El Fantasma de Hardangervidda

Parte I: El Despertar entre el Hielo
El silencio en la meseta de Hardangervidda no es paz; es una sentencia de muerte.

En octubre de 1943, el aire no se respira, se mastica como cristales rotos. El Junkers Ju 88, una bestia de metal que antes rugía con la soberbia del Tercer Reich, yacía ahora como un cadáver descuartizado sobre una ladera a 1.800 metros de altura. El ala de babor estaba arrancada, el motor derecho era una masa de carbón y el morro acristalado se había convertido en una dentadura de vidrio ensangrentado.

Dentro de la panza del avión, el aire olía a gasolina, cables quemados y algo mucho más denso: el final. Matías Vogle abrió los ojos.

El dolor no llegó de golpe. Primero fue el frío, un peso de mil toneladas que le oprimía el pecho. Tenía solo veinte años. Su octava misión. Su última visión antes del impacto fue el rostro del piloto, Franz Huber, luchando contra los mandos mientras el suelo noruego ascendía para devorarlos.

Matías intentó moverse. Un gemido agudo escapó de su garganta. Su pierna izquierda estaba atrapada, pero no rota. Con un esfuerzo que le desgarró los músculos, se arrastró hacia la cabina. El metal crujía bajo su peso, un lamento agonizante en medio de la ventisca que empezaba a filtrarse por las grietas.

— ¿Huber? ¿Brener? —su voz era un hilo de polvo.

Nadie respondió. El silencio era absoluto.

Al llegar a la cabina, la imagen lo golpeó más fuerte que el accidente. Huber seguía aferrado a la palanca, con el pecho hundido contra el panel de instrumentos. Klaus Brener, el navegante, parecía dormir sobre su mapa, pero la mancha oscura que se expandía bajo su cuerpo contaba otra historia. El ingeniero, Otto Shriber, estaba envuelto en el humo negro de un incendio que el hielo ya había sofocado.

Matías estaba solo. Solo a kilómetros de la civilización, en el lugar más inhóspito de la Tierra, rodeado de sus camaradas muertos.

— No me dejen aquí —susurró, rompiendo en un llanto seco que se congelaba en sus mejillas—. Por favor, despierten.

Pero los muertos no escuchan. Matías se refugió en la posición del artillero ventral. Usó su cuchillo de supervivencia para rasgar la seda de los paracaídas y envolverse en ella. Durante dos días, el mundo exterior desapareció tras una cortina de nieve blanca. Comió chocolate helado y galletas duras, escuchando el metal del avión contraerse por el frío.

El tercer día, el sol salió con una crueldad cegadora. Matías sabía que, si se quedaba, el Junkers sería su tumba. Tomó su cuchillo y, con manos entumecidas, grabó en la pared de aluminio: 15.10.0830. Vogle. OSD. “Ost”. Este. La dirección hacia la vida o hacia la nada. Forzó la escotilla ventral, saltó sobre la nieve virgen y no miró atrás.

Parte II: El Caminante de las Sombras
Caminar en la meseta de Hardangervidda es como intentar cruzar un océano de vidrio molido. Cada paso de Matías era una batalla contra la gravedad y la desesperanza. Sus botas de vuelo no estaban diseñadas para el senderismo alpino; sus dedos ya no los sentía, eran trozos de madera muerta dentro del cuero.

— Un paso más, Matías. Solo uno —se repetía a sí mismo.

El paisaje era una monocromía aterradora. Blanco sobre blanco. El viento le azotaba el rostro hasta que la piel se le volvió azul y quebradiza. El hambre era un animal royendo sus entrañas, pero el miedo era peor. El miedo a que, al cerrar los ojos para descansar, no volviera a abrirlos.

Al segundo día de su marcha, las alucinaciones comenzaron.

Veía a Huber caminando a unos metros de él, señalando el horizonte. Veía a su madre en Colonia, poniendo la mesa para la cena. La desesperación alcanzó su punto máximo cuando llegó al borde de un desfiladero. El pueblo de Eidfjord debería estar allí, pero solo veía nubes.

— ¡Ayuda! —gritó hacia el abismo. El eco fue su única respuesta.

De repente, un movimiento. Una figura humana recortada contra el gris del cielo. Matías se desplomó de rodillas. Era un granjero. Olaf Bergerson, un hombre de rostro curtido por la sal y el aislamiento, lo miraba con una mezcla de horror y lástima.

— Hjelp… —balbuceó Matías, mezclando idiomas, estirando sus manos negras por la congelación.

Olaf no se movió al principio. Noruega estaba ocupada. Aquel joven era el enemigo, el hombre que caía del cielo para traer destrucción. Pero cuando sus ojos se encontraron, Olaf no vio a un soldado del Reich. Vio a un niño muriendo.

— Kamaraden… —repitió Matías, señalando hacia las montañas nevadas, hacia el lugar donde sus amigos seguían atrapados en el hielo.

Olaf se acercó y le ofreció una petaca de madera. El líquido quemó la garganta de Matías, devolviéndole un rastro de humanidad. Sin embargo, el miedo volvió a apoderarse del soldado. Si Olaf lo entregaba, terminaría en un hospital militar o, peor aún, sería ejecutado por abandonar su puesto. En un arrebato de paranoia y orgullo herido, Matías se puso de pie, tambaleándose.

— Gracias —dijo en alemán, con una dignidad que no le correspondía a un moribundo.

Se dio la vuelta y se internó de nuevo en la niebla, ignorando los gritos del granjero que le pedía que volviera. Fue la última vez que un ser humano vio a Matías Vogle.

Parte III: El Secreto del Glaciar
Ochenta y un años después, el hielo decidió hablar.

En septiembre de 2024, cuando el estudiante de geología Andrew Christophersen vio aquel trozo de metal verde asomando por la nieve derretida, no esperaba encontrar una cápsula del tiempo. El calentamiento global estaba desnudando a Hardangervidda, revelando los pecados que la montaña había intentado ocultar.

Los investigadores llegaron con pinceles y escáneres láser. Recuperaron a Huber, a Brener y a Shriber. Sus cuerpos estaban tan preservados que parecían haber muerto ayer. Las fotos de sus esposas seguían en sus carteras; el olor a aceite de motor aún impregnaba sus ropas.

Pero la ausencia de Matías Vogle era un agujero negro en la investigación.

— El asiento del artillero está vacío —dijo la Dra. Solberg, pasando la mano por la inscripción grabada en el metal—. Se fue. Sobrevivió al impacto y se marchó solo.

La noticia recorrió el mundo. ¿Cómo pudo un hombre de veinte años, herido y sin equipo, sobrevivir a esa altitud? La respuesta no estaba en los registros militares, sino en una pequeña cabaña abandonada en los límites del bosque, cerca de Eidfjord, descubierta meses después por unos excursionistas.

Bajo las tablas del suelo de la cabaña, encontraron una pequeña caja metálica. Dentro, había una insignia de la Luftwaffe y un diario escrito en un alemán tosco, con páginas amarillentas por el tiempo.

“20 de octubre de 1943. El granjero me dejó comida en el granero, aunque sabe quién soy. No puedo volver a la guerra. No puedo volver a ver un avión. Mis manos ya no sirven para disparar. Huber y los demás están en el hielo. Yo me quedaré aquí, entre las sombras, hasta que el frío me lleve a mí también. No soy un héroe. Solo soy el hombre que no quiso morir.”

Matías Vogle nunca regresó a Alemania. Nunca reclamó su medalla. Se convirtió en un fantasma noruego, un hombre que cambió su uniforme por el anonimato y su poder por la redención del silencio.

Mientras los restos de sus compañeros eran llevados a casa para un entierro con honores, la montaña conservaba el último suspiro de Matías. El hielo se había derretido, pero su historia de supervivencia extrema permanecería grabada para siempre en la roca viva de la meseta.

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