
En la vasta inmensidad de Yosemite, donde las montañas parecen rozar el cielo y los lagos reflejan la eternidad, dos nombres quedaron suspendidos en el tiempo: Sarah Michelle Chen y Emma Chen Rodríguez, madre e hija unidas por una pasión inquebrantable por la naturaleza… y por un misterio que, hasta hoy, sigue sin resolverse.
Sarah, de 38 años, enfermera pediátrica en Fresno General Hospital, encontraba en las montañas su refugio espiritual. Su vida, marcada por la rutina hospitalaria y la soledad posterior a un divorcio, se transformaba cada fin de semana cuando cargaba su mochila y conducía hacia el norte, hacia el aire puro y las alturas que la hacían sentir viva.
Emma, su hija de 15 años, había heredado esa misma inquietud por los senderos, el olor a pino y la sensación de libertad que solo el bosque puede ofrecer. Juntas formaban un equipo perfecto: prudencia y juventud, experiencia y curiosidad, madre e hija conectadas por la aventura y por una relación construida a base de confianza, respeto y kilómetros de caminatas compartidas.
Una familia reconstruida entre montañas
Tras un matrimonio turbulento con Miguel Rodríguez, un trabajador de la construcción con problemas de juego y temperamento violento, Sarah decidió rehacer su vida. En su pequeño apartamento en Fresno, rodeada de fotografías de excursiones pasadas, encontró un nuevo sentido de propósito: criar a Emma con fuerza, independencia y amor por lo esencial.
“Las montañas no juzgan”, le decía. “No les importa cuánto dinero tengas, ni tus errores. Solo les importa tu respeto y tu preparación.”
Y así, paso a paso, Emma aprendió a leer mapas, purificar agua, reconocer plantas comestibles y confiar en sus instintos. A los quince años, era ya una senderista experimentada, y soñaba con conquistar Half Dome junto a su madre.
El viaje que no tuvo regreso
El 15 de octubre de 2019, madre e hija partieron de Fresno rumbo al sendero de Cathedral Lakes, en el corazón de Yosemite. Era un martes frío y despejado, ideal para una caminata de día. Emma llevaba sus botas color púrpura y una chaqueta naranja brillante; Sarah, su fiel mochila Osprey azul y su GPS.
A las 8:10 de la mañana, aparcaron el Honda CR-V en el punto de inicio del sendero. Dejaron todo listo para el regreso: la comida para el viaje de vuelta, el uniforme de enfermera de Sarah y la mochila escolar de Emma. Nada sugería que no volverían a tocar esas cosas.
Durante la caminata, fueron vistas por última vez por una pareja de excursionistas, Robert y Linda Martínez, alrededor de las 9:30 a.m. “Estaban bien”, recordaría Linda. “La niña sonreía, la madre parecía tranquila, experimentada. No había nada fuera de lo normal.”
A las 11:45, según los datos del GPS y la última foto tomada por Emma, llegaron al Lago Superior de Cathedral. En la imagen se ve a Sarah mirando un mapa, con la imponente silueta del Cathedral Peak detrás. Minutos después, decidieron bajar al lago inferior, donde otros excursionistas habían mencionado huellas de oso.
Esa decisión marcaría el inicio del misterio.
El mensaje que encendió las alarmas
Esa noche, a las 8:47 p.m., la hermana de Sarah, Janet Chen Morrison, recibió un mensaje de texto:
“Running late. We’ll call when we get to the car.”
(“Nos retrasamos. Llamaremos cuando lleguemos al coche.”)
Era breve, impersonal, y muy distinto a los mensajes detallados que Sarah solía enviar. Fue la última comunicación de ambas.
A las 11:15 p.m., preocupada por el silencio, Janet llamó al número de emergencias del parque. La ranger Michelle Torres tomó la denuncia y prometió revisar el área al amanecer.
El hallazgo del coche y el inicio del operativo
A las 6:23 de la mañana siguiente, el guardaparques Chris Martínez localizó el Honda CR-V intacto, cerrado, con todas las pertenencias en su interior: un termo de café aún lleno, ropa limpia y comida sin tocar. No había señales de daño ni indicios de salida voluntaria.
El operativo de búsqueda comenzó de inmediato, con perros rastreadores, drones y helicópteros. Durante los días siguientes, más de 50 rescatistas peinaron cada metro del área. Pero ni una prenda, ni una huella, ni una pista clara apareció.
Los perros detectaron rastros humanos dispersos, posiblemente de otros excursionistas. Las cámaras térmicas del helicóptero no mostraron señales de calor. El clima seguía estable, descartando tormentas repentinas.
Nada. Como si la montaña se los hubiera tragado.
Teorías, dudas y el silencio del bosque
La desaparición de Sarah y Emma atrajo atención nacional. Algunos sugirieron un accidente: una caída en terreno rocoso, una desviación de la ruta hacia zonas peligrosas. Pero la falta de restos o pertenencias desconcertó incluso a los expertos.
Otros hablaron de actividad criminal. Yosemite ha sido escenario de desapariciones inexplicables durante décadas, muchas sin resolver. La policía investigó antecedentes de Miguel, el exmarido, pero él estaba trabajando en Nevada el día de los hechos y fue descartado como sospechoso.
Con el paso de las semanas, la búsqueda se redujo. El invierno cubrió los senderos con nieve, y el caso fue archivado como “no resuelto”. Sin cuerpos, sin pistas, sin respuestas.
Tres años después: el hallazgo
En septiembre de 2022, un grupo de escaladores experimentados que ascendía por una ruta poco transitada cerca de Cathedral Peak hizo un descubrimiento que heló la sangre. Entre unas rocas, semiocultos por la vegetación, encontraron una mochila azul con el logo de Osprey, una cámara fotográfica dañada y restos de equipo de senderismo.
El número de serie del GPS confirmó lo impensable: era el equipo de Sarah Chen. A pocos metros, entre piedras erosionadas, se hallaron también fragmentos de tela naranja —posiblemente parte de la chaqueta de Emma— y un zapato parcialmente enterrado.
Los restos humanos, encontrados posteriormente, aún estaban en proceso de identificación, pero los investigadores del parque confirmaron que los objetos coincidían plenamente con los de la madre e hija desaparecidas.
Una despedida sin respuestas
La noticia devastó a Janet, que durante tres años había mantenido viva la esperanza. “Al menos ahora sé que descansan en paz”, dijo entre lágrimas. Pero la pregunta esencial sigue sin respuesta: ¿qué pasó aquel día?
Las autoridades creen que pudieron desviarse del sendero hacia una zona empinada, y que una caída accidental provocó el desenlace fatal. Sin embargo, la falta de evidencias claras deja abierta la puerta a otras interpretaciones.
Algunos rescatistas apuntan a un fenómeno más profundo: la manera en que la naturaleza puede seducirnos con su belleza y, a la vez, recordarnos nuestra fragilidad.
Sarah siempre decía que las montañas no juzgan. Quizás tenía razón. Pero tampoco explican.
Un legado que no se borra
En Fresno, los compañeros de Sarah en el hospital colocaron una placa conmemorativa:
“En memoria de Sarah y Emma Chen, que encontraron paz donde otros solo ven peligro.”
Y cada año, en el mes de octubre, decenas de senderistas caminan hacia Cathedral Lakes para dejar flores silvestres junto al agua, donde se cree que fueron vistas por última vez. Entre los pinos y las piedras, el eco del viento parece repetir su historia, como si la montaña se negara a olvidar.
El misterio de Sarah y Emma no solo es una tragedia. Es un recordatorio de amor, de conexión, y de ese límite invisible entre la aventura y el abismo.
Porque a veces, los lugares que más amamos son también los que más secretos guardan.