
Todo comenzó con un coche abandonado.
Un sedán plateado, cubierto de rocío y agujas de pino, que llevaba tres días inmóvil en un aparcamiento vacío del Parque Nacional de Kootenai, al noroeste de Montana. Era septiembre de 2002, cuando el aire se enfriaba y el bosque se volvía silencioso. Nadie podía imaginar que aquel vehículo sería el primer hilo de una historia que tardaría 17 años en desenredarse — una historia que uniría la desaparición de un escritor con la mente retorcida de un hombre que conocía demasiado bien esos bosques.
El hombre que se adentró solo
Joshua Clayton tenía 34 años y un propósito claro: escribir un libro sobre lugares abandonados del noroeste del Pacífico. Vivía solo en Seattle, era reservado, metódico, y encontraba inspiración en la soledad. El 9 de septiembre de 2002, dejó su estudio con destino a Montana. Según el registro del parque, planeaba una excursión de diez días por el sendero Granite Lake, un recorrido de veinte kilómetros que serpenteaba entre montañas, lagos y viejas cabañas de guardabosques olvidadas.
Llevaba consigo todo lo necesario: tienda, saco de dormir, comida para una semana, cámara, cuaderno, mapas. En la gasolinera de Libby, la última persona que lo vio con vida recuerda que preguntó por el clima. “Frío, pero sin lluvia”, le dijeron. Sonrió, pagó sus baterías y se perdió en el bosque.
La desaparición
Pasaron los días. El 18 de septiembre no regresó. Su hermana, preocupada, avisó a los guardabosques. Cuando llegaron al aparcamiento, encontraron su coche tal como lo había dejado: cerrado, con el teléfono móvil, documentos y una chaqueta extra dentro. No había señales de lucha. Solo el silencio y un vehículo esperando a su dueño.
Las búsquedas comenzaron al amanecer. Seis personas, un perro rastreador, helicópteros, kilómetros de bosque revisados. Encontraron senderos, cabañas abandonadas, y nada más. El perro perdió el rastro en una cresta rocosa. Ni una huella, ni una prenda, ni un trozo de tela. Joshua se había desvanecido.
Tras semanas de búsqueda, la conclusión oficial fue que probablemente se perdió, sufrió una caída o murió de hipotermia. Su cuerpo, dijeron, pudo haber sido arrastrado por animales o sumergido en algún lago. La familia se negó a aceptar la versión, pero con el tiempo, el caso fue archivado.
Diecisiete años después
El verano de 2019 trajo una nueva rutina para los guardabosques del parque: inspeccionar antiguas estructuras de madera y actualizar los mapas. El 23 de julio, un grupo de tres rangers llegó a una zona remota del noreste, un lugar casi inaccesible. Entre los árboles, algo llamó la atención: un tejado cubierto de musgo, invisible desde los senderos. No aparecía en ningún mapa.
Se acercaron y descubrieron una cabaña diminuta, con la ventana tapiada y la puerta cerrada con un candado oxidado. Cuando lo forzaron, el aire que salió era denso, agrio, y el olor a moho se mezclaba con algo metálico. Dentro había una mesa, dos sillas y una estantería con frascos de vidrio. En los frascos flotaban objetos oscuros en un líquido turbio. Al principio creyeron que eran conservas. Pero al alumbrarlos con una linterna, el horror se reveló: eran órganos humanos. Hígados, pulmones, corazones.
Sobre la mesa descansaba un cráneo humano, perforado con cortes limpios. Y junto a él, un cuaderno de tapa de cuero. En sus páginas, escritas a mano, había notas precisas: temperaturas, tiempos de conservación, descripciones anatómicas. En una línea se leía:
“Mejor después de cinco días. Los hombres son duros, pero si se cocinan bien, la carne se ablanda.”
El nombre en los huesos
El laboratorio tardó semanas en analizar las muestras. Un fragmento de hígado coincidió en un 99,8% con el ADN del padre de Joshua Clayton. Los rayos X dentales confirmaron lo imposible: el cráneo era suyo. Joshua había estado allí todo el tiempo, a pocos kilómetros de su coche, encerrado en una cabaña camuflada entre árboles.
Las huellas en la cabaña revelaron otro nombre: Thomas Randall. Un ex guardabosques que había trabajado en el parque desde 1989 hasta 1997.
El rastro del guardabosques desaparecido
Randall era un hombre solitario. Sus antiguos compañeros lo describían como extraño, obsesionado con los animales, con una mirada vacía. Varios turistas lo habían denunciado por comportamientos inquietantes: seguir a grupos a distancia, hacer preguntas personales, observar en silencio. Fue despedido en 1997 por “violaciones de las normas internas”. Después de eso, desapareció.
Su última dirección conocida era una caravana en la pequeña ciudad de Troy. Cuando los investigadores fueron allí, el lugar estaba cubierto de polvo, pero en el ático encontraron otro cuaderno. Este no era un simple diario: contenía mapas, rutas, y anotaciones como “apto”, “solo”, “precavido”. En uno de ellos, la ruta Granite Lake aparecía marcada con una cruz y la nota:
“Escritor, solo, 10 días, tranquilo, adecuado.”
En otra página, escrita después:
“Se fue el quinto día. Buen material. Conservar muestras.”
La evidencia de otros
El hallazgo no terminó allí. En la caravana había un barril quemado con restos de huesos y tejidos. Mochilas, sacos de dormir, botas de distintos tamaños. Una etiqueta con el nombre Emily Carter, una senderista desaparecida en 2001. En total, los investigadores hallaron evidencias de al menos seis posibles víctimas.
Debajo del suelo, tres cámaras fotográficas. Las fotos, tomadas con flash en la oscuridad, mostraban personas atadas, aterrorizadas, dentro de la misma cabaña del bosque. Joshua y Emily estaban entre ellos. Los demás rostros siguen sin identificar.
El anciano del bosque
La investigación dio un giro en noviembre de 2019, cuando un hombre fue detenido en Idaho por intentar robar comida. Usaba un nombre falso: Wayne Barlo. Pero sus huellas coincidieron con las de Thomas Randall.
Tenía más de setenta años, cabello gris, rostro arrugado y una calma perturbadora. Vivía en una casa solitaria con un sótano que escondía un congelador lleno de muestras humanas, perfectamente etiquetadas. En la pared, un mapa de Montana con ocho cruces rojas.
De esas ocho, tres coincidían con lugares donde desaparecieron excursionistas entre los años 1998 y 2002.
Randall no dijo una palabra. Ni durante el interrogatorio, ni después. No negó nada, tampoco lo confirmó. Solo miraba, inmóvil, como si su silencio fuese parte de un ritual.
El monstruo entre los árboles
Los expertos creen que Randall siguió viviendo en los bosques después de su despido, moviéndose entre cabañas viejas que conocía mejor que nadie. Esperaba a senderistas solitarios, los observaba, los estudiaba. Sabía sus rutas, sus tiempos, su aislamiento. Era el depredador perfecto en un territorio que le pertenecía.
Nunca se supo cuántas personas fueron víctimas. Las fotos, los restos, las marcas en el mapa, todo apunta a que fueron al menos ocho. Ninguno de los cuerpos fue recuperado por completo.
Hoy, Thomas Randall sigue bajo custodia federal. Nunca ha hablado. Nunca ha explicado qué hizo, ni por qué. Pero los investigadores creen que, durante casi dos décadas, el bosque fue su guarida… y su despensa.
Epílogo
La historia de Joshua Clayton, el escritor que amaba los lugares abandonados, terminó en el más oscuro de ellos. Lo que empezó como una búsqueda de la belleza del abandono se convirtió en una pesadilla humana, enterrada bajo los pinos.
Los guardabosques de Montana dicen que aún hay lugares sin explorar, senderos que nadie pisa desde hace décadas. Algunos creen que en alguno de ellos puede haber otra cabaña, esperando a ser descubierta.
Porque el bosque, como dijo una vez Joshua, “siempre guarda lo que le pertenece”.