atacaba cuando estaban más aislados.
El detalle más perturbador fue su motivación. Vásquez confesó que quería demostrar su “superioridad” sobre los extranjeros que, según él, no respetaban los peligros de la Patagonia. Los obligaba a colaborar en su propio destino antes de abandonarlos para que murieran lentamente, mientras él observaba desde la distancia.
El juicio en Chile fue seguido en todo el mundo. Las familias de las víctimas estuvieron presentes y la sentencia fue ejemplar: prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Pero la historia no terminó ahí. La tragedia generó un cambio profundo en las regulaciones de seguridad para viajeros de aventura. Hoy, las expediciones en la Patagonia requieren sistemas de rastreo en tiempo real, los guías son sometidos a rigurosos controles de antecedentes y existe cooperación entre países para responder a emergencias. Además, la Fundación Internacional de Seguridad en la Naturaleza, creada por las familias de los mochileros, promueve nuevas tecnologías para prevenir desapariciones y educa a viajeros sobre la necesidad de protegerse no solo de la naturaleza, sino también de amenazas humanas.
La historia de Marcus, Sarah y Diego es ahora una advertencia global: la belleza más salvaje puede esconder los peligros más oscuros. Y aunque la justicia finalmente alcanzó a su asesino, su memoria perdura como un recordatorio de que incluso en los lugares más puros de la Tierra, la verdadera amenaza puede ser el hombre.