El horror olvidado del paso Diátlov: la cámara que reveló al hombre del hacha

En las gélidas montañas de los Urales, donde el nombre “Paso Diátlov” evoca tragedia y misterio, existe una historia aún más oscura, casi borrada por el tiempo. No se trata del célebre accidente de 1959, sino de un suceso que ocurrió medio siglo después, en 2002. Tres excursionistas desaparecieron en las mismas montañas, y durante quince años nadie supo qué les ocurrió. Hasta que una vieja cámara soviética, hallada bajo una roca, reveló su destino y algo mucho más aterrador: la mirada del hombre que los mató.

La expedición perdida

El líder del grupo era Igor Vulov, de 45 años, un geólogo veterano acostumbrado a las condiciones más extremas. Junto a él viajaban Semion Orlov, ex paracaidista de 29 años, y Anna Petrova, una programadora de 32 años apasionada por la fotografía. Su plan era ambicioso: recorrer parte de la ruta del grupo Diátlov, pero no por curiosidad morbosa, sino para cartografiar una cresta inexplorada. Nada presagiaba la tragedia.

El 2 de febrero de 2002, los tres partieron desde la ciudad de Ekaterimburgo hacia el norte de la región de Sverdlovsk. Un camionero llamado Pota fue el último en verlos con vida. Los dejó al borde de la taiga, cargados con mochilas enormes y riendo bajo la nieve. Luego, el silencio.

Los últimos días según el diario

Seis meses después, los rescatistas encontraron una tienda vacía y un cuaderno. En él, Igor había registrado los primeros días de viaje con precisión geológica: temperaturas, distancias, ubicación del campamento. Todo parecía rutinario hasta la entrada del 10 de febrero.

Ese día, el grupo encontró una estructura extraña: una especie de choza improvisada hecha con troncos y ramas, sin fuego, sin utensilios. En el centro del suelo, un círculo perfecto de piñas. “No es de turistas ni de cazadores”, escribió Igor. “Este lugar se siente mal. Es un sitio muerto.”

Al día siguiente, el diario menciona algo aún más inquietante: una huella humana solitaria. No era una bota moderna, sino una marca borrosa, como hecha con trapos o fieltro. Esa pisada los siguió durante kilómetros, girando alrededor de su ruta, como si alguien invisible los rodeara en círculos. “Nos observa desde el bosque”, anotó Igor. Fue la última frase legible.

Después, las páginas quedaron en blanco.

La desaparición

El contacto con el grupo debía realizarse por teléfono satelital dos semanas después. Nunca ocurrió. Las búsquedas oficiales no hallaron nada: ni cuerpos, ni mochilas, ni huellas. El caso se archivó bajo la frase: “Desaparecidos en circunstancias no aclaradas.”

La cámara bajo la roca

Quince años más tarde, en el verano de 2017, un grupo de voluntarios cartografiaba la zona cercana al mismo cedro donde murieron dos miembros del grupo Diátlov. Uno de ellos, buscando sombra, movió una roca grande y encontró debajo algo insólito: una vieja cámara Zenit ET. Estaba oxidada, cubierta de polvo y barro, pero sorprendentemente intacta.

Dentro, aún había un rollo de película. Contra todo pronóstico, un técnico consiguió revelarlo. Veinticuatro fotografías sobrevivieron al tiempo. Las primeras eran inofensivas: montañas, selfies, risas, paisajes nevados. Pero a partir del fotograma 11, la historia cambió.

La secuencia del horror

El fotograma 11 mostraba la extraña choza con el círculo de piñas.
El 12, huellas en la nieve, junto a las botas de Semion.
Los 13 y 14, imágenes movidas del bosque.
Y en el 15, una figura humana oscura, inmóvil, observándolos desde lejos entre los abetos.

A partir del 16, las fotos fueron tomadas de noche. En una, Semion sostiene un piolet como si esperara un ataque. En otra, Igor está en la entrada de la tienda, con un cuchillo sobre las rodillas.
En el 18, la cámara captó algo aterrador: una piña solitaria frente a la tienda. Exactamente como las del círculo en la cabaña. Alguien había estado allí. Alguien que quería que supieran que los vigilaba.

El 22 y 23 muestran al grupo huyendo al amanecer. En el último, Anna Petrova fotografió a Semion alejándose con su mochila, mirando atrás.

Y luego llegó el fotograma 24.

El hombre del hacha

La imagen estaba borrosa, tomada desde el suelo, como si Anna hubiera caído. El ángulo apuntaba hacia arriba. En primer plano, dos figuras forcejeaban: Semion y alguien más, vestido con ropas oscuras y toscas. Cerca, el cuerpo de Igor yacía inmóvil.

Y al centro, a unos metros de la cámara, una figura alta, inmóvil, con un hacha en la mano. Llevaba una chaqueta acolchada y un gorro con orejeras. No atacaba. Solo miraba directo al lente, a Anna, y por extensión, a todos los que verían la foto años después.

El hombre del hacha.

La verdad enterrada

La fotografía cambió todo. La policía reabrió el caso, y los tres excursionistas pasaron de “desaparecidos” a “víctimas de homicidio.” Se revisaron archivos, bases de datos, y testimonios de los pueblos cercanos. Nadie coincidía con el rostro difuso del asesino, pero algunos ancianos recordaban los rumores: un ermitaño salvaje que vivía solo en las montañas del río Aspia. “No le gusta que lo molesten”, dijeron. “Ese bosque le pertenece.”

Helicópteros rastrearon la zona. Encontraron cabañas viejas, fogones apagados, huellas antiguas… pero nada vivo. El bosque había devorado todas las pistas.

El caso, tras seis meses, volvió al archivo. La versión oficial fue modificada: se dijo que las imágenes eran de “mala calidad” y que las sombras podían pertenecer a los mismos excursionistas. La hipótesis del asesino fue borrada.

La cámara, junto con la foto del hombre del hacha, fue sellada en un sobre confidencial dentro de los archivos policiales.

Voces que no se rinden

La esposa de Igor, ya anciana, concedió una breve entrevista:
“Mi marido jamás habría dejado morir de frío a nadie. Él los habría salvado. Lo que vi en esa foto no fue un accidente, fue el rostro del mal. Nos piden que olvidemos, pero ¿cómo se olvida algo así?”

Sus palabras nunca fueron emitidas. Nadie quiso reabrir una herida tan profunda. Sin embargo, en los pueblos del norte, la historia se transformó en leyenda. Los cazadores la cuentan al calor del fuego, bajando la voz cuando mencionan el nombre del lugar. Ya no temen solo al paso Diátlov. Temen al hombre del hacha.

El eco del miedo

Oficialmente, el caso está cerrado. Tres montañistas que “amaban demasiado las montañas y fueron demasiado lejos.” Pero la película de 24 fotogramas dejó una verdad imposible de negar: no murieron por la naturaleza, sino por otro ser humano.

En los silenciosos bosques de los Urales, donde el viento arrastra historias de tragedia y locura, el hombre del hacha sigue siendo una sombra. Nadie sabe quién fue. Nadie sabe si aún está allí. Pero los que han caminado por esas montañas juran sentir su presencia.

El terror, dicen, no siempre ruge ni acecha en la oscuridad. A veces, solo observa… esperando el momento de volver.

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