“Cuando el silencio del corazón se esconde tras la pantalla: el viaje de un alma solitaria hacia la luz”

En el barrio al norte de la ciudad, donde los autos pasaban sin descanso y las luces de neón brillaban aún después del ocaso, vivía un chico llamado Mateo. Sus padres, Carla y Ramón, dos profesionales en plena carrera, despertaban antes del alba y llegaban tarde en la noche. Ella trabajaba en una empresa de publicidad, siempre con mil ideas, mil pitches. Él, en una firma financiera, rendía cuentas con números y plazos planetarios. El hogar estaba lleno de comodidades: tabletas, consolas, una computadora de última generación… pero hueco de silencios.

Desde que Mateo tenía trece años, había aprendido a ser invisible en la casa. No era por rebeldía, ni por desafío. Simplemente, sus padres estaban ocupados en otro mundo: reuniones, viajes de negocios, llamadas interminables. En ese vacío, Mateo encontró refugio en el universo digital. La primera vez que su padre le dejó sola la computadora vieja que antes usaba para trabajo, él conectó audífonos, entró en un servidor de juegos en línea y sintió algo que no recordaba muy bien: compañía.

Los días en la escuela pasaban lentos. En el aula, hablaba poco; en el pasillo, caminaba sin prisa; en la noche, abría su laptop y entraba en mundos donde los héroes luchaban, las misiones esperaban y alguien lo llamaba “soldado, hermano, compañero”. Allí, en esos reinos pixelados, hallaba voces que lo saludaban, misiones conjuntas, risas escritas: “¡Hola Mateo! ¿Listo para la raid?” Un portal a otro mundo donde el silencio no reinaba.

Pero esa rutina, aparentemente inofensiva, iba dejando huellas: los ojos de Mateo se volvían cansados; su piel, pálida. Su refugio se volvía prisión cuando se aislaba horas tras horas. Y los padres, al llegar, veían solo una sombra cruzar su escritorio, una pantalla encendida, un silencio más profundo que nunca.

Con el paso de los meses, la inmersión de Mateo en el juego se hizo más intensa. Participaba en servidores internacionales, se unía a clanes, llevaba rangos alto. Por dentro, su corazón urgía conexión; por fuera, su voz estaba callada. De lunes a viernes, su madre llegaba a las diez de la noche; su padre, a veces más tarde. En ese lapso, él vivía batallas épicas, derrotaba dragones, lideraba alianzas. Pero cuando el reloj marcaba las doce, apagaba la computadora y volvía a sentir el golpe seco del silencio pelando las paredes de su cuarto.

Una noche lluviosa, hubo un apagón en el edificio. La luz se fue, las pantallas quedaron negras, el silencio resonaba como una explosión. Mateo sintió un vacío doloroso: sin su refugio digital, estaba solo.

—¿Estás bien? —la voz suave de su madre en el umbral de la puerta.

Él no respondió. No supo qué decir. Ella entró, caminó, vio al chico en la penumbra, con la respiración entrecortada. Se acercó con cautela; su padre apareció detrás de ella.

Fue en ese momento cuando todo explotó: Mateo lloró. Lágrimas grandes que rompían el dique que durante tanto tiempo había sostenido su alma. Rompió el silencio con llanto explosivo, con gritos: “¡Estoy harto de siempre estar solo! ¡Nadie me ve! ¡Ni siquiera ustedes me ven!” El estrépito de su voz conmocionó la casa.

Carla y Ramón se miraron, paralizados. Ellos que habían estado corriendo siempre, sin pausa; ellos que habían confiado en que “darle lo material era suficiente”. Aquella noche, vieron al chico que creían conocer poco.

Ramón, con voz quebrada, susurró: —Hijo… lo siento.

Carla se arrodilló frente a él, lo abrazó suavemente, sin palabras al principio. Fue un silencio nuevo, cálido. Las lágrimas de Mateo calaron los muros invisibles que lo habían contenido. En ese momento, la tormenta interna de soledad alcanzó su cúspide: él gritó, se retorció, soltó el peso de meses de abandono emocional.

Luego, cuando su voz se quedó exhausta, su madre le pidió perdón. Le prometió que ese día cambiaría algo. Que ya no lo dejarían solo con su pantalla. Que abrirían un diálogo, aunque fuera incómodo.

Los días siguientes no fueron mágicos de golpe. Pero algo cambió. Carla y Ramón, con el corazón despierto, empezaron a dedicar fragmentos de su jornada solo para él: cenas sin pantallas, paseos en el parque, partidas de ajedrez tarde en la noche, charlas sencillas. Al principio, Mateo no sabía si permitirse confiar: su coraza estaba dura. Pero cada gesto, cada pregunta: “¿Cómo fue tu día? —sin que le respondiera “bien”—, cada silencio respetuoso para dejar que él hablara, fue abriendo hendiduras en su coraza.

Una tarde, la madre llegó temprano. Abrió la puerta del cuarto con timidez. Encontró a su hijo lejos de la computadora, leyendo un libro de fantasía clásico. No dijo nada; solo se quedó. No exigió. Se apoyó en el marco de la puerta. Mateo la vio, levantó la mirada, sonrió tímido.

—¿Puedo sentarme? —preguntó ella.

Y allí estuvieron, madre e hijo, en el suelo, compartiendo silencio que ya no pesaba.

Algunas noches jugaban juntos, pero no en línea: juegos de mesa, dominó, risas humanas. Él enseñaba a su madre a lanzar dados; ella le contaba su día laboral de forma simple, sin jerga. Ramón, a su vez, en jornadas menos agotadoras (porque aprendió a poner límites en su trabajo), llegó una tarde con una mochila pequeña.

—Vamos a dar un paseo —dijo—. A ti te gustaba caminar con papá cuando eras niño.

Con pasos lentos, caminaron los tres por las calles iluminadas, bajo el viento suave que jugaba con hojas que caían. No tenían destino. Y en esa ausencia de rumbo, conversaron. No solo de tareas o trabajos, sino de sueños, de miedos, de cosas pequeñas: “¿Qué sueñas para mañana?”, “¿Qué aventura te gustaría vivir?”. Mateo habló con cautela al principio, después con más confianza. Esa noche, en la mesa familiar, cenaron juntos. Sin correos, sin prisas. Con risas.

Con el tiempo, el uso del videojuego cambió: no como un refugio exclusivo, sino como una pieza en su mosaico de vida. Aún jugaba, claro. Pero también leía, salía, conversaba. Y lo más importante: ya no se sentía invisible.

En el epílogo de esa historia personal, Mateo y sus padres aprendieron algo esencial: no basta con sustento material si se omite el alimento del alma. Que el silencio puede herir más que la ausencia. Que mirar a los ojos, preguntar con suavidad, ofrecer tiempo sin urgencia, eso cura. Y que una casa deja de estar vacía cuando sus voces se entrelazan con ternura.

En una noche tranquila, mientras la bruma de la ciudad cubría las luces lejanas, Mateo miró la ventana de su cuarto, luego la mesa donde su madre dejaba un vaso con agua, el sillón donde su padre descansaba con un libro. Sonrió, sintió que estaba en casa. Esa noche, no hubo apagón. Pero si lo hubiera habido, ya no habría temido: porque sabía que, en la penumbra, no estaría solo.

Y así termina esta historia abierta: no con un final definitivo, pero con senderos nuevos, con promesas de escucha y cocreación de espacios de afecto. El silencio se transformó: de prisión, pasó a llama tibia que invita al diálogo. Y en ese rescate interior, Mateo dejó de jugar solo; empezó a caminar acompañado hacia su propio horizonte.

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