El Eco de la Calle Riverside

Eran las 3:47 de la madrugada cuando el silencio del garaje municipal de Riverside fue profanado. Una linterna cortó el polvo acumulado durante once años sobre el parabrisas de una Ford Transit blanca. En el tablero, una pequeña luz verde parpadeaba con la persistencia de un corazón moribundo. Rachel Morrison había desaparecido en 2012; su furgoneta, sin embargo, acababa de regresar de un lugar que no figura en los mapas.

Parte 1: El Bucle de las Sombras
La cámara de tablero no mentía, pero lo que mostraba desafiaba la cordura. Rachel Morrison, con su uniforme impecable de Quick Ship Logistics, conducía con la eficiencia de quien conoce cada grieta del asfalto. Había entregado 66 paquetes. Solo faltaba uno. O eso creía ella.

—¿Qué demonios? —la voz de Rachel en la grabación suena rasposa, cargada de una confusión que hiela la sangre.

En la pantalla del GPS, el número 1247 de Riverside Drive brilla con una intensidad eléctrica. Rachel frena. Mira hacia afuera. El video muestra una casa colonial de dos pisos, persianas negras y una luz de porche que baña la acera con un resplandor amarillento. Pero hay un problema: según los registros de la ciudad, Riverside Drive termina en el número 1206. Más allá, solo hay bosque y el río.

Rachel baja. Deja el paquete. Escanea. Sube a la furgoneta. Pero al poner la marcha atrás, el GPS emite un pitido metálico. Siguiente entrega: 1247 Riverside Drive.

—Ya hice esta —murmura ella, sus ojos reflejando el brillo verde de la consola.

Lo hace de nuevo. Y otra vez. Siete veces. Siete paquetes idénticos para una casa que no debería existir. La cámara captura el descenso de Rachel hacia la desesperación. En la séptima entrega, la calma desaparece. Se acerca a la ventana de la casa. El audio capta su respiración agitada.

—¿Cómo están todos dentro? —grita, y su voz se quiebra—. ¡Acabo de dejarlos en el porche!

Mira a través del cristal. Los siete paquetes están apilados en una mesa del recibidor, perfectamente ordenados, a pesar de que la puerta está cerrada con llave y no hay nadie en casa. Rachel retrocede, tropieza, y corre hacia la furgoneta. Sus manos tiemblan tanto que apenas puede sostener el teléfono.

—Dennis, soy Rachel. Algo va mal con mi ruta. Los paquetes desaparecen y aparecen dentro de la casa. Llámame, por favor. Necesito salir de aquí.

Pero no hay señal. Las barras del teléfono están muertas, como si el aire mismo de Riverside Drive estuviera bloqueando cualquier contacto con el mundo exterior.

Parte 2: El Reflejo Imposible
A las 3:22 a.m., el tiempo parece doblarse. Rachel entra en la casa tras encontrar la puerta abierta. El video muestra la furgoneta vacía durante minutos que se sienten como siglos. Cuando sale, Rachel ya no es la misma. Camina con una lentitud espectral. Se detiene a mitad de la entrada y mira hacia atrás.

—Es imposible —susurra, lo suficientemente cerca del micrófono para que el sonido sea un escalofrío.

Camina hacia la ventana del salón y mira hacia adentro. Su perfil, iluminado por la luz del porche, muestra una máscara de puro terror. Lo que ve dentro no son muebles, ni los paquetes. Ve la furgoneta. Ve la furgoneta aparcada en la entrada, y se ve a sí misma sentada en el asiento del conductor, mirándola de vuelta.

Corre al vehículo. Se encierra. Intenta arrancar, pero el motor solo emite un quejido agónico. Desesperada, graba una nota de voz, un testamento para nadie.

—No sé si alguien escuchará esto. Estoy en el 1247 de Riverside. La casa existe, pero cuando entro… algo cambia. Puedo ver mi furgoneta desde la ventana de la casa, pero yo estoy aquí, en la furgoneta. ¿Cómo puedo estar en ambos lugares?

De repente, un sonido seco: clac-clac-clac-clac. Las cuatro puertas se bloquean solas. Rachel tira del seguro manual. No cede. Golpea el cristal con el escáner. El vidrio ni siquiera se raya. Está atrapada en una jaula de metal frente a una casa que respira.

A las 5:22 a.m., la puerta de la casa se abre. Una figura sale. Es una mujer con el mismo uniforme de Rachel. Camina hacia la ventana del conductor. Rachel retrocede contra el asiento, gritando. La mujer fuera no dice nada. Solo sostiene un paquete: el número 73. La etiqueta reza: R. Morrison.

La mujer de afuera mueve los labios. Sin sonido. Lentamente. Rachel pega su teléfono al cristal con un mensaje escrito en notas. La mujer asiente, señala el paquete, señala a Rachel y luego señala la casa. Es una invitación. Es una sentencia.

—Dile a mi madre que lo intenté —solloza Rachel en su última grabación—. Dile a Dennis que completé las 73 entregas. No sé dónde estoy… pero ya no es mi casa.

La cámara se apaga a las 5:31 a.m. El resto es silencio y polvo durante once años.

Parte 3: La Paradoja de los Setenta Años
En 2023, la detective Maria Santos no solo encontró la furgoneta; encontró un agujero en el tiempo. Al abrir los siete paquetes hallados en la carga, el misterio se volvió macabro. El paquete 67 contenía la identificación de Rachel. El 68, sus llaves. El 71, una nota escrita con su propia letra: “Has estado aquí antes. Estarás aquí de nuevo. Detente.”

Pero el verdadero horror aguardaba bajo el agua.

Siguiendo las coordenadas del GPS que “no existían”, Santos envió buzos al fondo del río Riverside. Allí, a 40 pies de profundidad, hallaron una base de hormigón. Una casa sumergida. Dentro, sobre una mesa de metal atornillada al suelo, encontraron otra serie de siete paquetes, idénticos a los de la furgoneta, pero envueltos en plástico envejecido.

Los resultados del laboratorio fueron un golpe al estómago de la lógica: el papel de esos paquetes databa de 1962.

Santos buscó en los archivos históricos. Encontró una solicitud de construcción para el 1247 de Riverside Drive, fechada en septiembre de 1962. Fue denegada porque el terreno era propenso a inundaciones. El nombre del solicitante: Rachel L. Morrison, 29 años, repartidora.

La firma de 1962 coincidía en un 94% con la firma de la Rachel que desapareció en 2012.

Rachel Morrison no solo desapareció en una calle que no existía; fue absorbida por una falla en el tejido de la realidad. El paquete 73, el último de la cadena, estaba vacío en ambas dimensiones. Un espacio en blanco esperando ser llenado por la próxima versión de ella misma. Mientras Santos cerraba el informe, una llamada entró en la central: una furgoneta blanca de Quick Ship acababa de ser vista en un callejón sin salida que, según el mapa, no debería tener salida alguna.

La entrega nunca termina.

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