Clara despertó esa mañana con el sabor metálico de la medicina en los labios y el silencio pesado del hospital como fondo. Afuera, la lluvia tamborileaba suavemente contra la ventana, como si el cielo llorara de anticipación. Ella se incorporó con dificultad en la cama, su cuerpo delgado bajo las sábanas blancas parecía casi translúcido. En su pecho latía la esperanza, tenue pero constante, de ver un amanecer más junto a Samuel, su compañero, su refugio y su amor más profundo.
Samuel llegó temprano, como siempre. Empujó la puerta con cuidado, cruzó el pasillo en silencio y entró en la habitación con un ramo sencillo de lilas y rosas blancas: flores que siempre le recordaban a Clara su nombre (“clara”, “luz”). Al entrar, su mirada buscó la de ella con devoción. Aun en aquel estado frágil, Clara le sonrió, y en ese instante, algo dentro de Samuel se encendió con una fuerza nueva. Fue una sonrisa cálida, luminosa, como un faro en la penumbra. No era grande, pero era sincera.
Durante semanas, la enfermedad —que había sido diagnosticada como incurable— avanzaba con paso implacable. Clara, que antes era una joven vibrante, llena de pasión por la pintura y los atardeceres, veía cómo su fuerza física se desvanecía. Sus manos, que solían trazar pinceladas audaces, ahora apenas podían sostener el pincel. Pero su espíritu no cedía. Y Samuel estuvo allí: tomó su mano, la escuchó susurrar fragmentos de poemas, leyó con ella antiguos diarios que habían escrito juntos, la acompañó a admirar el cielo nocturno desde una ventana alta del hospital.
Esa mañana, Samuel se sentó junto a ella, bajó la lámpara de lectura, colocó el ramo de flores cerca. Les dio la mano el uno al otro, con la familiaridad de años compartidos. Clara acarició la palma de Samuel y dijo con voz débil:
— “Hoy siento que podría ser nuestro día más importante… que necesito verte sonreír, que necesito sonreír contigo”.
Samuel contuvo el aire que le faltaba para no quebrarse. Acarició su mejilla y respondió:
— “Siempre he visto tu sonrisa como milagro, Clara. Te prometo que esta mañana te haré sonreír como nunca.”
Y así empezó aquel día decisivo, el que marcaría el clímax de su historia.
Durante las horas que siguieron, Samuel organizó una sorpresa discreta en la habitación para recrear un rincón de su hogar compartido. Con la ayuda del personal médico, colocó fotografías de ellos juntos, pintó con acuarela fragmentos del cielo que Clara tanto amaba, encendió velas aromáticas suaves y consiguió una pequeña tetera con té de jazmín, su preferido. El aroma flotaba con suavidad, y todo el cuarto parecía transformarse en un santuario íntimo.
Clara observaba con ojos brillantes. Sentía el latido del corazón vibrar en su garganta. Había subidas y bajadas en su respiración, momentos en los que la fatiga la vencía, pero cuando miraba a Samuel, algo en ella revivía. Él tomó un retrato en blanco y negro en el que ella reía bajo la lluvia, mojada, libre, feliz. Lo sostuvo frente a ella y dijo:
— “Mira, ese día eras una estrella danzante bajo el agua. Quiero verte así otra vez, aunque sea por un instante”.
Clara sintió una convulsión sutil en el pecho: el dolor de la enfermedad luchaba por imponerse. Pero con gran esfuerzo alzó los labios en una mueca que pronto se convirtió en sonrisa. Fue un segundo minúsculo, pero tan intenso que el mundo pareció detenerse. Samuel soltó un suspiro contenido, mojó sus ojos, y la sostuvo más cerca. Le acercó una cubierta ligera, la acomodó con ternura.
El reloj en la pared marcaba las horas con insistencia mortal, cada tic resonaba como un latido que ella luchaba por sostener. Pero la casa improvisada en aquel cuarto del hospital, el olor de flores, las fotografías, las velas, el silencio cómplice entre los dos, todo creaba una atmósfera casi sagrada. Samuel le leyó un poema que había escrito para ella en secreto:
“Cuando el sol sea nostalgia,
tu voz será mi mañana;
y en tu sonrisa, hallaré
el eco de mi esperanza.”
La voz de Samuel temblaba. Clara luchaba por seguirle, por permanecer consciente. Hubo un momento crítico en que sus párpados se cerraron con lentitud, la respiración se tornó irregular. Samuel la sujetó con más fuerza. Pidió al personal médico que estuviera cerca, pero que no interrumpieran ese momento íntimo. Él inclinó su rostro junto al de ella, humedeció sus labios con un pañuelo, la besó la frente, la mejilla.
Y entonces, como un milagro final, Clara abrió los ojos apenas un instante más. Con una sonrisa suave, luminosa, plena, ella pronunció:
— “Te amo… gracias… por todo.”
Aquella sonrisa fue más que una expresión: fue la victoria del cariño contra la ausencia, del amor frente al fin. Y mientras el aliento le abandonaba lentamente, ella recostó su rostro en el pecho de Samuel. Él la abrazó con todo lo que le quedaba de fuerza, con los brazos temblorosos, con un corazón que despedazaba. Lágrimas surcaron sus mejillas, pero dentro de esa despedida también hubo paz. Clara exhaló un suspiro final, y su mano se aflojó en la de Samuel. La última sonrisa quedó grabada en su rostro.
Samuel sintió que el tiempo se quebraba. En un segundo eterno, sostuvo su cuerpo, cerró los ojos, y lloró. El eco del silencio llenó la habitación. Las velas parpadearon. Las fotografías de ellos flotaron en la penumbra. Las flores se mecieron levemente, como si el viento del destino las atravesara.
Pero aunque Clara ya no respiraba, su presencia —su luz interior— permanecía. Samuel la sostuvo aún, sintiendo el calor que poco antes había sido vida. Su abrazo fue un acto de resistencia frente al dolor. Lloró, habló con ella en murmullos, le contó sus recuerdos, le prometió que conservaría cada instante.
Pasaron minutos que parecían horas. Finalmente, el personal médico entró con respeto, exhalando murmullos compasivos. Samuel no quiso que la separaran de ella demasiado pronto. Se quedó uno o dos momentos más sujetándola, tocando su cabello, besando sus manos. Cuando finalmente dejaron a Clara en paz, Samuel se levantó con lentitud. Se apoyó en la ventana, mirando la lluvia que seguía cayendo, lavando el mundo, acariciando los cristales.
El hospital se llenó de pequeños sonidos: pasos suaves de enfermeras, el pitido rítmico de máquinas, ecos de otros pacientes. Para Samuel, ese mundo volvió a la vida con una extraña distancia: dentro de él, Clara estaba ya más allá, en un horizonte nuevo, pero su sonrisa perduraba en su alma. Las flores en la habitación seguían abiertas, los retratos seguían allí, el aroma del té persistía.
Con voz temblorosa, Samuel habló:
— “Ella se fue llevándose su dolor, pero me dejó su luz. Su último aliento estuvo lleno de amor. Y yo… yo viviré por ella, con ella, en cada amanecer.”
Regresó a los objetos que habían preparado. Tomó el poema, lo dobló con cuidado, y lo guardó en su bolsillo más cercano al corazón. Miró el gran retrato de ella sonriendo bajo la lluvia, y por un instante pensó que ella lo respondía con un gesto suave. Luego, con lágrimas en los ojos, salió de la habitación, cerró la puerta con reverencia.
Al otro día, cuando Samuel salió del hospital, llevaba consigo el ramo que había colocado junto a ella, ahora marchito, pero aún intacto. Caminó bajo una lluvia gentil, con el cielo triste pero esperanzado, y en su pecho llevaba aquella sonrisa como un faro que no se apaga. Sabía que las heridas del duelo serían profundas, que su vida cambiaría. Pero también sabía que el amor verdadero no muere con la muerte: sigue en los recuerdos, en los gestos, en los sueños que compartieron.
Y así, cada mañana, cuando el sol se alza, Samuel recuerda la última sonrisa de Clara: ese instante que atravesó el dolor y se quedó para siempre. Él vive para ella, y ella vive en cada latido suyo. Esa sonrisa final se convierte en leyenda privada, en promesa de que, incluso frente al adiós más irrevocable, el amor puede iluminar los días oscuros.