Parte 1: La Tumba de Cristal
No fue el llanto lo que alertó a Elena cuando entró en la mansión Blackwood. Fue el silencio. Un silencio antinatural, pesado, que se pegaba a las paredes de mármol y asfixiaba el aire. No era paz. Era miedo.
Elena apretó el asa de su maleta desgastada. Sus nudillos estaban blancos. Necesitaba este trabajo. El dinero se había acabado hacía semanas y las deudas de su madre enferma no esperaban. Pero al cruzar el umbral, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Llegas tarde —dijo una voz afilada como un bisturí.
Isabella Blackwood bajó las escaleras. Era hermosa de una manera cruel. Rubia, alta, envuelta en seda roja que costaba más que la vida entera de Elena. Sus ojos no tenían calidez. Eran hielo azul.
—Lo siento, señora. El autobús… —comenzó Elena.
—No me interesan tus excusas. Me interesa la eficiencia —la cortó Isabella, llegando al último escalón. Se acercó a Elena, invadiendo su espacio personal. Olía a perfume caro y a algo metálico. A peligro—. Las reglas son simples. Limpia. Cocina. Y mantente alejada del ala oeste.
—¿El ala oeste? —preguntó Elena, confundida.
—La habitación del niño. Leo.
El nombre flotó en el aire. Elena había oído los rumores en el pueblo. El hijo del millonario Alejandro Blackwood. El niño roto.
—Me dijeron que debo cuidarlo —dijo Elena con suavidad.
Isabella soltó una risa seca. Sin humor.
—Leo no necesita cuidados. Necesita aislamiento. Es sordo de nacimiento. Mudo. Y tiene… episodios. Es violento si se le altera. Tu trabajo es dejarle la comida y salir. No lo mires. No intentes jugar con él. Es una causa perdida. Alejandro está destrozado por ello, así que no le menciones al niño nunca. ¿Entendido?
—Entendido —mintió Elena.
Porque Elena tenía un defecto. O quizás un don. No podía ignorar el dolor ajeno. Y en esa casa, el dolor gritaba desde las paredes.
Esa misma tarde, Elena subió al ala oeste. La puerta de la habitación de Leo era pesada, de roble oscuro. Parecía la entrada a una celda, no a un dormitorio infantil. Empujó la puerta.
La habitación estaba en penumbra. Las cortinas estaban cerradas, bloqueando el sol de la tarde. En el centro, sentado en una alfombra persa, había un niño de siete años.
Leo.
Era pequeño para su edad. Pálido. Su cabello negro estaba despeinado. Estaba de espaldas a la puerta, construyendo una torre con bloques de madera. Sus movimientos eran lentos. Letárgicos.
Elena dio un paso. El suelo de madera crujió bajo su zapato. Un sonido agudo.
La espalda de Leo se tensó.
Fue imperceptible. Un milisegundo. Un espasmo en sus hombros. Pero Elena lo vio. Se detuvo en seco, conteniendo la respiración. Si es sordo profundo, no debería haber reaccionado a un crujido.
Se acercó más, intencionalmente golpeando su talón contra el suelo. Toc. Toc.
Leo no se giró. Siguió apilando bloques. Pero su mano temblaba. La torre de madera osciló.
Elena rodeó al niño y se arrodilló frente a él. Leo levantó la vista.
El corazón de Elena se rompió en ese instante.
Los ojos del niño eran pozos de terror. Grandes, oscuros y llenos de lágrimas contenidas. No había la vacía desconexión de alguien que vive en un mundo sin sonido. Había una hipervigilancia aterradora. Estaba escaneando la cara de Elena, buscando una amenaza.
—Hola, Leo —susurró Elena.
El niño no reaccionó. Ni un parpadeo. Mantuvo la fachada perfecta.
—Sé que puedes verme —dijo ella, usando sus manos para hacer gestos básicos, aunque no sabía lenguaje de signos real.
Leo bajó la mirada a sus bloques.
La puerta se abrió de golpe.
El estruendo fue brutal. Isabella entró como una tormenta.
—¡Te dije que te alejaras! —gritó.
Elena se levantó de un salto. Pero sus ojos no estaban en la madrastra. Estaban en el niño.
Cuando la puerta golpeó la pared, los ojos de Leo se cerraron. Sus pupilas se contrajeron. Fue un reflejo biológico. Involuntario.
No era sordo.
Elena sintió una oleada de frío.
—Solo le traía la cena, señora —dijo Elena, bajando la cabeza, ocultando lo que acababa de descubrir.
Isabella cruzó la habitación y agarró a Elena del brazo con una fuerza sorprendente. Sus uñas se clavaron en la carne.
—Es la última vez que te lo advierto. Alejandro llega esta noche. Si te ve molestando a su hijo, te echará a la calle antes de que puedas pestañear. Él no tolera que nadie perturbe la “paz” de Leo.
Isabella miró al niño con desprecio.
—Come, fenómeno —escupió ella.
Leo no se movió. No reaccionó al insulto. Pero Elena vio cómo su pequeña mano apretaba un bloque de madera hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Esa noche, la mansión cobró vida. Alejandro Blackwood había regresado.
Elena servía la cena en el comedor principal. Alejandro era un hombre imponente, pero parecía cansado. Llevaba el peso del mundo en los hombros. Su traje era impecable, pero sus ojos estaban apagados.
—¿Cómo está él? —preguntó Alejandro, cortando su filete.
—Igual, querido —dijo Isabella, tomando un sorbo de vino. Su voz era dulce, melosa. Una actuación perfecta—. Hoy tuvo otro ataque de ira. Rompió un jarrón. Tuve que darle su medicina para que se calmara.
Elena, que servía agua en ese momento, casi derrama la jarra. Mentira. Ella había estado con Leo. El niño no se había movido de la alfombra.
Alejandro suspiró, un sonido desgarrador.
—Dios… ¿Por qué? He pagado a los mejores especialistas. He traído doctores de Suiza. Todos dicen lo mismo. Sordera congénita y retraso cognitivo severo.
—Es su destino, amor —Isabella puso su mano sobre la de él—. Pero me tienes a mí. Yo me encargo de esa carga. Tú descansa.
Elena sintió náuseas. “Carga”. Así llamaba al niño.
Alejandro asintió, derrotado.
—Gracias, Isabella. No sé qué haría sin ti. Desde que murió Clara… esta casa ha sido un infierno.
Clara. La madre biológica. Murió en el parto, según decían los periódicos.
Elena se retiró a la cocina, pero su mente trabajaba a mil por hora. Había algo oscuro aquí. Los “mejores doctores” diagnosticaron sordera. Pero ella había visto al niño reaccionar al sonido. ¿Cómo era posible?
A medianoche, cuando la casa dormía, Elena se deslizó fuera de su cuarto. No podía dormir. La imagen de los ojos de Leo la perseguía.
Subió al ala oeste. La puerta de Leo estaba entreabierta.
Elena se asomó.
Isabella estaba allí.
Elena se pegó a la pared, conteniendo el aliento. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando la escena.
Leo estaba en la cama, despierto. Isabella estaba de pie junto a él, sosteniendo una cuchara y un frasco de líquido ámbar.
—Abre la boca —susurró Isabella.
Leo negó con la cabeza. Tenía miedo.
—Dije que abras la boca —siseó ella. Su voz era baja, pero cargada de veneno—. ¿Quieres que papá se entere de lo que hiciste? ¿Quieres que sepa que eres un monstruo? Si hablas, si haces un solo ruido, él te odiará. Él te enviará lejos. A un lugar oscuro donde nunca volverás a ver la luz.
Leo abrió la boca, temblando. Isabella vertió el líquido.
—Buen chico. Recuerda, Leo. El silencio es tu único amigo. Si escuchas algo, finge que no. Si quieres hablar, trágate las palabras. Porque si emites un sonido… yo me aseguraré de que sea el último.
Isabella salió de la habitación. Elena se escondió en las sombras del pasillo, el corazón latiéndole en la garganta como un tambor de guerra.
No era una enfermedad. No era un defecto de nacimiento.
Era una tortura.
Isabella lo estaba drogando y condicionando psicológicamente para fingir ser sordo y mudo. Pero, ¿por qué? ¿Qué ganaba con tener un hijo inválido?
Elena volvió a su cuarto, temblando de rabia. Miró su reflejo en el espejo. Una simple criada. Pobre. Sin poder. Contra los dueños de la ciudad.
Pero entonces recordó los ojos de Leo.
—No —susurró Elena a la oscuridad—. No vas a ganar esta vez, bruja.
Elena Carter nunca dejaba una pelea a medias. Y la guerra por el alma de Leo acababa de comenzar.
Parte 2: La Guerra de los Susurros
Los días siguientes fueron un juego de ajedrez mortal. Elena sabía la verdad, pero saberla no era suficiente. Necesitaba pruebas. Necesitaba que Alejandro viera lo que ella veía.
Pero Alejandro era un muro de dolor.
—Señor Blackwood —dijo Elena una mañana, mientras limpiaba el polvo de la biblioteca. Alejandro estaba revisando documentos financieros.
—¿Sí? —respondió él sin levantar la vista.
—Ayer… mientras limpiaba el cuarto de Leo, se cayó un libro. Hizo mucho ruido. Y me pareció ver que Leo se asustaba.
Alejandro se detuvo. Levantó la vista. Sus ojos grises eran duros.
—Leo es sordo, señorita Elena. Profundamente sordo. Los nervios auditivos no funcionan. Lo que usted vio fue… una coincidencia. O una vibración en el suelo. No le dé falsas esperanzas a un padre. Es cruel.
—No pretendo ser cruel, señor. Pero… a veces los diagnósticos se equivocan. A veces el miedo paraliza más que la enfermedad.
Alejandro golpeó la mesa con el puño.
—¡Basta! Isabella me advirtió sobre esto. Dijo que te estabas obsesionando con el chico. Haz tu trabajo y deja de jugar a ser doctora.
Elena tragó saliva. Isabella ya había envenenado el terreno.
Decidió cambiar de táctica. Si no podía convencer al padre, tenía que liberar al hijo.
Cada tarde, cuando Isabella salía a sus sesiones de spa o compras, Elena se colaba en la habitación de Leo. Al principio, él la ignoraba. Se sentaba en su rincón, drogado por el jarabe que Isabella le daba cada noche, mirando a la nada.
Elena dejó de intentar hablarle. En su lugar, empezó a tararear.
Melodías suaves. Canciones de cuna que su propia madre le cantaba. Arrorró mi niño, arrorró mi sol…
El primer día, Leo no hizo nada. El segundo día, dejó de jugar con los bloques. El tercer día, Elena llevó una pequeña caja de música que encontró en el desván. La encendió. Una melodía tintineante llenó el aire viciado del cuarto.
Leo giró la cabeza. Lentamente.
Sus ojos se clavaron en la cajita. Había hambre en su mirada. Hambre de sonido. Hambre de vida.
Elena se sentó a su lado.
—Es bonita, ¿verdad? —susurró muy bajo.
Leo la miró. Sus labios se separaron. Quería hablar. Elena podía ver los músculos de su garganta trabajando, luchando contra años de condicionamiento y miedo.
—Ella no está aquí —dijo Elena, mirándolo fijamente—. Isabella se ha ido. Nadie te hará daño.
Leo extendió una mano temblorosa hacia la caja de música. Sus dedos rozaron el metal frío.
De repente, se oyó el motor de un coche en la entrada.
El efecto fue inmediato. Leo se retrajo como si le hubieran quemado. Se tapó los oídos con las manos y se meció hacia adelante y hacia atrás, cerrando los ojos con fuerza. El terror puro.
Elena corrió a la ventana. El deportivo rojo de Isabella estaba aparcando. Había vuelto antes de tiempo.
—Mierda —susurró Elena.
Escondió la caja de música bajo su delantal y salió al pasillo justo cuando Isabella subía las escaleras.
Isabella se detuvo. Sus ojos de depredadora recorrieron a Elena de arriba abajo.
—Te ves nerviosa, querida. ¿Has estado robando plata?
—Solo limpiaba el polvo, señora —dijo Elena, manteniendo la voz firme.
Isabella sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Sabes… Alejandro confía en mí ciegamente. Si yo le dijera que te vi robando, o peor, lastimando a Leo… te destruiría. No tendrías dónde esconderte. Nadie te contrataría. Tu madre enferma moriría sola y sin medicinas.
Elena sintió un golpe en el estómago. ¿Cómo sabía lo de su madre?
—Investigué sobre ti —dijo Isabella, disfrutando del miedo en la cara de Elena—. Sé que estás desesperada. Así que te daré una opción. Vete hoy. Desaparece. Y te daré un cheque generoso. Quédate… y te prometo que desearás no haber nacido.
Isabella pasó de largo, golpeando el hombro de Elena con el suyo.
Elena se quedó sola en el pasillo. Temblaba. Debería irse. Debería tomar el dinero y salvar a su madre. Leo no era su hijo. No era su problema.
Pero esa noche, mientras preparaba su maleta, escuchó algo.
Un sonido débil. Apenas un susurro que viajaba por los conductos de ventilación.
Elena pegó la oreja a la rejilla.
Venia del despacho de Alejandro. Isabella estaba hablando. No, estaba discutiendo.
—…ya te lo dije, el niño es un problema. Está creciendo. La dosis ya no le hace el mismo efecto. Empieza a mirarme diferente.
La voz de un hombre desconocido respondió. Quizás al teléfono.
—Si Alejandro descubre que el testamento de Clara dejaba todo a Leo solo si este estaba sano mentalmente… perderemos todo, Isabella. Todo. La fortuna pasa al fideicomiso a los 18 años. Si Leo es declarado incapaz, tú controlas el dinero como su tutora. Si sana… te quedas sin nada.
Elena se tapó la boca.
Ahí estaba. La razón de todo el sufrimiento. Dinero. La madre biológica había dejado la fortuna al niño, pero Isabella necesitaba que Leo fuera un inválido para controlar los millones.
—No sanará —dijo Isabella con frialdad—. Me aseguraré de ello. Mañana aumentaré la dosis. Y si eso falla… bueno, los accidentes ocurren en las escaleras todo el tiempo. Un niño torpe, sordo… pobre angelito.
Elena sintió que la sangre se le helaba. Iba a matarlo. Iba a matar a Leo porque las drogas ya no eran suficientes.
Elena miró su maleta a medio hacer. Miró el cheque que Isabella había dejado en la mesa de la cocina esa tarde.
Rompió el cheque en mil pedazos.
No había vuelta atrás. Mañana sería el cumpleaños de Alejandro. Habría una fiesta. Gente importante. Prensa.
Era el escenario perfecto. O el final de todo.
A la mañana siguiente, la tensión en la casa era insoportable. Los caterings entraban y salían. Alejandro estaba nervioso. Isabella estaba radiante, supervisando todo como una reina.
Elena buscó a Leo. La puerta estaba cerrada con llave.
—¡Abre! —susurró Elena a través de la cerradura.
Nadie respondió.
Elena corrió a la cocina, agarró un cuchillo para mantequilla y subió de nuevo. Forzó la cerradura antigua. El mecanismo cedió con un chasquido.
Entró.
Leo estaba en la cama, sudando. Pálido como la cera. El frasco de “medicina” en la mesita estaba vacío.
—Leo… —Elena lo sacudió.
El niño abrió los ojos. Estaban vidriosos. Drogado.
—Mamá… —susurró.
Elena se congeló.
—¿Leo? ¿Puedes oírme?
—Ella… mala… —balbuceó el niño. Su voz era ronca por la falta de uso, pero era una voz. Una voz humana—. No… quiero… dormir.
Elena lo levantó en brazos. Pesaba tan poco.
—No vas a dormir, Leo. Vamos a despertar a todos.
Elena bajó las escaleras de servicio con el niño en brazos. Podía oír la música de violines en el salón principal. Las risas de la alta sociedad. El tintineo de las copas.
Isabella estaba en el centro del salón, brindando con champán junto a Alejandro.
—Por mi maravilloso esposo —decía ella, sonriendo a las cámaras de la prensa local—. Y por nuestra familia, que aunque marcada por la tragedia de nuestro pobre Leo, se mantiene unida por el amor.
Los aplausos resonaron.
Elena abrió las puertas dobles del salón de golpe.
La música se detuvo. Las cabezas se giraron.
Elena estaba allí, con su uniforme de criada manchado de polvo, sosteniendo al niño en brazos. Leo parecía un cadáver pequeño.
—¡Alejandro! —gritó Elena. Su voz retumbó en el silencio atónito.
—¿Qué significa esto? —Isabella palideció, pero recuperó la compostura rápido—. ¡Seguridad! ¡Esta mujer está loca! ¡Ha secuestrado al niño!
Dos guardias de seguridad avanzaron hacia Elena.
—¡No! —gritó Alejandro, avanzando—. ¡Es mi hijo! ¿Qué le pasa?
—Pregúntele a ella —Elena señaló a Isabella con un dedo acusador—. Pregúntele qué hay en el frasco que le da cada noche. Pregúntele por qué Leo tiene que estar “enfermo” para que ella controle el dinero.
—¡Mentiras! —chilló Isabella, su máscara de perfección cayendo—. ¡Es una ladrona! ¡La despedí ayer y esto es su venganza! ¡Sacadla de aquí!
Los guardias agarraron a Elena. Intentaron quitarle al niño.
—¡Suéltenme! —luchó Elena—. ¡Alejandro, mírale a los ojos! ¡No es sordo! ¡Nunca lo fue!
Alejandro estaba paralizado, mirando a su hijo inerte en brazos de un guardia.
—Es sordo, Elena. Por favor… no hagas esto más difícil —suplicó Alejandro, con lágrimas en los ojos.
Isabella sonrió triunfante.
—Llévensela. Y llamen a la policía.
Parecía el fin. Elena estaba siendo arrastrada hacia la salida. Leo estaba siendo llevado de vuelta a su prisión.
Pero entonces, Elena hizo lo único que le quedaba.
Se soltó un brazo y agarró una copa de cristal de una bandeja cercana. Y con toda su fuerza, la lanzó contra el suelo de mármol, justo a los pies de Alejandro.
¡CRASH!
El sonido fue explosivo. Agudo. Violento.
Y en los brazos del guardia, a cinco metros de distancia, Leo gritó.
No fue un gemido. No fue un llanto. Fue un grito de puro susto al sonido. Se tapó los oídos con ambas manos y se encogió, sollozando.
—¡RUIDO! —gritó el niño con voz clara y aterrorizada—. ¡DEMASIADO RUIDO!
El silencio que siguió fue más fuerte que la explosión del cristal.
Alejandro se quedó de piedra. Miró los cristales rotos. Miró a su hijo, que se tapaba los oídos y hablaba. Hablaba.
Lentamente, Alejandro giró la cabeza hacia Isabella.
La cara de Isabella era una máscara de horror puro. Sabía que se había acabado.
Parte 3: El Eco de la Verdad
El tiempo pareció detenerse en el gran salón de la mansión Blackwood. Los invitados, la élite de la ciudad, contenían la respiración colectivamente. Las cámaras de los periodistas, olvidadas por un momento, ahora apuntaban frenéticamente hacia la escena.
Alejandro dio un paso hacia su hijo. Temblaba. Parecía un hombre caminando sobre brasas.
—¿Leo? —su voz se quebró. Fue apenas un susurro.
Leo, todavía en brazos del guardia confundido, levantó la cabeza. Las lágrimas surcaban su cara pálida. El efecto del sedante luchaba contra la adrenalina del momento.
—Papá… —dijo Leo. La palabra salió torpe, oxidada, pero inconfundible—. Ella… ella dijo que me odiarías si hablaba.
El mundo de Alejandro se derrumbó.
—¿Qué? —Alejandro cayó de rodillas. No le importó el traje, ni la prensa, ni el estatus. Se arrastró hasta su hijo—. ¿Quién te dijo eso?
Leo señaló con un dedo tembloroso. Un dedo que apuntaba directamente al corazón de Isabella.
—Isabella. Dijo que soy un monstruo. Dijo que el silencio es mi amigo.
Alejandro se giró. La tristeza en su rostro se evaporó, reemplazada por una furia bíblica. Una ira oscura y terrible que transformó sus facciones. Se puso de pie lentamente, girándose hacia su esposa.
Isabella retrocedió, tropezando con su vestido de seda. Ya no había arrogancia. Solo pánico animal.
—Alejandro, mi amor, escucha… el niño está alucinando. Es la fiebre. ¡Está enfermo! ¡Tú sabes que está enfermo! —su voz subió una octava, histérica.
—Habló —dijo Alejandro. Su voz era baja, gélida—. Me ha llamado papá. Y ha reaccionado al sonido de la copa.
—¡Es un truco! ¡Esa criada le ha enseñado! ¡Es ventriloquía! —Isabella miraba a su alrededor, buscando aliados, pero los invitados la miraban con repulsión.
Elena se adelantó, sacando de su bolsillo el frasco vacío que había recogido de la mesita de noche de Leo.
—Esto no es medicina —dijo Elena, alzando el frasco para que todos lo vieran—. Es un sedante neuroléptico fuerte. Lo usa para mantenerlo dócil. Para mantener su cerebro nublado. Y anoche… anoche la escuché admitir por qué lo hace.
Elena se giró hacia Alejandro.
—Es por el dinero, señor Blackwood. El fideicomiso de la madre de Leo. Si Leo está sano, ella pierde el control de la fortuna.
Isabella se lanzó hacia Elena, sus uñas convertidas en garras.
—¡Cállate, sucia ramera! ¡Te mataré!
Pero Alejandro la interceptó. La agarró por la muñeca con una fuerza que hizo crujir el hueso. Isabella gritó.
—¡No la toques! —rugió Alejandro. Empujó a Isabella lejos de Elena. Ella cayó al suelo, un desastre de seda roja y maquillaje corrido.
—Llamen a la policía —ordenó Alejandro a los guardias. Su voz no admitía réplica—. Y a un médico. Un médico de verdad. Ahora.
Isabella intentó levantarse para huir, pero dos guardias la bloquearon. Empezó a gritar insultos, maldiciones, revelando su verdadera naturaleza. La máscara había caído por completo.
Alejandro no la miró más. Corrió hacia Leo, arrancándolo de los brazos del guardia y abrazándolo contra su pecho.
—Perdóname… perdóname, hijo mío. Soy un ciego. Soy un estúpido… —Alejandro lloraba abiertamente, besando la cabeza de su hijo.
Leo, por primera vez en años, no se tensó. Rodeó el cuello de su padre con sus bracitos débiles y lloró con él.
Elena observaba la escena desde un lado, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba su cuerpo, dejándola exhausta. Había terminado. Había ganado.
Se dio la vuelta para irse. Su trabajo había terminado. Probablemente la despedirían de todos modos por el escándalo.
—¿A dónde vas?
La voz de Alejandro la detuvo en la puerta.
Elena se giró. Alejandro la miraba, aún con Leo en brazos. Sus ojos estaban rojos, pero había una gratitud inmensa en ellos.
—Yo… supongo que a casa, señor. He causado un gran alboroto.
Alejandro negó con la cabeza.
—Has salvado a mi hijo. Has salvado mi vida. No vas a ir a ninguna parte. Por favor. Quédate. Leo te necesita. Yo… necesito ayuda para aprender a ser padre de nuevo.
Leo levantó la cabeza y miró a Elena.
—Elena… quédate —susurró el niño.
Elena sintió un nudo en la garganta. Asintió, incapaz de hablar, con lágrimas corriendo por sus propias mejillas.
Seis meses después.
El jardín de la mansión Blackwood estaba irreconocible. Donde antes había sombras y setos recortados con rigidez militar, ahora había juguetes. Una pelota de fútbol. Un perro golden retriever corría ladrando alegremente.
Elena estaba sentada en el porche, leyendo un libro. Llevaba ropa cómoda, no un uniforme. Ya no era la criada. Era la gobernanta, la tutora y, en muchos sentidos, el pilar de la familia.
—¡Elena! ¡Mira esto!
Leo corría hacia ella. Había ganado peso. Sus mejillas tenían color. Y lo más importante: hablaba. Aún iba a terapia del habla para corregir los años de silencio forzado, y a veces tartamudeaba cuando estaba nervioso, pero su voz era la música más hermosa que Elena había oído jamás.
—¡Te veo, campeón! —gritó ella.
Alejandro salió de la casa con dos limonadas. Se veía diez años más joven. La sombra perpetua de sus ojos había desaparecido.
Isabella estaba en prisión, esperando juicio por fraude, abuso infantil e intento de homicidio. El escándalo había sido monumental, pero había servido para purgar la toxicidad de sus vidas.
Alejandro se sentó junto a Elena y le pasó un vaso.
—El terapeuta dice que su progreso es milagroso —dijo Alejandro, mirando a su hijo jugar con el perro—. Dice que es porque tiene un entorno de amor absoluto.
Se giró hacia Elena y le tomó la mano. Fue un gesto suave, pero cargado de intención.
—Gracias, Elena. Por ver lo que yo no pude ver. Por gritar cuando todos callaban.
Elena apretó su mano.
—El silencio es peligroso, Alejandro. Pero la verdad siempre hace más ruido.
De repente, Leo tropezó y cayó al césped. El perro ladró fuerte.
Alejandro hizo ademán de levantarse, preocupado, pero Leo se echó a reír. Una risa carcajeante, sonora, vibrante.
—¡Estoy bien! —gritó Leo.
Elena y Alejandro se miraron y sonrieron.
La mansión Blackwood ya no era una tumba. Estaba llena de ruido. Gritos, ladridos, risas, música.
Y para Elena, era la sinfonía más dulce del mundo.