
En septiembre de 2014, el arquitecto británico James Miller, de 32 años, partió de Manchester hacia Perú junto a su pequeño hijo Alex, de apenas tres años. Aquel viaje, que debía ser una experiencia mágica entre ruinas incas y montañas milenarias, se transformó en una de las historias más perturbadoras y enigmáticas de la última década.
James era un hombre meticuloso, amante de la aventura, pero siempre prudente. Había recorrido más de veinte países, y nunca dejaba nada al azar. Cada viaje era planificado con mapas, equipos de emergencia y rutas alternativas. Tras un divorcio doloroso, su hijo Alex se había convertido en el centro de su mundo. Quería regalarle algo más que juguetes: quería enseñarle el planeta.
El destino elegido fue el Valle Sagrado de los Incas, en la región de Cusco. Su exesposa, Sarah, dudó. ¿Llevar a un niño tan pequeño a los Andes? Pero James la tranquilizó: hoteles reservados, vehículo seguro, itinerarios turísticos. Nada quedaba al azar. El 12 de septiembre, padre e hijo aterrizaron en Lima. Tres días después, se trasladaron a Cusco, el corazón del antiguo imperio incaico.
Durante la primera semana, todo marchó según lo planeado. Las fotos que James enviaba a Sarah mostraban momentos felices: Alex sonriendo entre llamas, ruinas y helados en la plaza de Urubamba. En su última llamada, James dijo que al día siguiente visitarían un pequeño pueblo llamado Kala. Fue la última vez que se supo de ellos.
Pasaron tres días sin noticias. Sarah, inquieta, alertó a la embajada británica. La policía peruana inició la búsqueda. En un camino de montaña, a unos 30 kilómetros de Kala, encontraron el vehículo alquilado de James, intacto, cerrado, sin señales de violencia. Dentro, había mapas, agua, galletas y el osito de peluche de Alex. Todo indicaba que habían salido voluntariamente a caminar. Pero nunca regresaron.
Durante semanas, la policía rastreó la zona con helicópteros, perros y voluntarios. Revisaron barrancos, aldeas, quebradas. Nadie los había visto… hasta que un pastor afirmó haber visto a un extranjero alto con un niño en los hombros, caminando hacia un paso de montaña. Poco después, una vendedora de un remoto caserío contó algo inquietante: había visto al mismo hombre y al niño acompañados por dos lugareños de aspecto “poco amigable”. Nadie los volvió a ver.
Sin pruebas de secuestro ni rastros de violencia, el caso se enfrió. Sarah viajó a Perú, buscó hospitales, morgues, contrató investigadores privados. Nada. En 2015, regresó a Manchester con el corazón roto. El mundo se olvidó del arquitecto y su hijo. Pero los Andes guardaban su secreto.
Cinco años más tarde, en febrero de 2019, una serie de lluvias torrenciales provocó deslizamientos de tierra en la región. Dos campesinos, Mateo y Carlos, al revisar su campo, hallaron algo extraño: un muro de piedra tallada emergía entre el barro. Habían descubierto una tumba inca. Emocionados, pensaron en un hallazgo arqueológico. Pero al iluminar el interior con sus celulares, vieron algo imposible: un cuerpo moderno, envuelto en una manta, con una bota de montaña sobresaliendo.
Llenos de miedo, corrieron a avisar al jefe del pueblo. La policía acudió al lugar y lo que encontraron superó cualquier expectativa. Dentro de la cámara funeraria, junto a huesos precolombinos, yacía el cuerpo momificado de un hombre. Su piel seca y tensa conservaba sus rasgos. Era un occidental, vestido con ropa de senderismo. Al examinar los dientes, la confirmación fue inmediata: era James Miller.
El hallazgo fue noticia internacional. Pero el alivio inicial se transformó en horror cuando los forenses revelaron la causa de muerte: James no había caído por un precipicio ni muerto congelado. Había sido estrangulado con una cuerda de fibra vegetal, idéntica a las que usan aún comunidades andinas para rituales antiguos. Peor aún, su cuerpo estaba envuelto en una tela ceremonial con símbolos incas, una lliclla ritual usada en ofrendas a los apus —los espíritus de la montaña—.
Los expertos del Museo de Cusco concluyeron que el cuerpo había sido colocado deliberadamente en la tumba, como parte de un sacrificio. Aquello ya no era un caso de desaparición, sino de asesinato ritual.
El hallazgo sacudió a los investigadores. Si James había sido víctima de un rito ancestral, ¿qué había ocurrido con el pequeño Alex?
Revisaron cada centímetro de la tumba. No hallaron restos infantiles. Ninguna prenda, ningún hueso. El niño seguía desaparecido. La policía volvió a interrogar a los testigos del 2014, en especial a la mujer que los había visto con dos hombres locales. Fue entonces cuando el caso dio un giro oscuro.
Los hermanos campesinos que habían hallado el cuerpo comenzaron a mostrar nerviosismo. Tras horas de interrogatorio, el más joven, Carlos, rompió su silencio. Dijo conocer a los hombres descritos: Pedro y Luis, dos pacos —curanderos tradicionales— que vivían aislados en la montaña. Según las creencias locales, eran intermediarios entre los hombres y los espíritus, capaces de sanar, invocar lluvia o proteger cosechas.
Carlos relató, temblando, que años atrás se hablaba en el pueblo de una “gran ofrenda” realizada por ellos para pedir el regreso de las lluvias. Nadie quiso preguntar en qué había consistido. Solo sabían que después del ritual, el agua volvió a caer sobre los campos.
La policía organizó una operación de madrugada. Rodearon la choza de los dos curanderos. Pedro y Luis no opusieron resistencia. Los agentes encontraron una cuerda de agave igual a la usada en el crimen, un pequeño compás y una navaja de bolsillo que pertenecían a James Miller, junto con antiguos libros en quechua sobre sacrificios a los dioses tutelares.
Durante los interrogatorios, Pedro guardó silencio, impasible, con la mirada fija en el suelo. Luis, en cambio, se quebró. Dijo que ellos habían seguido las órdenes de “El Maestro”, un anciano que aparecía de vez en cuando desde regiones más altas, un alto mesayoq —sacerdote de los apus—. Según Luis, aquel anciano había decidido que el extranjero debía ser “entregado a la montaña” como una ofrenda para restaurar el equilibrio roto entre los hombres y los espíritus.
Cuando la policía preguntó por el niño, Luis apenas respondió: “El espíritu de la montaña lo tomó con el padre”.
Nunca se volvió a encontrar rastro de Alex. Las autoridades peruanas cerraron el caso oficialmente, señalando que el niño “desapareció en circunstancias desconocidas”. Pedro y Luis fueron procesados por homicidio, aunque el anciano que los dirigía jamás fue identificado. Algunos lugareños afirmaban haberlo visto aún vagando por los caminos del altiplano, vestido con poncho y sombrero, murmurando oraciones antiguas al viento.
Sarah Miller viajó a Perú una última vez para recoger las cenizas de James. En una emotiva ceremonia, dejó una parte en Cusco y llevó el resto a Manchester. Hasta hoy, sigue esperando noticias de su hijo.
El caso de James y Alex Miller expuso una faceta aterradora y casi desconocida de los Andes profundos: la coexistencia entre la modernidad y tradiciones ancestrales que aún sobreviven en silencio. Los investigadores británicos calificaron el hecho como “el primer registro documentado de un sacrificio ritual moderno de un extranjero en América del Sur”.
Pero en el Valle Sagrado, muchos prefieren no hablar del tema. “Las montañas toman lo que creen suyo”, dice un anciano de Urubamba. “Y cuando lo hacen, los hombres solo pueden guardar silencio”.
Hasta hoy, el destino de Alex Miller sigue siendo un misterio. Quizás, perdido entre las leyendas, su historia se convirtió en parte del espíritu de los Andes… uno que nunca devuelve lo que reclama.