
Seis años después de que “Los Tres de Zacatecas” se esfumaran en la sierra, un cacique moribundo rompió el pacto de silencio. No fue el narco. Fue algo más antiguo.
La muerte en México suele oler a pólvora y mezcal, pero en la habitación 304 del Hospital General de Fresnillo, olía a orina vieja y miedo.
Don Eladio “El Tigre” Montero, el hombre que había tenido a medio ejido bajo su bota durante cuarenta años, se estaba ahogando en sus propios fluidos. Cáncer de pulmón. El diablo venía a cobrar.
La enfermera, una mujer joven llamada Rocío, le ajustaba el suero. Eladio la agarró de la muñeca. Su mano era una garra de hueso y piel manchada, pero conservaba una fuerza de otro mundo.
—No se los llevaron los malitos… —graznó Eladio. Su voz sonaba como piedras triturándose.
Rocío se congeló. Todo el estado conocía la historia. “Los Tres”.
—¿Qué dice, Don Eladio?
El viejo sonrió. Una sonrisa chimuela y oscura que heló la sangre de la muchacha.
—Dijeron que fue el cártel. Que se los tragó la tierra… —tosió, escupiendo flema negra—. Fui yo. Los cazé como venados. Están en el pozo seco.
Rocío soltó la bandeja. El estruendo metálico resonó como un disparo, pero el verdadero impacto fue la confesión. Seis años de marchas, seis años de madres escarbando la tierra con las uñas bajo el sol del desierto, y la respuesta había estado pudriéndose en una cama de hospital.
Septiembre de 2017. Sierra de Órganos, Zacatecas.
El sol caía a plomo sobre las formaciones rocosas. Era ese calor seco del norte que te parte los labios y te nubla el juicio.
Lalo, Beto y Javi tenían dieciocho años. Estudiantes de agronomía, soñadores, imprudentes. Iban en busca de una ruta virgen para escalar, lejos de los senderos turísticos, lejos de la seguridad.
—Güey, ya bájale al miedo —dijo Lalo, ajustándose la gorra de los Saraperos—. El GPS dice que cortamos camino por aquí.
—Esto es propiedad privada, cabrón. Mira el alambre —Beto señaló la cerca oxidada que corría como una cicatriz por el matorral.
—Es puro monte. Aquí no vive nadie —rió Javi, saltando el alambre con la agilidad de la juventud.
Se equivocaban. El monte tiene ojos.
Caminaron dos kilómetros dentro del terreno prohibido. El paisaje era hermoso y brutal. Cactus gigantes, polvo rojo, silencio absoluto. Demasiado silencio. Ni chicharras, ni viento.
Entonces, el chasquido.
No fue un rifle de asalto R-15, el arma favorita del crimen organizado. Fue el trueno seco de una escopeta de caza de doble cañón. Vieja escuela.
Los tres se giraron. Parado sobre una loma, con el sombrero calado hasta los ojos y unas botas de piel de víbora, estaba Eladio Montero. No parecía un narco. Parecía un espectro del México antiguo, ese México bronco y violento que nunca terminó de morir.
—¿Quién les dio permiso de pisar mi tierra? —su voz retumbó en el cañón.
—Señor, disculpe, solo estamos pasando… somos estudiantes… —Javi levantó las manos, mostrando las palmas vacías. Su voz tembló.
—Aquí no hay paso. Aquí hay plomo.
Eladio no esperó. No hubo negociación. Solo el instinto territorial de un animal rabioso. El primer disparo le dio a Lalo en el pecho. El chico cayó hacia atrás, levantando una nube de polvo rojo que se tiñó de carmesí al instante.
El mundo se rompió en gritos y ecos.
2021. La Fosa Falsa.
En México, la esperanza es una tortura lenta.
Cuatro años después de la desaparición, un grupo de senderistas encontró algo en una cueva cerca del límite con Durango. No eran cuerpos. Era ropa.
Tres mudas completas. Jeans, camisetas universitarias, tenis Converse. Todo doblado. Perfectamente apilado sobre una roca plana, como si fuera un altar macabro.
La prensa nacional enloqueció. “¿Ritual satánico?”, “¿Mensaje del Cártel?”.
El Comandante Salinas, un hombre con más cicatrices que condecoraciones, miró la escena con asco. Nada cuadraba.
—Esto es teatro —masculló, encendiendo un cigarro barato—. Los narcos no doblan la ropa. Los narcos queman o disuelven. Esto… esto es personal. Alguien se está burlando de nosotros.
Las madres de los chicos llegaron al lugar. El llanto de la señora Carmen, madre de Beto, al reconocer la camiseta de su hijo, se escuchó en todos los noticieros del país. Fue un aullido que rompió el alma de la nación.
Pero no había cuerpos. Solo la crueldad de una pista falsa diseñada para alargar la agonía.
2023. La Excavación.
La confesión de Eladio Montero llegó dos días antes de que el cáncer le apagara las luces para siempre. El fiscal no perdió tiempo.
La caravana de camionetas de la Fiscalía, Guardia Nacional y el colectivo de “Madres Buscadoras” llegó al Rancho La Víbora al amanecer. El lugar era un páramo desolado. La casa principal se caía a pedazos.
Pero el objetivo era el patio trasero. Un pozo artesanal, cegado con piedras y basura años atrás.
—Traigan la retroexcavadora —ordenó Salinas.
El ruido del motor diésel rompió la paz de la mañana. La garra de metal comenzó a morder la tierra.
Primeros dos metros: Basura doméstica. Botellas de tequila vacías, latas oxidadas. Cuatro metros: Neumáticos viejos, madera podrida. Seis metros: El olor cambió.
La tierra se volvió negra, pastosa. Salinas ordenó detener la máquina.
—¡A pico y pala! —gritó—. ¡Con cuidado, carajo!
Los peritos bajaron. El silencio en la superficie era sepulcral. Las madres se abrazaban tras la cinta amarilla, rosarios en mano, murmurando oraciones a la Virgen de Guadalupe.
—¡Comandante! —el grito desde el fondo del pozo heló el aire.
Salinas se asomó. La luz de la linterna iluminó lo que México lleva viendo demasiado tiempo, pero que nunca deja de doler.
Huesos.
Estaban entrelazados. Tres cráneos. Tres vidas arrojadas al fondo de un agujero como si fueran desperdicio, cubiertas por toneladas de la basura de un viejo amargado. No había gloria en su muerte, ni conspiración internacional. Solo la maldad pura y dura de un cacique que creía que la vida valía menos que su zacate.
Salinas se quitó la gorra. Sintió una rabia caliente subirle por la garganta.
—Son ellos —dijo, sin mirar a las familias—. Avísenle a las señoras. Ya pueden dejar de buscar.
El Matadero
Mientras sacaban los restos, otro equipo revisó una bodega de herramientas. Allí encontraron el verdadero horror.
Cadenas empotradas en la pared. Manchas oscuras en el concreto que ni el tiempo ni la cal habían podido borrar. Y en un rincón, una libreta de contabilidad vieja.
Entre las cuentas de venta de ganado, Eladio había escrito notas con caligrafía temblorosa:
14 de Septiembre: Tres coyotes en el terreno. Tuve que limpiar. 15 de Septiembre: Chillan mucho. El pozo tiene hambre.
No eran coyotes. Eran niños.
Eladio Montero no solo los mató. Los tuvo ahí. Jugó a ser Dios en su pequeño infierno de cuatro paredes antes de desecharlos. Había plantado la ropa en la cueva años después, solo para sentir el poder de ver a la gente correr en círculos.
Epílogo: Las Cruces en el Cerro
El funeral fue en la plaza principal del pueblo. Tres ataúdes blancos. Todo el pueblo salió. No cabía un alma.
Hubo música de banda, triste y solemne. Hubo gritos de “¡Justicia!” que rebotaron en la fachada del Palacio Municipal. Pero Eladio ya estaba muerto, y no hay justicia que alcance a los muertos.
Días después, el Rancho La Víbora fue incautado. La gente del pueblo, harta, no esperó al gobierno. Fueron con marros y gasolina.
Quemaron la casa. Derribaron los muros. Llenaron el pozo con concreto hasta el borde.
Hoy, si pasas por ese camino de terracería en la Sierra de Zacatecas, verás un terreno baldío donde la hierba crece salvaje. En el centro, hay tres cruces de hierro pintadas de azul, rodeadas de flores de cempasúchil que nunca se marchitan.
El Comandante Salinas pasa por ahí a veces. Baja la ventana de su patrulla, escupe al suelo y se persigna.
El caso está cerrado. Pero en las noches, cuando el viento baja de la sierra y aúlla entre los huizaches, los locales dicen que no es el viento. Dicen que es la tierra misma, pidiendo perdón por guardar secretos que nunca debió tragar.
La lección quedó grabada en la memoria del norte: El diablo no siempre trae “cuerno de chivo” y camioneta blindada. A veces, es solo un viejo con un pozo en el patio trasero.