
El Monte Everest, conocido en nepalí como Sagarmatha y en tibetano como Chomolungma, se alza como el punto más alto de nuestro planeta, una pirámide de roca y hielo que ha fascinado a la humanidad desde que fue identificado como el “Pico XV”. Sin embargo, detrás de la majestuosidad de sus cumbres nevadas se esconde una realidad brutal.
Para las mujeres que han intentado conquistarlo, el desafío no es solo físico, sino una batalla psicológica contra un entorno que no está diseñado para la vida humana. En este primer capítulo de nuestra serie, exploraremos las historias de aquellas pioneras y soñadoras cuyos nombres quedaron grabados en el hielo eterno, analizando no solo su trágico final, sino las circunstancias que las llevaron a desafiar lo imposible.
El Umbral de lo Imposible: La Zona de la Muerte
Para entender estas historias, primero debemos comprender el escenario. Por encima de los 8.000 metros de altitud, el ser humano entra en la “Zona de la Muerte”. A esta altura, la presión atmosférica es tan baja que el cuerpo no puede absorber suficiente oxígeno, incluso si se está en reposo. Las células comienzan a morir, el cerebro puede inflamarse (edema cerebral) y los pulmones pueden llenarse de líquido (edema pulmonar).
El juicio se nubla, el cuerpo consume sus propios músculos para obtener energía y el frío es tan intenso que puede congelar la piel expuesta en cuestión de segundos. Es en este entorno hostil donde se desarrollaron las tragedias de Francys Arsentiev y Hannelore Schmatz, dos mujeres que se convirtieron, a su pesar, en leyendas de la montaña.
Francys Arsentiev: La “Bella Durmiente” del Himalaya
La historia de Francys Arsentiev es, quizás, una de las más emotivas y debatidas en los círculos de montañismo. Francys no era una novata; era una escaladora experimentada que compartía su pasión con su esposo, Sergei Arsentiev, un renombrado alpinista ruso conocido como “el leopardo de las nieves”. En mayo de 1998, la pareja se propuso un objetivo que rozaba la locura: alcanzar la cima del Everest sin el uso de oxígeno suplementario.
Hacer cumbre sin oxígeno es un acto de purismo extremo que solo una fracción mínima de escaladores intenta. Para Francys, esto significaba empujar su fisiología a un límite donde la supervivencia depende de cada segundo.
El 22 de mayo de 1998, tras dos intentos fallidos debido al clima, finalmente alcanzaron la cima. Francys hizo historia al convertirse en la primera mujer estadounidense en lograrlo sin botellas de aire. Pero la montaña no permite celebraciones largas.
Durante el descenso, la tragedia golpeó. La oscuridad cayó rápidamente y la pareja se separó. Sergei llegó al Campamento IV esperando encontrar a Francys, pero ella no estaba.
A pesar del agotamiento mortal, Sergei cargó con botellas de oxígeno y medicinas y volvió a subir a la zona de la muerte para buscarla. Nunca regresó.
Al día siguiente, un equipo de escaladores uzbekos encontró a Francys. Estaba viva pero en un estado catatónico, congelada y apenas capaz de articular palabras. Intentaron ayudarla, pero mover a una persona en ese estado a esa altitud es una tarea sobrehumana.
Sus últimas palabras, dirigidas a un equipo posterior liderado por Ian Woodall, fueron un susurro que aún persigue a quienes la escucharon: “No me dejen aquí… soy estadounidense”.
Woodall y su equipo tuvieron que tomar la decisión más difícil de sus vidas: dejarla para salvarse ellos mismos. El cuerpo de Francys permaneció en la ruta principal durante nueve años, con su traje de escalada púrpura resaltando contra el blanco de la nieve. En 2007, Woodall regresó en una misión especial llamada “El Tao del Everest” para localizar el cuerpo de Francys, cubrirlo con una bandera y moverlo a un lugar fuera de la vista de los escaladores, dándole finalmente la paz que buscaba.
Hannelore Schmatz: La mirada que no se apaga
Si Francys fue la “Bella Durmiente”, Hannelore Schmatz fue la advertencia visual más aterradora del Everest durante décadas. En 1979, Hannelore, una experimentada montañista alemana, se convirtió en la cuarta mujer en el mundo en llegar a la cima. Lo hizo junto a su esposo, Gerhard Schmatz, quien lideraba la expedición.
Tras una exitosa llegada a la cumbre, el descenso se convirtió en una carrera contra el tiempo. Hannelore y su compañero de cordada, el estadounidense Ray Genet, estaban exhaustos.
A pesar de las advertencias de sus sherpas, que les instaban a seguir bajando hasta el Campamento IV, ambos decidieron hacer un vivac (un campamento improvisado) a 8.300 metros. Fue una decisión dictada por el agotamiento extremo, pero fatal en la práctica.
Ray Genet murió de hipotermia durante la noche. Hannelore sobrevivió hasta el amanecer y comenzó a bajar con su sherpa, Sungdare. Sin embargo, a unos pocos cientos de metros de la seguridad, su cuerpo simplemente se detuvo. Sus últimas palabras fueron: “Agua, agua”. Se sentó a descansar, apoyando su espalda contra su mochila, y murió con los ojos abiertos.
Lo que siguió fue un fenómeno macabro. Debido a las condiciones de congelación y los vientos huracanados, el cuerpo de Hannelore no se descompuso ni fue cubierto totalmente por la nieve.
Durante veinte años, permaneció sentada en el Collado Sur, con sus ojos abiertos mirando hacia el abismo y su cabello castaño moviéndose con el viento cada vez que pasaba un escalador. Se convirtió en un punto de referencia trágico conocido como “la mujer alemana”.
En 1984, un inspector de la policía nepalí y un sherpa intentaron recuperar su cuerpo para darle sepultura. La montaña, celosa de sus secretos, respondió con violencia: ambos hombres cayeron al vacío y murieron durante el intento de rescate.
Finalmente, la naturaleza hizo lo que los humanos no pudieron: años más tarde, vientos de fuerza inaudita empujaron el cuerpo de Hannelore por la ladera del Kangshung Face, desapareciéndolo para siempre en las profundidades de la montaña.
Estas historias de Francys y Hannelore no solo hablan de la muerte, sino de la inquebrantable voluntad humana. Representan una era del montañismo donde los límites eran desconocidos y cada paso era un experimento con la propia vida.
En el próximo capítulo, analizaremos cómo la comercialización de la montaña y los nuevos ideales sociales han llevado a otras mujeres a enfrentar destinos similares bajo circunstancias muy diferentes.
Con el paso de las décadas, el Monte Everest dejó de ser un terreno exclusivo para exploradores de élite y se transformó en un objetivo para aquellos que buscaban superar sus propios límites personales o llevar un mensaje al mundo. Sin embargo, la “Zona de la Muerte” no distingue entre un científico, un aventurero o alguien que busca justicia social; el aire es igual de escaso para todos. En este segundo capítulo, analizamos las historias de mujeres que, impulsadas por ideales profundos o la búsqueda del honor nacional, se enfrentaron a una montaña que ya no solo presentaba desafíos físicos, sino también los peligros de la masificación y la presión mediática.
Shriya Shah-Klorfine: El precio de un sueño nacional

Shriya Shah-Klorfine era una mujer que desbordaba entusiasmo. Nacida en Nepal y residente en Canadá, Shriya sentía que su destino estaba ligado a las cumbres del Himalaya. Su objetivo era claro: quería convertirse en la primera mujer canadiense de origen nepalí en alcanzar la cima del Everest.
Para ella, no se trataba solo de una hazaña deportiva, sino de un puente entre sus dos identidades y un mensaje de empoderamiento para las mujeres de su comunidad.
Sin embargo, el entusiasmo a veces puede nublar el juicio necesario en un entorno donde el margen de error es cero. A diferencia de muchos otros escaladores, Shriya no tenía una experiencia extensa en alta montaña. A pesar de esto, su determinación era inquebrantable; ahorró cada centavo y buscó patrocinadores para financiar su expedición en 2012.
El 19 de mayo de 2012, Shriya se encontró en medio de uno de los días más congestionados en la historia de la montaña. Cientos de escaladores intentaban aprovechar una breve ventana de buen tiempo.
Esta saturación creó “cuellos de botella” en lugares críticos como el Escalón de Hillary. Shriya y sus sherpas tardaron casi 19 horas en llegar a la cima, un tiempo excesivamente largo que consumió sus reservas de oxígeno y energía mucho antes de lo previsto.
Sus guías, conscientes del peligro inminente de quedarse sin oxígeno en el descenso, le suplicaron en repetidas ocasiones que regresara antes de tocar la cumbre. Pero Shriya, viendo su sueño a solo unos metros, decidió continuar. Alcanzó la cima y se tomó las fotos de rigor, pero el triunfo fue su sentencia. Durante el descenso, el oxígeno se agotó por completo.
Shriya colapsó por agotamiento extremo y mal de altura a 8.400 metros. Murió esa misma noche, envuelta en las banderas que representaban sus dos hogares. Su cuerpo permaneció en la ruta durante diez días, un recordatorio visual del peligro de ignorar los límites del tiempo y la logística en la montaña más alta del mundo.
Maria Strydom: Una misión más allá del deporte
En 2016, la historia de Maria “Marisa” Strydom capturó la atención de los medios internacionales. Maria, una respetada profesora de finanzas en Australia, no subía al Everest por ego, sino por una convicción ética.
Ella y su esposo, Robert Gropel, eran veganos devotos y querían demostrar que una dieta basada en plantas no era un impedimento para realizar las hazañas físicas más exigentes del planeta. Querían silenciar las críticas y mostrar que su estilo de vida era compatible con la supervivencia en los entornos más hostiles.
La preparación de Maria fue meticulosa. No era una improvisada; junto a Robert, había escalado picos en varios continentes. Sin embargo, el Everest es un ente impredecible. A medida que ascendían hacia la cumbre por la cara sur, Maria comenzó a mostrar signos de debilidad. A pesar de su fortaleza mental, su cuerpo empezó a sucumbir al mal agudo de montaña.
A escasos metros de la cima, Maria tomó la difícil decisión de dar media vuelta, priorizando su vida sobre el objetivo. Pero en el Everest, a veces la decisión correcta llega demasiado tarde. Mientras intentaba descender al Campamento IV, su condición empeoró drásticamente. Sufrió un edema cerebral, una inflamación del cerebro causada por la falta de oxígeno que provoca desorientación, pérdida de control motor y, finalmente, la muerte.
Robert, en un acto de amor desesperado, intentó administrarle medicamentos y arrastrarla hacia una zona más baja donde pudiera ser rescatada. Pero el esfuerzo fue en vano.
Maria murió en los brazos de su esposo a más de 8.000 metros de altura. La tragedia fue doble: Robert no solo perdió a su compañera de vida, sino que él mismo sufrió graves congelaciones y tuvo que ser evacuado, cargando con el peso psicológico de haber sobrevivido mientras su esposa se convertía en parte del paisaje gélido del Himalaya.
El Everest hoy: ¿Un cementerio de ideales?
Las historias de Shriya y Maria reflejan una nueva era en el Everest. Ya no se trata solo de la lucha contra el viento y el frío, sino de cómo la presión social y personal influye en la toma de decisiones críticas.
En un mundo conectado donde cada paso se documenta en redes sociales, el miedo al “fracaso” puede ser más letal que una avalancha.
Estas mujeres no murieron por falta de pasión, sino porque en la “Zona de la Muerte”, el cuerpo humano es un motor que requiere combustible (oxígeno) y tiempo. Cuando uno de esos dos elementos falla, ni la voluntad más fuerte del mundo puede cambiar el desenlace.
Sus muertes provocaron debates globales sobre la seguridad de las expediciones comerciales y si es ético permitir que escaladores con menos experiencia técnica intenten picos de esta magnitud.
En el próximo y último capítulo, exploraremos cómo el Everest sigue cobrando vidas incluso en la era de la tecnología avanzada, y analizaremos las historias de aquellas que se enfrentaron a desastres naturales impredecibles que ninguna preparación pudo evitar.
Llegamos al final de este recorrido por las laderas del Himalaya, un lugar donde la belleza es tan extrema como el peligro. En este tercer capítulo, nos enfocamos en cómo el destino puede truncar incluso los planes mejor trazados y cómo el Everest, en su inmensidad, se convierte en un juez final. A través de las historias de escaladoras que enfrentaron lo inesperado, cerramos esta crónica sobre el valor, la pérdida y el misterio que envuelve a la montaña más alta del mundo.
Fatality en el Khumbu: El destino de Anjali Kulkarni
El año 2019 fue recordado como uno de los más mortíferos en el Everest, no por tormentas catastróficas, sino por la saturación humana. En este contexto, la historia de la escaladora india Anjali Kulkarni sirve como un sombrío recordatorio de que, en la altitud, el tiempo es literalmente vida. Anjali, una mujer experimentada que dirigía junto a su esposo una agencia de senderismo, había entrenado durante años para este momento.
El 22 de mayo, Anjali y su esposo lograron alcanzar la cima. Sin embargo, el descenso se convirtió en una trampa mortal. Un “atasco” humano de más de 200 personas en la cresta de la cumbre obligó a la pareja a esperar durante horas en la Zona de la Muerte.
Para un cuerpo humano que ya ha agotado sus reservas, cada minuto de espera es una gota de vida que se escapa. El oxígeno suplementario comenzó a agotarse mientras estaban atrapados en la fila.
Anjali, incapaz de moverse debido al agotamiento extremo provocado por la espera, colapsó y murió durante el descenso. Su historia indignó al mundo, poniendo el foco en cómo la comercialización excesiva está convirtiendo la cima en una fila mortal donde la paciencia tiene un precio demasiado alto.
La tragedia invisible: El impacto en las familias
A menudo hablamos de los cuerpos que quedan en la montaña, pero pocas veces nos detenemos en el vacío que dejan abajo. Las muertes de mujeres en el Everest tienen una resonancia particular en sus comunidades. En muchos de los casos analizados, como el de Kalpana Das, otra escaladora india que falleció ese mismo fatídico año de 2019, el ascenso representaba un escape de las limitaciones sociales o una búsqueda de libertad.
Kalpana ya había alcanzado la cima anteriormente, pero su pasión por la montaña la hizo regresar. Al igual que Anjali, falleció durante el descenso tras quedar atrapada en el congestionamiento humano. Estas mujeres no solo luchaban contra la falta de oxígeno, sino contra la presión de demostrar que eran capaces de conquistar lo que históricamente fue un terreno dominado por hombres. Su pérdida dejó cicatrices profundas en una generación de jóvenes mujeres en Asia que las veían como heroínas invencibles.
El Everest como santuario y cementerio

Hoy en día, se estima que hay más de 200 cuerpos esparcidos por las diversas rutas del Everest. Muchos de ellos son inalcanzables; otros se han convertido en puntos de referencia.
La pregunta que muchos se hacen es: ¿por qué no se recuperan todos los cuerpos? La respuesta es técnica y desgarradora. A 8.000 metros, un cuerpo congelado puede pesar más de 150 kilos. Moverlo requiere el esfuerzo coordinado de al menos seis a ocho sherpas, quienes ponen sus propias vidas en un riesgo extremo por cada metro que descienden.
Las familias de las mujeres que han perecido en la montaña a menudo enfrentan un dilema moral: arriesgar más vidas para traer los restos a casa o permitir que sus seres queridos descansen en el lugar que tanto amaron. Para muchos, el Everest se ha convertido en un mausoleo natural, un lugar donde el frío preserva no solo los cuerpos, sino los sueños que quedaron interrumpidos en el camino al cielo.
Reflexión final: El llamado de la montaña
Las historias de Francys, Hannelore, Shriya, Maria, Anjali y Kalpana nos enseñan que el Everest es un espejo de la condición humana. Reflejan nuestra audacia, nuestra capacidad de sacrificio y, en ocasiones, nuestra imprudencia.
Pero sobre todo, nos recuerdan que somos frágiles ante la magnitud de la naturaleza.
El Everest no es un trofeo que se gana, es un permiso que la montaña otorga. Quienes caminan por sus laderas hoy lo hacen sobre las huellas de estas mujeres valientes que, por diversas razones, nunca regresaron.
Sus nombres están escritos en los libros de historia, pero sus espíritus permanecen en las ráfagas de viento que azotan la cima, recordando a cada nuevo escalador que la verdadera victoria no es solo llegar arriba, sino tener la sabiduría y la suerte de volver para contarlo.