
Durante diez años, la desaparición de Marcus Chen fue un misterio que atormentó tanto a su esposa como a la comunidad fotográfica de Alaska. Un hombre que vivió por y para la naturaleza, que dedicó su vida a capturar lo salvaje con paciencia y respeto, había desaparecido sin dejar rastro en el corazón del Parque Nacional Denali. Pero el hallazgo fortuito de un excursionista en 2024 cambió todo: su mochila, sus tarjetas de memoria y un video estremecedor ofrecieron, por fin, la verdad.
Marcus Chen no era un fotógrafo cualquiera. A los 41 años, había construido una reputación silenciosa pero sólida como uno de los más comprometidos retratistas de la fauna salvaje de Alaska. No perseguía animales, no montaba escenas: esperaba. Sabía que la grandeza de la naturaleza no se captura, se gana. Su esposa, Sarah, lo comprendía bien: “Se casó conmigo en segundo lugar. Su primer amor siempre fue Alaska”.
En septiembre de 2014, Marcus emprendió otro viaje a Denali, cargado con su Canon 5D Mark III, comida deshidratada y la promesa de volver en tres semanas. Le envió a Sarah dos mensajes rutinarios a través de su dispositivo satelital: “Todo bien. El clima perfecto. Vi un oso esta mañana”. Pero el tercero nunca llegó.
El 15 de septiembre, los guardaparques hallaron su campamento intacto: la tienda en pie, la comida a medio comer, sus cámaras de respaldo sobre la cama. Lo único que faltaba era su cámara principal. No había señales de lucha, ni rastro de ataque animal. Marcus simplemente había desaparecido.
La búsqueda fue inmensa: helicópteros, perros, voluntarios. Nadie encontró nada. Las autoridades cerraron el caso semanas después. Denali, una vez más, había reclamado otra vida.
Sarah organizó un funeral sin cuerpo. “Murió haciendo lo que amaba”, dijo, sin saber lo cierto que era. Pero durante una década, vivió con la incertidumbre más cruel: no saber cómo, ni cuándo, ni por qué.
Un hallazgo imposible
Diez años después, en agosto de 2024, un ingeniero de Seattle llamado Derek Williamson rompió las reglas del parque. Intentando ahorrar horas de caminata, se desvió de la ruta oficial y cruzó un terreno rocoso. Entre los boulders, algo oscuro llamó su atención: una mochila vieja, cubierta de líquenes. Al levantarla, notó su peso. Dentro había equipo fotográfico corroído y tres tarjetas SD etiquetadas con una fecha: “Denali 9/14”.
Junto a ellas, una tarjeta plastificada: un permiso del parque a nombre de Marcus Chen.
Derek sabía exactamente quién era. Lo había leído en las noticias años atrás. Fotografió la escena, guardó las tarjetas en una bolsa impermeable y caminó siete horas hasta el puesto de guardaparques más cercano.
Esa misma noche, el parque envió un equipo forense al lugar. Lo que hallaron bajo la mochila fue devastador: restos humanos, dispersos por el tiempo y los animales. Marcus había caído entre dos grandes rocas, quedando atrapado. No había muerto al instante. Había intentado liberarse. Las marcas en la piedra lo decían todo: rasguños, movimientos desesperados. Murió de hipotermia, consciente, durante las horas más frías de la noche.
Las tarjetas de la verdad
En Anchorage, un especialista en recuperación digital limpió y examinó las tres tarjetas de memoria. Dos estaban casi destruidas. La tercera, milagrosamente, contenía 87 fotografías y un video de once minutos.
Las fotos contaban su última expedición día a día. Paisajes dorados, caribúes, y luego, lobos. Marcus había encontrado una manada: una pareja alfa y su cría. Los observó durante días, acercándose con cuidado hasta ganarse su confianza. El 11 de septiembre, siguió a los lobos hacia un terreno más rocoso. A las 14:47, la última foto mostraba un ángulo extraño, un desenfoque abrupto… y nada más.
Luego, el video.
La última grabación
El 11 de septiembre de 2014, a las 18:34, Marcus activó el modo de video en su cámara. Lo hizo a ciegas, atrapado en una grieta sin poder moverse. En la grabación apenas se veían rocas y sombras, pero el audio era claro.
Durante los primeros minutos, se escuchaba su respiración agitada, los intentos por liberarse, el roce de sus botas. Luego, su voz calmada:
“Creo que tengo que aceptar que no saldré de aquí. Es tarde. Ya baja la temperatura.”
Marcus hablaba con serenidad, casi como si grabara un diario. Se disculpó con Sarah por no llevar su dispositivo de emergencia, explicó cómo se cayó mientras retrocedía para fotografiar a los lobos. Luego, su tono cambió.
“Las fotos son increíbles, Sarah. La hembra alfa, sus ojos… valió la pena.”
A medida que avanzaba el frío, su voz se volvió lenta.
“Estoy muy frío. Creo que me queda poco tiempo. Dile a mamá que fui feliz. Hice lo que amaba. Vi cosas hermosas.”
Sus últimas palabras fueron casi un susurro:
“Te amo. Guarda un poco de esa cena para mí. Ya voy a casa.”
El viento llenó los últimos segundos del video. Luego, silencio.
La vida después de la muerte
Cuando Sarah Chen vio las imágenes por primera vez, no lloró enseguida. Solo escuchó. Luego dijo algo que nadie olvidó:
“Él murió como vivió. Paciente, sereno, mirando el mundo con amor.”
Las fotografías recuperadas se convirtieron en un testimonio del alma de Marcus. El Museo de Anchorage organizó una exposición titulada “Last Light: La última expedición de Marcus Chen”. Lo que se esperaba como un homenaje local se transformó en un fenómeno nacional. Miles de personas acudieron a ver sus imágenes: paisajes bañados por luz ámbar, caribúes al amanecer, y en el centro, la foto de la loba alfa.
Esa imagen fue portada de National Geographic en marzo de 2025. Su mirada dorada parecía contener toda la historia de Marcus: la belleza, el peligro, y la paz de aceptar el destino.
Con las ganancias, Sarah creó la Beca Marcus Chen de Fotografía de Vida Silvestre, para apoyar a nuevos fotógrafos de conservación. Parte del dinero se destinó al fondo de rescate del Parque Denali, en honor al lugar que le dio y le quitó todo.
Un legado bajo las estrellas
El 11 de septiembre de 2025, Sarah regresó al mismo sitio donde Marcus murió. No llevó flores, sino una fotografía que había tomado ella misma tras aprender el oficio de su esposo: el valle de Teklanika al amanecer. La colocó entre las piedras y susurró:
“Ahora entiendo por qué valía la pena.”
El viento recorrió el valle. En algún lugar, un cuervo cantó.
Denali no perdona. Pero tampoco olvida. Y durante diez años, protegió las memorias de Marcus Chen para que el mundo recordara que algunas bellezas exigen un precio.
Marcus murió buscando la luz perfecta. Y la encontró.