
En mayo de 2013, el senderista experimentado de treinta años, Mark Blake, se adentró en el Yosemite National Park (California) con intención de hacer un recorrido de tres días por la estribación este de la cadena de montañas Clark, regresando a través de la garganta de Lee Vining. Todo parecía según lo planeado: llegada temprana al parque, registro en el centro de visitantes, equipo completo y una curiosidad anotada al margen de un viejo mapa.
Lo que en un principio se tomó como una aventura personal terminó, cuatro años más tarde, en un caso que puso al descubierto una red de cultivo y crimen en uno de los parques nacionales más icónicos de los EE.UU.
La salida y el viejo mapa
Mark Blake llegó al parque a primera hora de la mañana. Su recorrido se había registrado oficialmente; al pasar por el control de entrada del parque alrededor de las 7 a. m., él descartó cualquier novedad: arnés, botellas de agua, brújula, cámara, satélite. En el centro de visitantes, la guardabosques Maria Hernandez lo describió como seguro de sí, conocedor del terreno, con equipo completo. Además, preguntó insistentemente por rutas antiguas no señalizadas en los mapas modernos, incluso mencionó túneles en la zona de la Clark Range.
Semanas antes había comprado en una librería de segunda mano un mapa de Yosemite de finales de los años setenta. Al margen, con letra desconocida, una anotación: “The true heart of the park, SL, 1978” junto a unas coordenadas que no correspondían a rutas turísticas conocidas. Antes de partir, lo enseñó a su novia, Sophie: “Solo quiero ver un lugar donde quizá hace cien años alguien dejó una señal”, le dijo. Ella, preocupada: “Promételo, no te adentres tú solo más allá”.
La última comunicación y la desaparición
El 17 de mayo, alrededor de las 9:00 a. m., Blake envió un mensaje vía dispositivo satelital a Sophie:
“El sol se está levantando. Estoy en la cresta ahora. La vista es increíble. Encontré el sendero que aparecía en el mapa. Es real y conduce más al interior de Lee Vining Gorge. Todo está bien. Hoy quizá quede sin cobertura. Estaré de vuelta mañana como prometí. Te quiero.”
Las coordenadas registradas ubicaban su posición a casi dos millas del sendero oficial más cercano, en una zona considerada difícil incluso para escaladores expertos: pendientes rocosas, fisuras profundas, suelos inestables. Tras ese contacto, no hubo más señales. La ruta debía concluir el 19 de mayo por la tarde a las 6 p.m.; al no aparecer, Sophie lo reportó como desaparecido.
El rescate y el campamento intacto
La operación arrancó el 19 de mayo: guardabosques, voluntarios, equipos de perros y hasta un helicóptero con cámara térmica se unieron a la búsqueda. Al quinto día se desplegó el helicóptero, pero los “puntos de calor” resultaron ser animales.
El octavo día hallaron un campamento a más de 9 000 pies de altitud, sobre Lee Vining Gorge. En apariencia intacto: una tienda correctamente montada, saco de dormir, mochila, comida, botiquín, brújula, agua — todo en su lugar, sin señales de lucha ni pánico. Las botas estaban alineadas a la entrada de la tienda, el mug de aluminio con restos de café, el dispositivo satelital encendido con batería casi llena y el último mensaje registrado. Nada más.
Sin huellas, sin arrastres, sin señales de incendio o alteración del terreno. Aunque se consideró que el viento podría haber borrado rastros, los meteorólogos confirmaron que la jornada había sido tranquila ese día. Ante el silencio del entorno, la jefa de guardabosques Hernández escribió:
“El campamento no parecía abandonado, sino dejado atrás, como si su dueño supiera que no volvería”.
El hallazgo del cuerpo y el giro del caso
El caso parecía destinado al cajón de los desaparecidos hasta septiembre de 2017. Fue entonces cuando, durante una escalada en una ruta remota llamada Silver Ridge, tres escaladores descubrieron un cuerpo semienterrado entre dos paredes graníticas. Semblante, postura, ropa: todo correspondía a Mark Blake. Pero el detalle que heló a los investigadores fue el mapa clavado a su pecho: una edición de finales de los años setenta con una línea negra recientemente trazada que partía desde el lugar del hallazgo hasta una zona sin nombre oficial: la denominada “Wild Pool of Paradise”.
El cuerpo parecía haber sido depositado con cuidado: sin arrastre, sin lucha, sin huellas. Las condiciones del aire (frío, seco) habían enlentecido la descomposición. El mapa, un mensaje silencioso, indicaba una ruta hacia lo que resultó ser un campamento ilegal de cultivo de marihuana.
Una plantación abandonada, pistas clave
La investigación a cargo del detective Liam Walsh condujo al descubrimiento de restos de cultivo en la zona indicada por el mapa: tuberías de riego, latas de fertilizante, casquillos de rifle calibre 38, y un recibo carbonizado de una gasolinera de Fresno de junio de 2015 con parte de un número de tarjeta. Esa precisión reveló que Blake había tropezado accidentalmente con una operación clandestina y había sido eliminado como testigo.
El detective Walsh encontró conexiones con un hombre de Fresno, Jake Torrance, quien admitió haber sido contratado en 2015 para instalar generadores y sistemas de iluminación en un “campamento científico”. Sin embargo, el hombre describió al autor real como Greg Miller, un sujeto con antecedentes en cultivo ilegal de marihuana y contactos con drogas.
Miller, a su vez, señaló como responsable final a Luke Sims, el cerebro de la operación: prudente, protegido, con red de intermediarios, trabajo en efectivo, y manejo de criptomonedas para lavado de dinero.
Un crimen que revela más que una desaparición
Lo que parecía una desaparición más en un parque nacional se transformó en una trama de crimen organizado escondida entre bosques, arroyos y formaciones rocosas. Las montañas de Yosemite habían sido escenario de explotación ilegal, y Blake pagó con su vida por haber ido un poco más allá.
El detector Walsh escribió en su informe:
“El lugar no fue abandonado por azar. Las personas que trabajaron aquí sabían cuándo debían irse. No huyeron. Se escondieron.”
Justicia parcial y heridas abiertas
Con el arresto de Sims y Miller, el caso se cerró oficialmente. Pero la victoria es agridulce para la familia de Blake. Su novia, Sophie Brener, recibió los informes y documentos en la puerta de su casa, preguntando si él “sufrió”. El detective no respondió. La muerte había sido instantánea por trauma craneal, según el informe, pero eso no trae consuelo.
Y en lo profundo de esos acantilados, una pregunta quedó flotando: ¿qué tan lejos puede llegar un humano para sobrevivir? ¿Y puede un solo acto de justicia borrar años de silencio, corrupción y crímenes escondidos?
Reflexión final
La naturaleza es vasta, imprevisible, hermosa. Pero también puede ser cómplice del silencio. En la ruta que Blake quería seguir, no había sólo rocas y viento: había poderosas redes que usaban los bosques como escondite. Su muerte no fue accidente. Fue advertencia.
Ahora, cada vez que alguien camina por esas rutas desconocidas, cada vez que se adentra en lo inexplorado, debe saber: a veces el mapa no sólo muestra lugares por descubrir, sino secretos que alguien quiso dejar enterrados.
Y en ese sentido, Mark Blake no desapareció por casualidad. Fue silenciado.
Y el viejo mapa clavado a su pecho es, quizás, el mensaje más poderoso de todos: “Aquí puede ocurrir algo que nadie contó hasta ahora”.