
En octubre de 1994, Jason Martinez, un joven escalador de 27 años con una pasión inquebrantable por las alturas, se preparaba para un desafío que marcaría su destino. Desde los 14, su vida giraba en torno al montañismo. Había conquistado ya varias rutas clásicas de El Capitán —La Nariz, la Pared Salathé, el Zodiaco—, pero su ambición iba más allá. Jason no quería solo repetir las hazañas de otros. Quería dejar su propio legado: una ruta inédita en la mítica pared de granito del Parque Nacional de Yosemite.
Durante dos años, estudió meticulosamente el flanco suroeste del monolito, buscando una grieta olvidada, una línea que nadie hubiese osado tocar. Finalmente, la encontró. Un rincón remoto, casi inaccesible, que parecía prometer la inmortalidad del nombre “Martinez” grabado en los anales del alpinismo.
El 12 de octubre, Jason despidió a su novia, María, prometiendo regresar en tres días. Cargó su equipo, una mochila con cuerdas, ganchos, comida y un diario. Iba solo, confiando en una técnica llamada autoaseguramiento, un método meticuloso pero seguro si se ejecuta con precisión. Sin embargo, cuando el 16 de octubre no volvió, María alertó a los guardabosques.
Lo que siguió fue una de las búsquedas más exhaustivas en la historia de Yosemite. Helicópteros, alpinistas voluntarios, binoculares, cámaras térmicas… nada. Ni rastro de Jason, ni equipo, ni cuerpo. Era como si la roca se lo hubiera tragado.
Durante años, María regresó al parque en el aniversario de su desaparición. Siempre miraba hacia la misma pared, convencida de que su amor seguía allí, esperando ser encontrado. Y no se equivocaba.
Un hallazgo que detuvo el tiempo
El 18 de junio de 2021, dos escaladores, Sarah Kim y Marcus Webb, se encontraban ascendiendo una ruta poco transitada llamada Iron Hawk. A unos 1.500 metros de altura, Marcus notó algo extraño: una cuerda vieja, cubierta de polvo y líquenes, tensada hacia una grieta oscura. La curiosidad lo venció. Descendió por ella, y lo que vio le heló la sangre.
Suspendido en el aire, aún sujeto a su arnés, estaba un cuerpo esqueletizado. A su lado, un pequeño cuaderno protegido por una funda impermeable. En la primera página, el nombre: Jason Martinez.
Después de 27 años, la montaña había devuelto a su prisionero.
Las palabras que el tiempo no borró
Cuando el diario fue entregado a María, sus manos temblaban. Cada página era una conversación suspendida en el tiempo. Las primeras entradas mostraban entusiasmo y precisión técnica: las grietas, las anclas, el clima perfecto. Pero el tono cambió drásticamente el 14 de octubre:
“Caí. No sé qué pasó. La cuerda me detuvo, pero estoy colgando bajo un saliente. No puedo subir. No puedo bajar. Estoy atrapado.”
Jason había cometido un pequeño error fatal: dejó atrás sus ascenders, las herramientas que le habrían permitido trepar por la cuerda. El peso del cuerpo, la gravedad y la inclinación del muro hicieron imposible su retorno.
Durante cuatro días, luchó por sobrevivir. Intentó escalar, balancearse, incluso cortar parte de la cuerda para oscilar hacia la pared. Nada funcionó. La roca lo mantenía suspendido, invisible, justo debajo de un saliente que lo ocultaba por completo.
El 15 de octubre escribió:
“Un helicóptero pasó a pocos metros. Grité, moví los brazos, pero no me vieron. Estoy aquí, tan cerca, y no pueden verme.”
Sus palabras se volvieron más dolorosas con cada página. Describía la pérdida de circulación en sus piernas, el hambre, la sed, el cansancio, y la desesperanza que crecía al ver pasar los días sin rescate.
El 17 de octubre, dejó su última anotación:
“Mi nombre es Jason Martinez. Díganle a María que la amo. Díganle a mis padres que no sufrí demasiado. Eso no es verdad, pero díganlo igual. Lo intenté… pero a veces, intentarlo no basta.”
El hombre que colgó entre la vida y la eternidad
El análisis del equipo de rescate reveló que Jason había quedado atrapado en un punto muerto: un rincón de la pared imposible de ver desde tierra o aire. La cuerda, aunque vieja, se mantuvo intacta por casi tres décadas, conservando el cuerpo suspendido como si el tiempo se hubiera detenido. Miles de alpinistas habían pasado cerca sin verlo. Miles habían mirado hacia esa pared sin saber que allí, colgado en la sombra, seguía Jason.
El amor que esperó 27 años
María nunca se casó, nunca cambió su apellido. Vivió entre la esperanza y el dolor, regresando cada año a la base de El Capitán, mirando hacia arriba, creyendo que él seguía allí. Y lo estaba.
Cuando por fin pudo leer sus palabras, supo que él también había pensado en ella hasta el final. Ese pequeño consuelo le permitió cerrar el círculo. En agosto de 2021, participó en una ceremonia donde las cenizas de Jason fueron depositadas al pie del monolito que lo había visto morir. En la roca, a más de 900 metros de altura, los escaladores Sarah y Marcus colocaron una pequeña placa de metal con las iniciales “J.M. — 1994-2021”.
Allí, en la roca que fue su pasión y su tumba, Jason encontró su paz.
El legado de un error y una lección eterna
La historia de Jason se convirtió en una advertencia para toda la comunidad de escaladores. No por su muerte, sino por el mensaje que dejó. En su memoria, se creó el Fondo Jason Martinez, destinado a financiar rescates y promover cursos de seguridad para alpinistas.
El Parque Nacional de Yosemite modificó sus protocolos: ahora todo escalador debe registrar su ruta exacta antes de ascender. Una medida que, según los guardabosques, ya ha salvado vidas.
La ruta que Jason intentó abrir jamás fue completada. Los alpinistas decidieron dejarla sin nombre, como un monumento natural al valor y la tragedia. Cada año, en el aniversario de su muerte, los escaladores que se aventuran por Iron Hawk hacen una breve pausa en el punto donde colgó Jason. Algunos dejan flores, otros mosquetones. Todos, sin excepción, se quedan en silencio unos minutos, mirando al vacío.
El eco que nunca muere
María finalmente se mudó lejos de California. Con el tiempo, rehizo su vida, pero jamás olvidó. Años después, se casó y llevó en su cuello un pequeño colgante con un mosquetón en miniatura, grabado con las iniciales J.M. Era su manera de mantenerlo cerca.
Cada 17 de octubre, escaladores de todo el mundo se reúnen en Yosemite para rendir homenaje a los que no regresan. En ese momento, al caer el sol, todos miran hacia El Capitán. Saben que allá arriba, oculto por una roca inmensa, un hombre sigue enseñando con su historia que el amor, incluso ante la muerte, puede resistir al tiempo y a la montaña.
Jason Martinez escaló seis veces El Capitán. Cinco veces venció. La sexta, se convirtió en leyenda.