Los Fantasmas del Techo del Mundo: Cuando el Everest se Niega a Devolver sus Muertos

Capítulo 1: La Zona de la Muerte y la Fisiología del Colapso

El Monte Everest, conocido en tibetano como Chomolungma (“Madre del Universo”), se eleva a 8,848 metros sobre el nivel del mar. A esa altitud, el ser humano no está diseñado para sobrevivir. Superados los 8,000 metros, entramos en la Zona de la Muerte. En este capítulo inicial, analizaremos por qué el Everest se cobra tantas vidas y cómo el cuerpo humano comienza a morir desde el momento en que cruza esa frontera invisible, antes incluso de enfrentarse a las tormentas o avalanchas.

La Biología de la Extinción: El Aire que no Alimenta

A nivel del mar, el aire contiene aproximadamente un 21% de oxígeno. En la cima del Everest, aunque el porcentaje es el mismo, la presión atmosférica es un tercio de la normal. Esto significa que cada bocanada de aire entrega una fracción mínima de las moléculas de oxígeno necesarias para alimentar el cerebro y los músculos.

Cuando un escalador entra en la Zona de la Muerte, su cuerpo comienza una carrera contra el reloj. El corazón late a ritmos frenéticos para intentar compensar la falta de oxígeno, la sangre se espesa aumentando el riesgo de infartos y el cerebro empieza a inflamarse. Este fenómeno, conocido como HAPE (Edema Pulmonar de Gran Altitud) y HACE (Edema Cerebral de Gran Altitud), es el asesino silencioso detrás de la mayoría de las muertes que analizaremos. Los escaladores pierden la capacidad de juicio, sufren alucinaciones y, finalmente, se sientan en la nieve para un “breve descanso” del que nunca despiertan.

La Ética a 8,000 Metros: ¿Rescatar o Sobrevivir?

Una de las realidades más crueles del Everest, y que rodea a las muertes más famosas, es la imposibilidad física del rescate. A esa altitud, mover el propio cuerpo es un esfuerzo hercúleo; intentar arrastrar a una persona inconsciente que pesa 80 kilos es, para muchos, una sentencia de muerte doble.

Esto ha generado debates éticos durante décadas. ¿Es un escalador un asesino por pasar de largo junto a alguien que agoniza? La respuesta en la montaña es brutal: a 8,000 metros, cada individuo es responsable de su propia vida. Muchos de los cuerpos que hoy permanecen en la montaña, como el famoso “Green Boots” o “La Bella Durmiente”, están allí porque sus compañeros o extraños tuvieron que elegir entre salvarse a sí mismos o morir intentando lo imposible.

El Desastre de 1996: El Punto de Inflexión

No se puede hablar de las peores muertes en el Everest sin mencionar la tragedia de 1996, popularizada por el libro Into Thin Air de Jon Krakauer. En un solo día, una tormenta feroz atrapó a varias expediciones comerciales en la cresta de la cima.

Líderes experimentados como Rob Hall y Scott Fischer perdieron la vida no por falta de habilidad, sino por una combinación de factores: retrasos en la colocación de cuerdas, una “fiebre de cumbre” que nubló el juicio y una naturaleza que decidió cerrar la puerta de salida. La muerte de Rob Hall es especialmente desgarradora: atrapado cerca de la cumbre sur, logró comunicarse por radio con su esposa embarazada en Nueva Zelanda para despedirse antes de sucumbir al frío y la falta de oxígeno. Su cuerpo permanece en la montaña hasta el día de hoy.

La Paradoja del Éxito Comercial

El Everest ha pasado de ser un desafío para exploradores de élite a un trofeo para turistas adinerados. Esta masificación ha introducido un nuevo peligro: los “atascos” en el Escalón de Hillary. En años recientes, se han registrado muertes simplemente porque los escaladores agotaron su reserva de oxígeno esperando en una fila de 100 personas para alcanzar la cima o descender.

La estupidez humana, mezclada con la ambición corporativa de las agencias de expedición, ha convertido la montaña más alta del mundo en un lugar donde el dinero puede comprarte un pasaje a la cima, pero no puede garantizarte el oxígeno para regresar.

Capítulo 2: “Green Boots” y el Hito de la Indiferencia

En la cara noreste del Everest, a unos 8,500 metros de altura, existe una cueva de piedra caliza que todos los escaladores deben pasar en su camino hacia la gloria. Durante más de dos décadas, esa cueva albergó el cadáver de un hombre acostado en posición fetal, vestido con una chaqueta roja y unas llamativas botas de color verde neón. Se le conoció simplemente como “Green Boots”. Su historia no es solo la de una muerte solitaria, sino la de cómo el Everest despoja al ser humano de su empatía.

¿Quién era “Green Boots”?

Aunque nunca se ha confirmado oficialmente por la familia o el gobierno indio, se cree casi con total certeza que los restos pertenecen a Tsewang Paljor, un joven oficial de la Policía Fronteriza Indo-Tibetana. En mayo de 1996 (el mismo año del desastre analizado en el capítulo anterior), Paljor formaba parte de una expedición india que intentaba la cumbre por la difícil ruta norte.

Paljor y dos compañeros, decididos a alcanzar la cima a pesar de que el clima empeoraba, se encontraron atrapados en una tormenta de nieve cegadora. Mientras descendía, agotado y con los pulmones quemándose por la falta de oxígeno, Paljor buscó refugio en una pequeña grieta de roca. Allí, el frío de -40°C detuvo su corazón. Sus botas verdes, que tanto le habían servido para escalar, se convirtieron en el faro que anunciaría su ubicación a miles de extraños en los años venideros.

El Hito Macabro: Una brújula de carne y hueso

Lo que hace que la muerte de Paljor sea una de las “peores” no es solo el fallecimiento en sí, sino lo que sucedió después. Debido a la altitud extrema, el cuerpo de Paljor quedó preservado por el frío intenso, convirtiéndose en un punto de referencia geográfico. Los guías decían a sus clientes: “Cuando pases las botas verdes, sabrás que estás cerca de la cima”.

Durante 20 años, cientos de escaladores tuvieron que pasar literalmente por encima de sus piernas para avanzar. La imagen de un ser humano convertido en una señal de tráfico es la representación máxima de la deshumanización en la Zona de la Muerte. En la montaña, la tragedia se vuelve parte del paisaje.

La controversia de David Sharp: ¿Se pudo evitar?

El nombre de “Green Boots” quedó ligado para siempre a otra tragedia en 2006: la de David Sharp. Sharp, un escalador británico solitario, se refugió en la misma cueva donde yacía Paljor. Sharp estaba agonizando, congelado y sin oxígeno.

Aproximadamente 40 escaladores pasaron junto a él mientras aún estaba vivo. Muchos pensaron que era “Green Boots” (el cadáver de siempre) y otros, al darse cuenta de que estaba vivo, decidieron no ayudarle porque consideraron que un rescate a esa altura era una misión suicida. La muerte de Sharp, a la sombra de los restos de Paljor, desató una tormenta mediática mundial. Sir Edmund Hillary, el primer hombre en la cima, denunció la falta de humanidad de las expediciones modernas, afirmando que “la vida humana es mucho más importante que llegar a la cima de una montaña”.

La desaparición del cuerpo

En 2014, el cuerpo de “Green Boots” desapareció repentinamente de la ruta principal. Se especula que fue enterrado bajo rocas por escaladores chinos o que el viento finalmente lo empujó hacia el abismo. Sin embargo, su leyenda permanece como un recordatorio de que en el Everest, el éxito y la muerte caminan de la mano, y que el cuerpo que hoy te sirve de guía, mañana podría ser el tuyo.

La historia de Tsewang Paljor nos enseña que la verdadera tragedia no es solo morir en la montaña, sino ser recordado únicamente por el color de tu calzado y la indiferencia de quienes pasaron a tu lado.

Capítulo 3: Francys Arsentiev – “La Bella Durmiente” y el Susurro del Abismo

Si el caso de “Green Boots” representa la indiferencia técnica, la muerte de Francys Arsentiev en mayo de 1998 personifica la tragedia emocional pura. Conocida póstumamente como “La Bella Durmiente del Everest”, Francys se convirtió en la primera mujer estadounidense en alcanzar la cima sin oxígeno suplementario. Sin embargo, su logro quedó sepultado por una agonía de tres días que fue presenciada por varios escaladores, incluyendo a su propio esposo.

El Desafío del Purista: Sin Oxígeno a 8,848 Metros

Francys Arsentiev no era una novata. Ella y su esposo, Sergei Arsentiev, eran una pareja de alpinistas experimentados que buscaban lo que se considera el “santo grial” del montañismo: conquistar el Everest sin la ayuda de botellas de oxígeno. Para el cuerpo humano, esto es una apuesta suicida. Sin oxígeno suplementario, la temperatura corporal cae drásticamente, la sangre se vuelve tan espesa como el jarabe y el cerebro apenas puede procesar órdenes básicas como “mueve el pie”.

Tras dos intentos fallidos, el 22 de mayo de 1998, finalmente alcanzaron la cumbre. Sin embargo, debido a la falta de oxígeno, el tiempo se les escapó. Comenzaron el descenso demasiado tarde, obligándolos a pasar una noche a la intemperie en la Zona de la Muerte, sin carpa y sin protección.

El Calvario en la Cresta

A la mañana siguiente, Sergei llegó al campamento base alto, pero se dio cuenta de que Francys no estaba con él. A pesar de estar al borde del colapso, Sergei tomó botellas de oxígeno y medicinas y volvió a subir para buscarla. Fue la última vez que se le vio con vida.

Mientras tanto, un equipo de escaladores uzbekos encontró a Francys. Estaba viva pero apenas consciente, sufriendo de una hipotermia severa y congelación. Intentaron cargarla, pero el terreno era demasiado técnico y el oxígeno de ellos se estaba agotando. Tuvieron que abandonarla para salvar sus propias vidas.

“No me dejen aquí”: El encuentro con Ian Woodall

El momento más desgarrador ocurrió al día siguiente. Los escaladores Ian Woodall y Cathy O’Dowd, mientras ascendían hacia la cima, se toparon con un cuerpo que parecía moverse. Era Francys. Estaba atada a una cuerda guía, su piel se había vuelto blanca como la porcelana debido a la congelación, lo que le dio el apodo de “La Bella Durmiente”.

Durante más de una hora, Ian y Cathy se quedaron con ella. Francys, en un estado de semi-consciencia provocado por el edema cerebral, repetía monótonamente las mismas tres frases:

  1. “No me dejen aquí”.

  2. “¿Por qué me están haciendo esto?”.

  3. “Soy estadounidense”.

Woodall y O’Dowd se enfrentaron a la decisión más difícil de sus vidas. Intentar bajar a una Francys completamente incapaz de caminar por la arista de la cima habría significado la muerte de los tres. Con lágrimas en los ojos, tuvieron que soltar su mano y dejarla morir sola. La imagen de Francys, abandonada pero aún con vida, persiguió a estos escaladores durante décadas.

El Regreso para el Reposo Final

El cuerpo de Sergei Arsentiev fue encontrado un año después, mucho más abajo en la montaña; aparentemente cayó al vacío mientras buscaba desesperadamente a su esposa. El cuerpo de Francys, por su parte, permaneció visible desde la ruta principal durante nueve años, congelada en la misma posición en la que Ian la dejó.

En 2007, atormentado por el recuerdo, Ian Woodall organizó una expedición llamada “El Tao del Everest”. Su único objetivo no era llegar a la cima, sino darle dignidad a Francys. Envolvieron su cuerpo en una bandera estadounidense y, tras una breve ceremonia, la depositaron en un lugar fuera de la vista de los turistas, permitiéndole finalmente descansar en la paz del silencio eterno.

La tragedia de Francys Arsentiev nos recuerda que el Everest no distingue entre valentía y temeridad. Su muerte demostró que, a veces, el precio de la ambición no solo lo paga el que sube, sino también los que se quedan con el recuerdo de un susurro que no pudieron responder.

Capítulo 4: La Furia del Khumbu – Avalanchas y el Colapso del Glaciar

Mientras que los capítulos anteriores se centraron en escaladores que sucumbieron a la altitud o al agotamiento, los años 2014 y 2015 marcaron un punto de inflexión oscuro en la historia del Everest. En estos años, la montaña no mató de forma silenciosa, sino a través de eventos catastróficos masivos que redefinieron el peligro en el campamento base y la Cascada de Hielo de Khumbu. Este capítulo analiza cómo el calentamiento global y la inestabilidad geológica convirtieron el lugar de descanso en una morgue bajo la nieve.

La Cascada de Hielo de Khumbu: El “Pasillo de la Muerte”

Casi todos los que intentan el Everest por la cara sur (Nepal) deben atravesar la Cascada de Hielo de Khumbu. Es un glaciar en movimiento que fluye como un río de hielo a cámara lenta. Aquí, bloques de hielo del tamaño de edificios de diez pisos, conocidos como seracs, pueden colapsar en cualquier segundo sin previo aviso.

Es un lugar donde la habilidad técnica no importa; solo importa la suerte. Los escaladores intentan cruzarlo antes del amanecer, cuando el frío mantiene el hielo más estable, pero como veremos, en 2014, el reloj de la montaña se adelantó.

El Desastre de 2014: El Luto de los Sherpas

El 18 de abril de 2014, un enorme bloque de hielo se desprendió del hombro occidental del Everest y cayó directamente sobre la ruta que atravesaba la Cascada de Hielo. En ese momento, docenas de sherpas estaban transportando suministros para las expediciones comerciales.

La avalancha mató a 16 sherpas casi instantáneamente. Fue, hasta ese momento, el día más mortífero en la historia de la montaña. Esta tragedia sacó a la luz una realidad incómoda: el riesgo en el Everest está mal distribuido. Mientras los clientes occidentales duermen en sus carpas, los trabajadores locales arriesgan sus vidas cruzando el Khumbu decenas de veces por temporada. La muerte de estos hombres provocó una huelga sin precedentes y el cierre de la montaña, dejando claro que el Everest es un negocio construido sobre el sudor y la sangre de una comunidad que a menudo es olvidada en los titulares.

2015: El Terremoto que sacudió el Mundo

Solo un año después, el 25 de abril de 2015, la tragedia volvió a escalar. Un terremoto de magnitud 7.8 sacudió Nepal. En el Everest, el sismo provocó que una inmensa placa de hielo y rocas se desprendiera del Pumori, una montaña vecina, enviando una onda expansiva y una avalancha de nieve directamente hacia el Campamento Base.

El Campamento Base siempre se había considerado un “lugar seguro”, lejos del alcance de las avalanchas. Pero la magnitud de este evento fue tal que la ráfaga de viento y nieve arrasó con cientos de tiendas de campaña, lanzando a personas y equipos por los aires. 19 personas murieron y más de 60 resultaron heridas en cuestión de segundos. Fue la mayor pérdida de vidas en un solo evento en la historia del Everest.

El Factor del Cambio Climático

Científicos y geólogos señalan que estas catástrofes no son eventos aislados. El aumento de las temperaturas globales está debilitando el permafrost que mantiene unida la roca y el hielo del Everest. Los glaciares se están volviendo más delgados y más activos, lo que significa que las avalanchas masivas son ahora más probables que nunca.

La “estupidez” en este contexto no es de los individuos, sino del sistema. Seguir enviando cientos de personas a una zona que se está volviendo geológicamente inestable es una forma de arrogancia colectiva. El Everest está enviando señales de que está sobrecargado, y los desastres de 2014 y 2015 fueron las advertencias más sangrientas de que la montaña siempre tiene la última palabra.

Conclusión del Capítulo

Estas muertes masivas cambiaron la cara del alpinismo comercial. Ya no se trata solo de si tienes el pulmón o la voluntad para subir; ahora se trata de si la propia estructura de la montaña se mantendrá en pie bajo tus pies. En el próximo capítulo, volveremos a la cima para explorar un caso de aislamiento y desesperación: la historia del hombre que desapareció en la niebla intentando un récord que nadie pudo presenciar.

Capítulo 5: El Enigma de Mallory – El Cuerpo que el Tiempo Olvidó

“Porque está ahí”. Esa fue la famosa respuesta de George Leigh Mallory cuando le preguntaron por qué quería escalar el Everest. En 1924, equipado con ropa de lana, botas de cuero y rudimentarios equipos de oxígeno, Mallory y su joven compañero Andrew “Sandy” Irvine desaparecieron en la niebla cerca de la cima. Su muerte creó el mayor misterio del alpinismo: ¿fueron ellos los primeros en conquistar el mundo, 29 años antes que Hillary y Tenzing?

La Última Vez que se les Vio

El 8 de junio de 1924, otro miembro de la expedición, Noel Odell, divisó a través de la niebla dos puntos negros moviéndose con determinación sobre la arista de la cima. Los vio superar lo que hoy conocemos como el “Segundo Escalón”, un obstáculo técnico imponente. De repente, las nubes se cerraron y el Everest se tragó a Mallory e Irvine.

Durante 75 años, el destino de Mallory fue pasto de leyendas. Algunos creían que habían muerto durante el ascenso, otros que habían logrado la cumbre y perecido al bajar. La montaña guardó el secreto celosamente hasta que la tecnología y una búsqueda dedicada en 1999 revelaron la verdad de su final.

El Hallazgo de 1999: Una Estatua de Mármol

En mayo de 1999, una expedición de búsqueda liderada por el escalador Conrad Anker localizó un cuerpo a unos 8,150 metros en la cara norte. A diferencia de los cadáveres modernos, de colores brillantes y materiales sintéticos, este cuerpo estaba blanqueado por el sol, pareciendo una estatua de mármol griego emergiendo de la grava.

Era George Mallory. Su piel, preservada por el frío extremo y el aire seco, estaba intacta. Estaba boca abajo, con los brazos extendidos como si intentara frenar una caída. Tenía una pierna rota y marcas de la cuerda alrededor de su cintura, lo que indicaba que él e Irvine estaban atados cuando uno de ellos resbaló. La fuerza del impacto fue tal que la cuerda se rompió, dejando a Mallory herido y solo en la oscuridad del Everest.

La Prueba del Amor: La Foto que no Estaba

El hallazgo de su cuerpo trajo una pista emocional fascinante. Mallory había prometido a su esposa, Ruth, que dejaría una fotografía de ella en la cima del mundo. Cuando revisaron sus pertenencias personales en el cadáver (su altímetro, sus gafas de sol, sus cartas), encontraron todo… excepto la foto de Ruth.

Para muchos historiadores y románticos del alpinismo, esto es una prueba circunstancial de que Mallory alcanzó la cumbre, dejó la foto y murió durante el descenso. Sin embargo, el cuerpo de su compañero Andrew Irvine, quien portaba la cámara Kodak de la expedición, nunca ha sido encontrado. El revelado de esa película podría cambiar la historia de la humanidad, pero por ahora, el Everest se queda con la última palabra.

La Ética del Tiempo y el Respeto

La muerte de Mallory es considerada una de las “peores” no por el horror visual, sino por la soledad absoluta de su final. Imaginen a Mallory, el mejor escalador de su generación, herido en la oscuridad, sabiendo que nadie vendría a buscarlo y que su gloria o su fracaso quedarían ocultos por la nieve durante un siglo.

Al encontrarlo, la expedición de 1999 decidió no trasladar sus restos. Realizaron un servicio fúnebre anglicano en la montaña y cubrieron su cuerpo con rocas para protegerlo de los elementos y de las miradas curiosas. Mallory ahora es parte de la propia geología del Everest.

El Legado del Misterio

La tragedia de Mallory e Irvine definió el espíritu del Everest: una mezcla de ambición noble y una realidad física aplastante. Su muerte demostró que, sin importar la voluntad, el cuerpo humano tiene límites que la montaña no respeta. Mallory no murió por estupidez, sino por ser un pionero en un mundo donde aún no se conocían las reglas del juego a 8,000 metros.

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