El esqueleto del desierto: el escalofriante caso de Jason Howard y el asesino que participó en su propia búsqueda

En marzo de 2020, Jason Howard, un hombre de 34 años amante del senderismo en solitario, emprendió una nueva aventura hacia el árido y vasto desierto de Sonora, en Arizona. Su objetivo era desconectarse por unos días, convivir con la naturaleza y disfrutar del silencio que tanto amaba. Experimentado y prudente, nada hacía presagiar que ese viaje sería el último.

Aquel mismo día, Jason envió un mensaje a un amigo. En él, adjuntó una fotografía: un cielo tormentoso sobre la meseta del Quadro. Era su última señal de vida. Después, silencio absoluto. No respondió llamadas ni mensajes. Su familia, alarmada, dio aviso a las autoridades. En cuestión de horas, comenzó una búsqueda masiva. Voluntarios, helicópteros y agentes del sheriff rastrearon cada rincón del desierto. Pero Jason parecía haberse desvanecido entre la arena.

Durante tres años, su caso permaneció como un misterio sin resolver. Ninguna pista, ninguna señal, nada. Hasta que, en el verano de 2023, el desierto devolvió su secreto de la forma más macabra imaginable.

Un grupo de biólogos que estudiaba la población de coyotes en una zona remota divisó algo extraño en el horizonte: una figura humana inmóvil al pie de un cactus gigante. Al acercarse, el horror los paralizó. Frente a ellos yacía un esqueleto atado con alambre oxidado al tronco del saguaro, el cactus emblema del desierto. El cuerpo, o lo que quedaba de él, estaba firmemente sujeto, como si alguien se hubiera asegurado de que nunca pudiera escapar.

La escena era dantesca. Las autoridades acudieron de inmediato, y los peritos confirmaron lo peor: se trataba de restos humanos. Las marcas en los huesos revelaban que la víctima había sufrido una muerte lenta y dolorosa. Al cabo de unos días, el análisis de ADN despejó toda duda. Aquel esqueleto era Jason Howard.

Pero el descubrimiento más aterrador vino con el informe forense: no había heridas mortales ni fracturas. Jason había estado vivo cuando lo ataron al cactus. Murió por deshidratación y sobrecalentamiento, bajo el sol implacable del desierto. Fue una ejecución lenta, inhumana.

La investigación, reabierta con renovado ímpetu, comenzó a reconstruir los últimos días de Jason. En la zona se hallaron fragmentos de su equipo: una tienda de campaña rota, una mochila rasgada y una botella vacía. Entre los restos también aparecieron piezas de un cinturón militar y el mango carbonizado de un soplete de gas portátil.

El hallazgo de esos objetos orientó a los investigadores hacia una posible conexión con alguien con conocimientos tácticos o acceso a equipamiento militar. Se revisaron registros de bases cercanas y tiendas de suministros. Fue entonces cuando un nombre comenzó a destacar en la investigación: Mark Keller.

Keller no era un desconocido. Había sido uno de los voluntarios más activos en la búsqueda de Jason en 2020. Conocía la zona, era servicial y parecía compadecerse sinceramente de la familia del desaparecido. Pero cuando la policía revisó su historial, el asombro se tornó espanto: años atrás, Keller había sido condenado por secuestro. Había mantenido cautiva a una joven durante días en una cabaña aislada. No la asesinó, pero los psicólogos que lo evaluaron aseguraron que su placer provenía del control total sobre sus víctimas, del miedo y la impotencia ajenos.

Esa revelación lo convirtió en el principal sospechoso. Y justo entonces, Keller desapareció. Su casa estaba vacía, con todas sus pertenencias intactas. Era como si se hubiese desvanecido.

Al registrar su domicilio, los agentes encontraron pruebas inquietantes. En su escritorio había mapas del desierto marcados con zonas rojas; una de ellas coincidía exactamente con el lugar donde había aparecido el cuerpo de Jason. También hallaron libros de supervivencia, manuales sobre flora del desierto y guías de nudos y amarres. En una de las páginas, dedicada a ataduras con alambre, había una esquina doblada.

En su garaje, el panorama era aún más incriminatorio. Un soplete idéntico al encontrado en la escena, un cinturón militar sin hebilla, y herramientas que coincidían con las marcas del alambre usado para inmovilizar a Jason. Era evidente: Mark Keller había planeado el crimen con precisión enfermiza.

Vecinos y voluntarios lo describieron como un hombre solitario, callado, casi invisible. Algunos recordaban que, durante la búsqueda de Jason, insistió en dirigir los equipos hacia el norte del desierto, cuando el cuerpo fue hallado al sur. En retrospectiva, comprendieron que él mismo había desviado la búsqueda, sabiendo que su víctima agonizaba a pocos kilómetros de distancia.

El perfil psicológico encajaba a la perfección con su pasado: un depredador obsesionado con el dominio total. No buscaba dinero ni placer físico, sino ejercer control absoluto sobre la vida y la muerte. El desierto era su nuevo escenario, un lugar perfecto para desaparecer a sus víctimas sin dejar rastro.

La policía lanzó una búsqueda nacional. La imagen de Mark Keller apareció en todas las estaciones, en las noticias y en los portales de desaparecidos. Pero no hubo rastro de él ni de su viejo camión. Era como si se lo hubiese tragado la tierra que tan bien conocía.

Durante meses, el caso se enfrió. Hasta que un grupo de expertos logró recuperar fragmentos del disco duro que Keller había formateado antes de huir. Entre los datos reconstruidos, hallaron búsquedas sobre pueblos mineros abandonados y cabañas en zonas montañosas de Utah. También consultas sobre cómo evitar detección térmica y sobrevivir con escasos recursos. El asesino no huía: se estaba preparando para desaparecer.

Las autoridades centraron entonces su búsqueda en esa zona. Revisaron decenas de cabañas olvidadas, pueblos fantasma y refugios de cazadores. Nada. Hasta que un guardabosques en Utah notó algo extraño: una vieja cabaña minera, abandonada por décadas, mostraba humo saliendo de la chimenea.

El equipo de captura rodeó la zona con cautela. Sabían que Keller era peligroso. Lo llamaron por megáfono, le ordenaron rendirse. Silencio total. Después de horas de espera, entraron por la fuerza.

Allí lo encontraron. Sentado en una cama improvisada, sin vida. A su lado, una pistola. Había decidido terminar con todo antes de ser arrestado. No dejó carta, ni explicación. Solo un objeto permanecía sobre la mesa: una fotografía Polaroid.

La imagen mostraba un gran cactus bajo un cielo tormentoso, exactamente igual a la última foto que Jason Howard había enviado antes de morir. Era su confesión silenciosa. Su trofeo final.

El análisis forense confirmó la identidad de Mark Keller. Con su muerte, el caso de Jason Howard se cerró oficialmente. Pero no hubo alivio, solo una sensación amarga de justicia incompleta. El asesino había escapado del juicio humano, llevándose consigo el porqué de su monstruosidad.

Hoy, el desierto de Sonora sigue guardando ese silencio antiguo e impenetrable. El lugar donde la arena, el sol y la soledad fueron testigos de uno de los crímenes más crueles de la historia reciente de Arizona. Y entre los cactus que sobreviven al tiempo, quizás aún resuene el eco de una pregunta sin respuesta: ¿qué clase de oscuridad puede habitar en un ser humano para hacer algo así?

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