
Ethan Moore tenía una regla que nunca rompía: nunca salgas a pedalear solo sin avisar a alguien a dónde vas. Era un ciclista experimentado, competitivo desde la universidad, con más de 15 000 millas recorridas. Amaba las montañas de Oregón, respetaba sus riesgos y conocía cada curva del terreno.
El 14 de abril de 2024, como tantas veces antes, hizo todo lo correcto. Publicó su ruta en Strava, avisó a su novia Maya, cargó su cámara GoPro y hasta bromeó en Instagram sobre lo preparado que estaba. Su última historia mostraba su sonrisa, su jersey amarillo y un pulgar levantado: “19 millas arriba, 19 de regreso. Nos vemos para cenar.”
Nunca regresó.
La desaparición
A las 9:07 a. m., su señal GPS se detuvo de golpe. No fue una pérdida gradual, ni un área de mala cobertura. Simplemente se apagó. Maya estaba en el trabajo, su madre fue la primera en notarlo. Llamadas, mensajes, silencio. A las 11:00 a. m. comenzó la búsqueda.
Primero, los agentes locales recorrieron su ruta. Nada. Luego llegaron voluntarios, ciclistas, amigos, seguidores de su canal de YouTube. Gritaban su nombre entre los árboles, mientras el bosque del Coast Range devoraba el sonido.
Durante días, no hubo rastro: ni bicicleta, ni casco, ni teléfono. Era como si Ethan se hubiera disuelto en la neblina.
El hallazgo del casco
Catorce días después, un excursionista llamado Joel Pritchard encontró algo en un camino lateral cubierto de helechos: un casco gris y negro cubierto de lodo, con una cámara aún parpadeando.
La escena se trató como un posible crimen. El casco estaba intacto. Sin grietas, sin sangre. Y el hecho de que la cámara aún grabara implicaba que alguien la había manipulado después.
La policía envió el dispositivo a un laboratorio forense en Portland. La memoria estaba intacta. Dentro había nueve horas de grabación continua.
Las últimas horas de Ethan
El video comenzó en su cocina. Ethan sonriente, el pulgar en alto. Luego, el recorrido: bosques envueltos en niebla, su respiración rítmica, las ruedas sobre el asfalto. Pasó por un Subaru, saludó a una conductora, luego un camionero lo adelantó. Todo normal… hasta el minuto 17 de la grabación.
Una SUV oscura apareció detrás de él. No lo adelantó. Simplemente lo siguió. Tres millas, manteniendo distancia. Ethan miraba hacia atrás, nervioso. “Vamos, pasa o aléjate”, murmuró. El vehículo no respondió.
En una curva, desapareció de la vista. Luego volvió, ahora a pocos metros. Ethan intentó acelerar, pero la pendiente era empinada. “¿Qué diablos haces?”, gritó. El SUV avanzó. Un golpe leve, apenas un toque, suficiente para desestabilizarlo.
Ethan recuperó el control… hasta que el vehículo lo embistió otra vez.
La cámara giró salvajemente. Un ruido seco. Su cuerpo golpeó el pavimento. Silencio. Solo el viento, el canto de un pájaro. Luego, pasos.
En la imagen aparecieron unas botas negras y jeans oscuros. Una voz tranquila, casi amistosa, dijo:
“Debiste quedarte en la carretera principal.”
El SUV arrancó y se alejó. La cámara siguió grabando la carretera vacía por seis horas más.
Cuando los técnicos mejoraron el audio, detectaron un sonido débil, apenas audible: un gemido. Ethan aún estaba vivo cuando el agresor se marchó.
De desaparición a homicidio
La investigación estalló. El FBI se unió de inmediato. El SUV era un modelo oscuro, posiblemente Chevrolet Tahoe o GMC Yukon de principios de los 2010. No tenía placas visibles.
Una gasolinera a 30 millas de Lincoln City registró un vehículo similar esa mañana. El conductor pagó en efectivo, llevaba gorra y gafas de sol. Ninguna pista más.
Tres días después, encontraron la bicicleta de Ethan en un barranco, media milla del casco. Alguien la había lanzado allí deliberadamente. La conclusión era inevitable: Ethan Moore había sido atacado.
Un patrón escalofriante
Dos semanas más tarde, surgió una llamada que cambió todo. Una mujer de Salem, Karen Deacro, recordó que en 2022 había encontrado un casco casi idéntico en un bosque del parque estatal Silver Falls. Lo entregó a los guardabosques, pero nadie lo reclamó.
Los investigadores revisaron los registros: el casco había pertenecido a Marcus Chen, un ciclista desaparecido ese mismo año en las mismas condiciones. Su bicicleta fue hallada ahora, oculta bajo maleza, con rastros de pintura negra de un vehículo GM.
Dos ciclistas. Dos años de diferencia. Mismo método. Misma marca de vehículo.
El FBI ya no dudaba: había un asesino en serie cazando ciclistas en los caminos solitarios del noroeste.
El perfil del depredador
Los analistas del FBI trazaron un retrato: hombre de entre 35 y 55 años, local, conocedor de las carreteras forestales, quizá ciclista él mismo. Alguien que elegía rutas sin cobertura celular, sin testigos, con precisión quirúrgica.
Era un cazador, no un improvisado.
El público reaccionó con pánico. Se suspendieron rutas y competencias. Ciclistas profesionales alertaron sobre autos sospechosos siguiéndolos en silencio. Y mientras los foros en línea explotaban con teorías —venganza, psicopatía, cacería ritual—, Maya, la novia de Ethan, solo repetía:
“Él hizo todo bien. No debería haber terminado así.”
Dos nombres, un misterio abierto
Hasta hoy, Ethan Moore sigue desaparecido. Ni su cuerpo ni más rastros han sido hallados. Lo único que queda es su grabación: nueve horas que estremecieron al país y revelaron el rostro invisible de un asesino que conoce el silencio de los bosques.
El caso sigue abierto. Las autoridades mantienen activa la línea de denuncias. Y cada fin de semana, en las carreteras del noroeste, los ciclistas aún miran por el retrovisor con un escalofrío, temiendo que la próxima SUV que aparezca a lo lejos no sea solo otro conductor.