El salón de bodas estaba lleno de flores blancas y velas titilantes. En un rincón discreto, cerca de la ventana que daba al jardín nocturno, estaban sentados los padrinos de honor: don Ernesto y doña Lucía, un matrimonio de cabello plateado y miradas serenas. A su lado, con el vestido de novia aún prendido de emoción, se encontraba Valeria, la nieta de Lucía, que disfrutaba de estos momentos previos a la ceremonia con el corazón palpitante.
La música suave fluyó en el ambiente: un cuarteto de cuerdas interpretaba una versión lenta de una canción antigua. Las luces crepusculares del atardecer se colaron por los ventanales amplios, proyectando sombras danzantes sobre la pista vacía. Fue entonces cuando Lucía, con una sonrisa que mezclaba ternura y nostalgia, cogió la mano de Valeria y dijo:
—Mi querida niña, antes de que empieces este nuevo capítulo de tu vida, quiero contarte algo: la historia de mi primer amor. Y Ernesto estuvo allí desde el inicio, aunque no lo sabías.
Valeria se volvió, intrigada, mientras los invitados conversaban en susurros a unos metros de distancia. El murmullo alrededor se desvanecía frente a la firmeza de aquel instante. Ernesto, poniéndose su chaqueta con cuidado, apoyó una mano sobre la de Lucía. Sus ojos, cargados de memorias, se encontraron.
Lucía inhaló el perfume tenue del salón —rosas y jazmín— y exhaló lentamente, como si al exhalar liberara una vida entera de recuerdos. Empezó:
—Corría el verano de 1958, en un pequeño pueblo al pie de las montañas. Yo tenía dieciocho años y tú, Ernesto, solo veías en mí a la hija de la maestra del pueblo. Pero algo se agitó en ambos sin que lo entendamos todavía…
Así empezó su relato, y el mundo alrededor pareció hacer una pausa.
Lucía recordó aquel día con viveza. Ella caminaba por la orilla del río, llevada por la curiosidad de explorar los campos donde crecían girasoles dorados. Traía un libro bajo el brazo y una cesta con fruta recién recogida. El sol proyectaba su luz intensa sobre el agua, que brillaba como espejos diminutos.
Ernesto, recién llegado al pueblo para ayudar en la cosecha de su tío, atravesaba el puente de madera con paso firme. Al cruzarse, Lucía tropezó con un ladrillo suelto y casi cayó al suelo: el libro salió volando hacia el cauce. Sin pensarlo, Ernesto saltó hacia adelante, atrapó el libro justo antes de que tocara el agua, y lo alargó hacia ella. Sus manos se rozaron. Fue un roce dulce, breve, pero cargado de electricidad.
—Perdón, perdón —tartamudeó Lucía, con el rostro encendido—. No quise…
—Está bien —respondió él, con voz amable—. No podría dejar que se mojaran tus páginas.
Ella lo miró con asombro: ese joven alto, de ojos melancólicos, cabello castaño despeinado por el viento —él llevaba una camisa clara y pantalones de lona—. Algo en su modo de sonreír la conmovió. Él regresó el libro, ella le dio las gracias, y el agua del río siguió su curso, inconsciente de que aquella conversación leve habría de marcar el resto de sus vidas.
Durante los meses siguientes, se encontraron muchas veces: en los campos de girasoles, en la escuela al anochecer, en la feria del pueblo, bajo el viejo roble del sendero. Lucía descubrió en Ernesto un alma curiosa: él dibujaba bocetos, componía letras sencillas para canciones, soñaba con viajar algún día. Ella le enseñaba poesía y le contaba cuentos que escuchaba de su madre. Se sentaban en el muelle al caer el sol y conversaban hasta que el cielo se volvía carmesí.
Hubo momentos de magia: una vez, bajo una lluvia repentina, corrieron hacia un cobertizo abandonado. Allí, silenciosos, se miraron bajo la lluvia que golpeaba el techo de hojalata. Él apartó un mechón mojado del rostro de Lucía y le susurró:
—Te juro que algún día… te llevaré lejos de aquí.
Ella cerró los ojos y sintió ese latido profundo: no sabía cómo, pero su corazón respondió.
Sin embargo, el destino no era indulgente. El tío de Ernesto enfermó gravemente y él tuvo que quedarse en el pueblo para ayudar en las labores agrícolas y sostener a su familia. Además, la posición social y cautelas tradicionales del lugar imponían miradas admonitorias sobre una muchacha que se enamoraba de alguien “que no tenía futuro asegurado”. La maestra —la madre de Lucía— se enteró de los encuentros y le pidió que fuera prudente, que no soñara demasiado alto.
En un otoño frío, llegó la noticia de que el hermano mayor de Lucía moriría en un accidente laboral en la ciudad, y la familia atravesó la necesidad. Lucía recibió la oferta de un puesto como maestra auxiliar en una ciudad cercana, simbólica ventana de escape. Para aceptar, tendría que irse al cabo de un año, mientras Ernesto aún estaba obligado a quedarse. La separación parecía inminente.
La tensión fue creciendo: noches de silencio, cartas que tardaban en llegar, promesas políticas rotas, temores salados que asomaban en las cartas que no se enviaban. En una tarde de finales de invierno, al regresar del campo, Ernesto encontró a Lucía junto al muelle, con los ojos húmedos.
—Quizás debamos detener esto —dijo él con voz baja—, para que no suframos más.
Ella lo miró, con las manos temblorosas:
—No me pidas eso. Prefiero sufrir contigo que vivir sin ti.
Las lágrimas resbalaron. Fue el momento más oscuro: parecía que el amor se disolvía entre la distancia, el deber y los sacrificios.
El día antes de su partida, Lucía fue hasta la huerta donde se refundaban los girasoles marchitos por el invierno. Allí encontró a Ernesto esperándola, con un viejo baúl y una carta en la mano. El viento helado agitaba los tallos secos. Ninguno hablaba al principio.
—He visto una oportunidad —dijo él—. En la ciudad he hecho amigos que podrían ayudarme a conseguir trabajo si me muevo pronto. No quiero que te vayas sola. Quiero ir contigo.
Ella lo miró con sorpresa y esperanza. Él suspiró, luego abrió la carta: era una carta de recomendación, con firmas de personas que habían visto sus dibujos y letras, interesados en que él presente su talento en la ciudad.
—Podríamos partir mañana, si aceptas —propuso—. No sé cómo resultará, pero prefiero arriesgarme contigo.
Lucía, abrumada por la fuerza del momento, soltó una risa que mezclaba incredulidad y alegría. Cerró los ojos y lo abrazó con fuerza. En ese abrazo sintieron que el mundo se detenía: el viento cesó, los girasoles se recogieron, el cielo se encendió con el rojo último del atardecer. Fue el punto de inflexión: decidieron huir juntos hacia un sueño compartido.
Al amanecer, una carreta los esperaría para llevarlos hacia la estación del tren. Pidieron prestado el baúl y tomaron su primer paso hacia el futuro incierto, tomados de la mano.
Lucía cerró su narración con la vista puesta en el rostro de Valeria, cuyos ojos estaban brillantes.
—Sabes —dijo Lucía con voz entrecortada—, aquella decisión nos cambió la vida. En la ciudad, aprendimos juntos, trabajamos duro, construimos nuestra vida poco a poco. No fue fácil: noches sin luz, trabajos múltiples, enfermedades pequeñas. Pero estábamos juntos. Y ese lazo creado en nuestra juventud me sostuvo para toda la vida.
Ernesto, que había estado en silencio, alzó su voz con ternura:
—Cada mañana, cuando me despertaba y veía tu rostro, sabía que valía la pena. En las alegrías y las penas, fuiste siempre mi compañera. Y aquí estamos, más de sesenta años después, contigo en tu día más hermoso.
Valeria, emocionada, apoyó la cabeza contra el hombro de su abuela. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. A su alrededor, la música se elevaba y los invitados guardaban silencio como si escucharan aquella historia antigua proyectada en el aire.
Lucía tomó un pañuelo blanco —el mismo que había conservado desde su boda con Ernesto— y se lo entregó a Valeria:
—Este pañuelo me lo tejió tu bisabuela. Llévalo contigo, y cada vez que lo mires, recuerda que el amor verdadero exige coraje, paciencia y fe.
Entonces Lucía se puso de pie, apoyada en el brazo de Ernesto, y caminó hacia el centro del salón. Invitó a Valeria y al futuro esposo a unirse. Los cuatro se tomaron de las manos, y Lucía pronunció:
—Hoy empieza tu propia historia. Que el viento sople suave y firme a tu favor, corazón joven.
Y en ese instante, los invitados se incorporaron, rompieron en aplausos y lágrimas. Valeria sintió que el legado de sus abuelos era una antorcha que se encendía en ella. En medio del bullicio, Ernesto y Lucía se miraron con complicidad: su historia había servido de puente entre generaciones.
Cuando la música subió de tono, la pareja de novios volteó a mirar atrás: vieron a los ancianos, sonriendo con satisfacción, orgullosos de compartir aquel legado. Valeria se acercó y los abrazó con fervor:
—Gracias por contarme esta historia. Prometo honrar cada palabra.
Las velas titilaron, el cuarteto tocó su crescendo, y la luz se tornó cálida y envolvente. Fue un final cargado de emoción: los latidos del pasado eran el pulso que alimentaba el presente. Y mientras los ancianos regresaban al asiento, sabían que habían cumplido su misión: entregar a la nieta un relato de esperanza, amor y valentía, para que ella, en su propia vida, pudiera escribir su propio capítulo con el eco de aquel primer amor.
FIN