El viento nocturno arrastraba hojas secas contra la madera de la pequeña cabaña en el puesto avanzado del cuartel. Dentro, junto a una tenue lámpara de aceite, el joven soldado Ignacio sostiene una pluma con las manos temblorosas mientras el murmullo lejano de tambores de guerra se filtra por las rendijas de la ventana. Afuera el firmamento oscila entre estrellas y nubes bajas, y cada tanto un relámpago distante recuerda que la tormenta no será solo meteorológica. Ignacio ha decidido que esta noche escribirá su diario final, aquellas páginas por si mañana no hay regreso.
Desde hace semanas las noches le han robado el sueño. Los compañeros hablan en voz baja, consultan mapas, se afanan en pulir armas. Pero él, Ignacio, se aferra a este cuaderno como a una tabla perdida en el océano de su mente: un testimonio íntimo que debe sobrevivir aunque él no lo haga. Mientras la cera gotea lentamente en el candelabro oxidado, él comienza:
“Hoy, antes de partir, siento el peso de mil recuerdos. Mamá, si llegas a leer estas líneas, sabrás que cada paso que doy hacia la batalla lo hago pensando en tu nombre…”
Sus ojos se nublan, pero una determinación firme recorre sus venas. En el aire se filtra el olor del polvo, del metal, del miedo latente. El mundo exterior espera, con inquietud, y él sabe: mañana cruzará la línea del frente.
Ignacio no nació soldado, nació hijo de una mujer dulce que trabajaba bordando en el hogar mientras recitaba versos antiguos para dormir. En su infancia él corría por los campos cercanos al pueblo —colinas verdes, ríos alegres, trigos dorados que se mecían al viento— y su madre le decía que la esperanza es una semilla que florece aún en la tierra más seca. Él aprendió de ella valor, ternura y el deseo de un mundo libre de sombras.
Cuando estalló el conflicto, el llamado del deber lo alcanzó en una mañana de primavera. Vio casas incendiándose, vecinos huyendo, niños con el llanto roto. Sintió que no podía quedarse al margen. Así, con la bendición de su madre y un abrazo que duró un segundo pero pareció eterno, partió al frente con un nudo en la garganta.
En el cuaderno continúa su relato:
“Durante el trayecto hasta este campamento he visto pueblos en ruinas, rostros desolados, campos donde el trigo fue consumido por el fuego. He conocido soldados de ojos apagados, cargando sueños rotos. Pero también vi actos de bondad: una madre que ofreció pan a un enemigo, un niño que nos sonrió al pasar. Me aferro a esos momentos para no perder la humanidad.”
Esa misma noche, los oficiales convocan a los capitanes; se comentan estrategias: una ofensiva al amanecer, avanzar por un valle angosto, cruzar ríos, tomar posiciones elevadas y resistir hasta que llegue el relevo. El campamento bulle de actividad. Ignacio siente un hormigueo en el estómago. Quizás es miedo, quizás anticipación, quizás una mezcla de ambas.
En su diario, describe el ruido de los tambores que retumban en su pecho, el canto lejano de los preparativos, el chisporroteo de metales y la respiración colectiva de cientos de hombres jóvenes que comparten un mismo destino. Cada uno con su historia, su madre, su anhelo de volver.
“He caminado entre las filas y he visto rostros pálidos, manos temblorosas que buscan confiarnos un último ‘hermano’, un último aliento. En el silencio previo al combate, sentí que la tierra misma respiraba con nosotros. Si caigo mañana, que mi pluma cuente que amé la vida hasta el último segundo.”
Cuando el alba aún es tímida, una densa neblina se arrastra por el valle. Las órdenes dan paso al movimiento: banderas ondean, tambores suenan, y los soldados avanzan bajo un cielo en penumbra. Ignacio retiene un instante ese paisaje difuso: colinas brumosas, árboles con siluetas grises, mosquitos, humedad y ese volumen de expectación contenida.
Un estruendo sacude la mañana al impactar la artillería enemiga. Explosiones retumban como gigantes enfurecidos. El suelo tiembla. Ignacio corre junto a sus compañeros, esquiva proyectiles, siente el viento caliente de una metralla pasar rozando la piel. Caen hombres a los lados: gemidos, sangre, gritos. En ese caos brutal él lucha por mantener la compostura, por no perder el rumbo. Su corazón bombea como un tambor salvaje.
La ofensiva los empuja hacia una colina cercana: trepan por trincheras, reculan cuando la carga enemiga retorna. En un momento Ignacio ve caer a su compañero Luis, grita su nombre, se lanza, lo toma en brazos, pero ya demasiado tarde. Las lágrimas le nublan la visión, la ira y la desesperación le dan fuerzas nuevas. Sabe que deben resistir ese punto estratégico, o toda la línea podría colapsar.
La lucha alcanza su punto más crítico cuando reciben una contraofensiva enemiga directamente sobre la colina. Ignacio, jadeante, herido en el brazo, ve cómo cada metro cuenta: dos soldados caen a su lado, una explosión revienta un árbol, el aire se llena de esquirlas. La determinación y el miedo se anudan. Él alza el rostro al cielo, recuerda a su madre, recuerda sus canciones, su voz suave susurrándole: “vive, hijo, vive”.
En ese instante, justo cuando el enemigo avanza, Ignacio repite mentalmente esas palabras de su madre y, con un grito ahogado, carga contra la oleada. El choque es brutal, las armas se cruzan, el polvo lo envuelve. Su herida sangra, su visión se oscurece, pero aún sostiene su fusil con firmeza. Y mientras cae de rodillas, siente un calor en el pecho: la certeza de que ha dado todo.
Ignacio cae al borde de la trinchera. El mundo gira en fragmentos de luz y sombra. Con esfuerzo abre la cubierta del cuaderno que lleva en el chaleco. Sabe que la vida se escapa, pero sus dedos hallan la pluma. Con voz débil, escribe las últimas líneas:
“Mamá, no temo a la muerte, sino a no verte de nuevo. Si mis fuerzas se disuelven en este suelo sangriento, quiero que sepas que mi último aliento fue para ti. Que cada lágrima, cada sonrisa, cada canto fue para ti. Perdóname si no vuelvo, pero mi corazón bate tu nombre con dulzura. Cuida de nuestra tierra, cuida de los que quedan. Yo estaré entre la brisa, entre las estrellas, entre cada latido de tu memoria.”
Se detiene. Teme ya no poder seguir. El mundo a su alrededor se desdibuja. Quizás no hay más sonido que el retumbar lejano, quizás solo su propia respiración tenue. Cierra el cuaderno con un temblor final. Lo deja junto al cuerpo, con la pluma apoyada encima, como un relicario.
Un silencio profundo desciende, como un manto pesado. En ese silencio, Ignacio se funde con el paisaje, con la tierra roja, con el susurro del viento. Y en ese instante exacto, su espíritu vuela hacia el hogar, hacia su madre, hacia las praderas donde jugó de niño.
Al día siguiente, cuando la luz del amanecer abre tímida sus párpados dorados, los soldados avanzan más allá de esa colina. Entre las ruinas y los cuerpos yacen sus cosas: el cuaderno cerrado, la pluma de tinta negra, la mirada silenciosa de un muchacho que soñaba con regresar. Lo recogen con respeto y lo llevan de vuelta al campamento. Algunos evocan su nombre, otros lloran con discreta intensidad.
La madre de Ignacio, lejos del frente, siente un estremecimiento en la tierra, una vibración sutil que le susurra un nombre. Y esa noche, al retirar la mantita de su hijo y el eco de sus canciones, percibe que acaso esa voz sigue viva: en el viento, en el murmullo de la lluvia, en las hojas. El diario llegará a sus manos, y entre esas páginas leerá el último “mamá” de un hijo que amó la vida hasta su último aliento.
Fin.