Las campanas de la iglesia de San Martín resonaban en el valle al caer la tarde. Era un tono grave, sereno, pero ese día se mezclaba con el zumbido distante de aviones. Clara bajó del tranvía con su violín envuelto en su estuche, sus dedos temblaban un poco. Había pasado más de un año desde que vio a Javier por última vez. La guerra había partido su vida en dos, como una cuerda que se corta abruptamente.
Ella caminaba por las calles empedradas del viejo barrio, donde antes paseaban risueños, compartiendo conciertos caseros bajo la luz de una lámpara de aceite. Los jardines mostraban cicatrices: ventanas rotas, fachadas medio quemadas, balcones colgando en ruina. Pero Clara sostenía la esperanza en su pecho, tan firme como el arco que ajustaba con cuidado.
A lo lejos, en la plaza central, alguien había colocado un gran piano blanco bajo un arco florido improvisado. Un cartel anunciaba: “Concierto por la paz, homenaje a los ausentes”. Ella sintió que su corazón saltó. ¿Sería posible que Javier estuviera allí? Nunca antes había imaginado que la guerra pudiese dejar espacio para un piano en medio del caos, pero allí estaba. Clara se acercó con paso vacilante mientras los últimos rayos del sol jugaban con las teclas relucientes.
Sentada en un banco de piedra, la multitud empezó a agruparse. Los niños corrían entre columnas medio derruidas, mientras viejos se apoyaban en bastones y guardaban silencio reverente. Clara se colocó cerca del escenario improvisado; el director del evento habló brevemente, con voz firme y emocionada, explicando que la música es puente entre almas partidas. Luego se hizo un silencio de espera.
Fue en ese instante cuando una figura emergió del fondo del escenario: un hombre con uniforme ya desgastado, el rostro familiar, pero delgado y marcado por fatigas. Clara contuvo el aliento. ¿Javier? ¿Ese era él?
Javier se aproximó al piano, sus manos temblorosas temían la primera nota, pero su mirada se fijó en ella. En el momento en que sus ojos se encontraron, el mundo pareció detenerse. Las balas, los bombardeos, las noches sin dormir —todo parecía quedar lejos, suspendido entre ellos. Clara sintió un anhelo hondo y un dolor contenido; su corazón golpeaba con fuerza en el pecho.
Él comenzó a tocar: una melodía suave, una tonada que conocían de memoria desde su primer encuentro: un vals que ella compuso para él una mañana de primavera. Las primeras notas se alzaron como alas, y la multitud guardó silencio. En esos compases, la guerra pareció ceder terreno al aire. El violín del recuerdo parecía acompasarse desde lo profundo de Clara. Ella sacó su instrumento, sin mediar palabra, y empezó a tocar en contrapunto, integrándose en la música que Javier dictaba.
Fue un diálogo de notas, una conversación sin voz. Clara tocaba con tanta pasión que las lágrimas embarraban sus cuerdas. Javier respondió con acordes firmes y delicados, como un puente restaurado sobre un abismo. En ese momento, todos los espectadores se convirtieron en testigos solemnes de un reencuentro que la guerra no pudo borrar completamente.
El clímax llegó cuando ambos se incorporaron, acercando sus instrumentos frente a frente, tocando al unísono, elevándose la melodía hacia el cielo. Las ruinas parecían reverdecidas por ese sonido. En ese instante, el viento sopló suavemente, y algunos pétalos sueltos —rosas blancas que alguien había colgado en guirnaldas— descendieron como nieve leve sobre el escenario. Las lágrimas rodaron por rostros de gente que había perdido mucho, pero ahí, por un momento fugaz, recuperaron algo de esperanza.
Mientras tocaban, Clara sintió las manos de Javier acercándose lentamente a las suyas sobre el violín. Nunca antes habían permitido tanto contacto en público: una caricia discreta, un susurro de calor. Pero bastó para que ella sintiera la certeza: pese a la guerra, el amor aún vivía. Sobre las últimas notas, el aplauso brotó con estruendo, como un torrente contenido. El público se puso de pie, aplaudiendo con emoción, algunos llorando. Sus miradas se encontraron por un segundo largo, con la música como testigo.
Al concluir el concierto, Javier se inclinó, tomó el estuche del violín de Clara y caminó hacia ella. No dijo nada. No hacía falta. El silencio entre los dos era más elocuente que cualquier palabra. Clara, con el cuerpo aún vibrando por la música, alzó la mirada. Se abrazaron con fuerza, como si quisieran fundirse en un solo abrazo que contrarrestara la distancia y el horror de los meses separados.
Pero alrededor, las ruinas hablaban: la guerra no había concluido del todo. Cohetes ocasionales hacían eco en la periferia de la ciudad. Los militares en los bordes vigilaban. El público se dispersaba con cautela. Clara y Javier sabían que no podían esconderse mucho tiempo. Pero ese instante, aquel abrazo musical frente a las ruinas, les devolvía algo esencial: la fe.
Esa noche, Clara y Javier caminaron juntos bajo la luna, con sus instrumentos cruzados en la espalda, ocultos entre los escombros. Pasaron por calles silenciosas, franqueando barricadas improvisadas, saludando con gestos a quienes los miraban sorprendidos. La ciudad herida parecía dormir con un ojo abierto.
Entraron en una vieja iglesia semidestruida, cuyos vitrales rotos dejaban colarse la luz plateada. Allí encontraron un rincón tranquilo y vacío. Javier encendió una vela y Clara apoyó su violín sobre el banco. Se sentaron frente a frente, tan cerca que podían oler el aliento del otro. No hablaron de política, de estrategias militares, de pérdidas. Sólo hablaron con la mirada hasta que Javier dijo en voz baja:
— No sé cuánto tiempo más podremos resistir juntos. Pero si cada día nos arranca un pedazo, quiero que mis pedazos vuelvan a ti.
Clara bajó la mirada y apoyó la mano sobre él:
— Mientras haya música, habrá retorno. Mientras tú toques, yo volveré.
Entonces él la llamó suavemente, y juntos tocaron una breve melodía de cuna que solían tararear en esos primeros días de su amor. Era íntima, sencilla, frágil. Las notas llenaron el aire de una ternura inesperada entre las ruinas. Durante esos minutos, el resto del mundo pareció disolverse: no había bombas, no había patrullas, sólo dos corazones reinstalando su vínculo a través del lenguaje más puro que conocían: la música.
Cuando terminaron, el eco reverberó en los muros caídos. Clara apoyó la cabeza en el hombro de Javier. Él la rodeó con su brazo. La vela se apagó con un susurro. Afuera, la guerra seguía su marcha, modesta pero persistente. Pero dentro de la iglesia, dos almas habían tejido un refugio de notas y promesas.
Al amanecer, Clara despertó con los rayos tímidos del sol filtrándose entre los escombros. Javier seguía durmiendo a su lado, con el violín apoyado a su costado. Ella lo observaba. Todo parecía un sueño que no podía sostener, pero las cicatrices del conflicto estaban allí afuera. Sin embargo, ella sabía —y él también— que el amor puede ser una melodía insobornable.
Se levantó con cuidado, preparó agua tibia y pan rústico que alguien había donado al refugio improvisado de la iglesia. Javier despertó, la miró sin palabras. Luego, con un gesto suave, le ofreció el arco del violín. Clara lo tomó. Él colocó sus manos en el piano portátil que habían logrado ubicar dentro, aún desafinado por el polvo. Ella apoyó el violín. Y entonces comenzó la música de nuevo: esta vez no para un público, sino para ellos mismos, para sellar lo recuperado.
El mundo exterior podría seguir temblando, pero en esa pequeña habitación de ruinas, el amor reinició su latido. Las notas bailaron por los muros fragmentados, elevaron polvaredas de esperanza. Y aunque no sabían qué días les esperaban, Clara y Javier descubrieron algo esencial: la música tenía el poder de rehacer senderos, tender puentes sobre la devastación, unir corazones dispersos.
Así, entre acordes y silencios, entre lágrimas y caricias, reconstruyeron el vínculo más puro que habían perdido. No era el final de la guerra, pero sí el comienzo de su resistencia amorosa, hecha de melodía, fe y la promesa de que cada nota los volvería a unir.