La confianza es el pilar de cualquier matrimonio, y cuando se rompe, la caída puede ser devastadora. Sin embargo, hay traiciones que trascienden la infidelidad y se adentran en el territorio del horror psicológico y la manipulación. Para una mujer, el descubrimiento de que su esposo, el hombre con el que compartía su vida, era una amenaza silenciosa, se produjo con una claridad escalofriante una madrugada, mientras ella fingía estar sumida en un sueño inducido. La verdad que se reveló en la oscuridad de su dormitorio no solo rompió su matrimonio, sino que puso en peligro su vida.
La protagonista de esta historia, a la que llamaremos Ana, había notado algo inquietante durante tres semanas: el sueño excesivamente profundo, casi comatoso, que experimentaba cada noche que su esposo, Derick, estaba en casa. Era un estado de inconsciencia que no era natural. La sospecha, esa voz fría y lógica que a menudo ignoramos, se hizo demasiado fuerte para acallarla. Ana comenzó a sospechar de su ritual nocturno de té de manzanilla.
La noche que decidió enfrentar su miedo, Ana tomó medidas. En lugar de beber la infusión que Derick le ofrecía diligentemente, la vertió discretamente en el fregadero. Luego, se acostó y fingió estar dormida, manteniendo una respiración constante y regular, mientras su corazón latía en su pecho como un pájaro enjaulado.
Tres horas después de fingir el sueño, a las 2:17 de la madrugada, su actuación rindió un fruto amargo.
A través de la rendija más estrecha de sus párpados semicerrados, Ana vio a Derick entrar a hurtadillas en su dormitorio. Lo primero que notó fue el detalle escalofriante de que llevaba guantes médicos. Este simple accesorio transformó a su esposo, el hombre al que amaba, en una figura fría y clínica, como un médico forense o un investigador en la escena de un crimen.
El primer acto de Derick fue dirigirse a la cómoda, donde Ana vio el pequeño y revelador brillo rojo de una luz de grabación: había una cámara de vídeo instalada, apuntando directamente hacia la cama.
Lo que hizo a continuación le erizó la piel. Derick tomó unas tijeras y, con una precisión meticulosa y silenciosa, cortó un pequeño trozo de tela del dobladillo de la parte inferior de su pijama. Este fragmento diminuto fue guardado cuidadosamente en una bolsa de plástico transparente, etiquetada como “evidencia”. En ese momento, Ana comprendió que estaba siendo objeto de una investigación retorcida o un plan siniestro.
Luego vino la parte más inquietante. Derick se acercó a la cama y comenzó a “escenificar” la escena. Levantó suavemente su brazo, giró su cabeza sobre la almohada y ajustó su posición corporal con una escalofriante frialdad. Clac. Flash. Clac. Tomó una fotografía después de cada ajuste.
Ana tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para permanecer flácida y “dormida” mientras era manipulada. Se dio cuenta, con una náusea profunda, de que ya no era su esposa. En ese momento, era un “espécimen”, un objeto en un proyecto enfermo.
De repente, el teléfono de Derick se iluminó. Leyó un mensaje de texto y, en un acto que confirmó las peores sospechas de Ana, mostró la pantalla del teléfono a la cámara de grabación, como si estuviera dando un informe a un supervisor. Derick no estaba solo. Había alguien más dándole instrucciones.
Alrededor de las 3:00 de la mañana, Derick susurró una escalofriante despedida, que sonó a burla más que a afecto: “Dulces sueños, Ana.” Luego, salió de la casa con su bolso.
En el instante en que la puerta se cerró, Ana se arrastró fuera de la cama y sacó el portátil secreto de Derick de su escondite. La contraseña era el aniversario de la pareja, un detalle que ahora parecía una cruel ironía. El portátil se encendió.
Su estómago dio un vuelco al ver la pantalla. Cientos de carpetas estaban organizadas por fecha, retrocediendo ocho meses. Contenían miles de fotografías y grabaciones de Ana dormida o en poses de “escenificación” similares a la de esa noche. Estaba documentando su sueño, su ropa y sus movimientos con una obsesión enfermiza.
Pero el verdadero terror se apoderó de Ana cuando hizo clic en los archivos más antiguos.
Encontró carpetas fechadas mucho antes de que ella se mudara a la casa, y aún más atrás en el tiempo. El contenido era idéntico: fotos de otras mujeres, todas en la misma cama, todas durmiendo, todas con muestras de tela de sus pijamas. Algunas de las mujeres estaban en poses más comprometedoras o incluso en situaciones que sugerían algo peor que la simple fotografía.
Ana se dio cuenta de la horrible verdad: ella no era la primera. Derick no era simplemente un esposo paranoico; era un depredador con un patrón de comportamiento que se extendía en el tiempo. La cámara, los sedantes en el té y las muestras de tela no eran preparativos para un divorcio o un seguro de vida. Eran el meticuloso proceso de documentación de un proyecto oscuro y en curso. Ella era el “sujeto actual”.
El pánico se apoderó de ella, pero se mezcló con la necesidad urgente de actuar. En lugar de gritar o entrar en pánico, Ana supo que tenía que asegurar las pruebas y desaparecer antes de que Derick regresara. La verdad, oculta bajo la fachada de un matrimonio normal, era que estaba viviendo con un peligroso psicópata. En un instante, Ana copió los archivos a una unidad de almacenamiento externa, cerró el portátil y se preparó para huir, sabiendo que su vida pendía de un hilo y que la policía era su única esperanza.