
El aire. Pesado. Húmedo. Era 1975.
La canoa se deslizó. Silencio. Solo el chapoteo mínimo. El Acre-Javari era un músculo verde y espeso, respirando. Victor Almeida, 38 años, sintió el agua oscura bajo la palma. Un río desconocido. La gloria.
A su lado, Lars Nstrom, 41, el sueco, escribía. Lápiz grafito. Letras firmes en el registro de a bordo. La entrada 78. Aguas calmadas. Promesa de tierras vírgenes. El corazón late más rápido.
Todo era perfecto. Demasiado.
I. El Fin de la Línea Recta
El sol era una mancha blanca a través del dosel. Una cúpula de esmeralda. Inquebrantable. Llevaban semanas. Victor remaba con ritmo, una máquina de músculos y conocimiento amazónico. Lars consultaba un mapa. Un dibujo mental más que un papel.
De pronto. Una curva. No prevista.
El río madre se abría. Un afluente delgado, casi oculto por la vegetación colgante. No estaba en sus cartas. Misterio. La curiosidad quemó, un fósforo encendido. Lars señaló. Ojos brillantes.
—Victor. Mira. Una vena nueva.
Victor detuvo el remo. El silencio era absoluto. No el silencio de la selva. El silencio de la ausencia.
—Demasiado estrecho, Lars. Y la corriente…
—Es exactamente lo que vinimos a buscar.
La palabra Descubrimiento era un veneno dulce. Lars tomó su cámara. Victor sintió una punzada, un frío ajeno a la humedad. Algo no cuadraba. La línea del horizonte verde, rota de una forma que no entendía.
Aceptó. Su error.
Giraron la proa. Entraron. La canoa rasgó la cortina de lianas.
II. El Muro Verde se Cierra
El nuevo río era una garganta. Estrecho. Rápido. El verde se hizo negro. La luz, un recuerdo.
El aire se enrareció. El ritmo cardíaco de Victor se aceleró. No por el esfuerzo. Por el miedo instintivo. Lars, el científico, solo veía datos. Victor, el hombre del río, sentía el aliento de la tierra.
Pasaron un día. El registro de a bordo se detuvo. Lápiz en medio de una palabra. Observamos… Nada más.
Esa noche. El campamento. Fuego pequeño. Mantenimiento. Nada de hablar. Solo el sonido de la selva. O eso pensaban.
Victor sintió la presencia. No ruidos. No pisadas. Una observación densa. Un peso. Como si el aire se hubiera solidificado.
Levantó la cabeza. Miró a la oscuridad más allá del fuego. Sus ojos, entrenados para la noche, no vieron nada. Pero lo sintió.
Lars estaba arreglando el viejo reloj. Desinteresado. Victor tragó. La garganta seca.
—Lars.
—Mmm.
—No estamos solos.
Lars levantó la mirada. Lentes gruesas. Una sonrisa tensa.
—Nunca lo estamos, Victor. Es la Amazonía.
—No. Esto es distinto. Cerca. Mirando.
Victor se levantó. Tomó su machete. Lo sintió frío. Su única arma no era suficiente. Dio un paso hacia la pared de follaje.
Se detuvo.
Vio el árbol. Un tronco centenario. En él, a la altura de su cabeza, una marca fresca. Un corte limpio. Demasiado alto para un animal. Demasiado preciso para el azar.
Era una advertencia. No una señal.
Regresó al fuego. El rostro ceniciento. Se sentó pesadamente. La adrenalina pulsaba.
—Han marcado el camino, Lars.
Lars dejó el reloj. El explorador se rindió al hombre. Vio el miedo en Victor.
—¿Qué hacemos?
—Mañana. Al amanecer. Volver. Rápido.
Dormir fue una broma cruel. Cada sombra, un atacante. Cada rama rota, una flecha.
III. El Amanecer del Encuentro
La mañana llegó. Gris. Pesada. La humedad era asfixiante. Empacaron rápido. Sin desayunar. La prisa era una necesidad, no una elección.
Moviendo la canoa hacia el río estrecho. El bote se atascó. Arena. Victor empujó con el cuerpo.
En ese instante. Lo vieron.
No en la oscuridad. A plena luz. En la orilla opuesta. Detrás de una cortina de hojas anchas. Eran cuatro. Cuerpos delgados, oscuros. Arcos tensos. Plumas en el pelo. Ojos sin expresión.
Victor se congeló. El agua hasta las rodillas.
—Quiet. Susurró Lars. Inglés. Por la tensión.
Victor levantó las manos lentamente. Hizo un gesto. Lento. De paz. De retirada. De súplica.
El aire se hizo denso. El tiempo se detuvo. Victor solo veía los ojos. Ojos ancestrales. Ojos que no conocían la duda. Ojos que habían visto la ambición de otros hombres, y la habían castigado.
Uno de ellos, el más alto, dio un paso. Abrió la boca. Una palabra gutural. Un sonido de la tierra. Un mandamiento. No entendieron. No importaba. El mensaje era: No hay paso.
Lars, el documentalista, el hombre de la ciencia, hizo lo impensable. El reflejo. No el juicio.
Bajó la mano izquierda. Lentamente. Buscó la cámara que colgaba de su cuello.
ERROR. Catastrófico.
Para Victor, fue una eternidad. Para ellos, fue un acto de agresión. Un arma. Una amenaza. La ruptura del silencio.
El aire se desgarró.
Victor no vio la flecha. Solo sintió el impacto. Un golpe seco. El dolor, agudo, como un alambre de fuego. En el costado. Cayó. El agua oscura se agitó. Escuchó un grito ahogado. De Lars. Un sonido corto. Final.
Victor luchó por levantarse. El dolor nublaba su vista.
La canoa se alejaba. Flotando. Lars no estaba en ella. Solo el registro, el remo, la esperanza rota.
La fuerza lo abandonó. Cayó de rodillas. Miró la orilla. Los cuatro hombres se habían ido. Silencio de nuevo. El sonido de su propia respiración irregular era lo único que quedaba.
Se arrastró hasta la orilla. La flecha sobresalía. Una obra de arte macabra. Plumas de un pájaro que nunca había visto.
Victor se quitó la camisa. Presionó la herida. Sangre caliente. Vida escapando.
Supo. En ese momento.
No iban a buscar provisiones. No iban a esperar ayuda. Iban a desaparecer. Su incursión había roto la ley de la selva. La ley no escrita.
IV. La Marcha del Fantasma
Los días siguientes fueron una niebla de fiebre y voluntad. Se movió. Lento. Doloroso. Se arrastró río abajo. Buscando la canoa. Buscando el regreso.
El dolor era una presencia constante. Un compañero. Victor ya no era Victor. Era una herida que caminaba.
Encontró un caché de suministros. Enterrado meses antes. Pala. Comida seca. Medicinas. No los tocó. El instinto le gritó. Si volvían y veían el caché abierto, sabrían que había un superviviente. Sabrían. Y vendrían.
Tenía que desaparecer por completo. Tenía que ser nada.
La selva, su hogar, se había convertido en su cárcel.
Al cuarto día, el río se ensanchó de nuevo. La luz regresó. La canoa de Lars y él. A la deriva. Vacía. Mojada.
Se dejó caer en el barro. Miró el bote. Lars no estaba. Señales nulas. El Amazonas había borrado el rastro en minutos.
Victor entendió la potencia. La ferocidad. El derecho. Ellos habían defendido su frontera. Invisible. Sagrada.
Tocó su herida. Estaba infectada. Su mente se iba. Sabía que no iba a llegar muy lejos.
Un último acto. Se arrastró hasta la canoa. Tomó el registro de a bordo. La entrada 78. La última letra. La palabra inconclusa.
La arrancó. Una página en blanco. Victor Almeida tenía que ser una página en blanco. Un misterio. Para que ellos siguieran en paz.
Arrojó el registro al río. Dejando que la corriente lo llevara. Lejos. Flotando como un fantasma.
Entonces, se levantó. El dolor. La fiebre. Dio la espalda al río. Se adentró en la selva. Hacia el lugar equivocado. Hacia la espesura.
No buscaba sobrevivir. Buscaba su propio silencio.
Un explorador que conocía la selva. Un hombre que se sacrificaba por un secreto que ya no era suyo. La redención no era volver. Era callar.
El verde lo envolvió. Silencio. Solo una flecha solitaria en un costado. La prueba de una ley antigua. La última lección de la Amazonía.
Victor Almeida desapareció. Absorción total. El rastro se enfrió antes de que el sol se pusiera. El Amazonas, inmenso, cerró su boca. El misterio se hizo leyenda. Un precio pagado por el límite de la curiosidad humana.