“Llama a la Policía”: Llevé a mi Esposa al Hospital por Dolores, y el Doctor Me Reveló un Secreto que Puso Nuestra Vida en Peligro

 El Hospital Sant Pau de Barcelona, un monumento histórico donde la arquitectura modernista se mezcla con la urgencia moderna, fue el escenario de una tarde que comenzó con una simple visita médica y terminó en una pesadilla de intriga y miedo. Mi esposa, a quien llamaremos aquí Marta, había estado experimentando mareos persistentes y un molesto dolor lumbar, síntomas que sugerían una dolencia común, quizás agotamiento o una infección menor. Decidimos acudir a urgencias para un simple análisis de orina. Jamás imaginé que en medio de la rutina de un antiguo hospital, una frase susurrada por un médico iba a congelar mi sangre y a desvelar un peligro que nos acechaba desde cerca.

Yo estaba en la sala de espera, rodeado por el murmullo habitual de pacientes, la prisa de las enfermeras y las voces en catalán que se mezclaban en el pasillo iluminado con luces frías. Marta acababa de entrar al laboratorio para el análisis de orina, una acción tan trivial que no presagiaba nada. Fue entonces cuando un médico, que acababa de salir de la zona de emergencias, se acercó a mí.

Apenas había cerrado la puerta cuando se inclinó. Su aliento era apresurado, y sus ojos se movían con una ansiedad que no correspondía al tranquilo ritmo del hospital. Su voz era un hilo tenso y decisivo.

—Llama a la policía. Ahora.

Durante un instante, el ruido del hospital pareció amortiguarse. Pensé que había entendido mal. La incongruencia era total: un médico, en un entorno de salud, pidiéndome que contactara a la policía.

—¿Perdón? —alcancé a articular, la garganta cerrada por la confusión.

El médico negó con la cabeza, sin dejar de mirar a su alrededor con evidente nerviosismo.

—No aquí. Sal afuera, al pasillo. Que nadie te escuche.

Lo seguí con la mirada mientras se alejaba para interactuar con otra enfermera. Mi mente era un torbellino. ¿Por qué la policía? Marta solo había ido a hacerse un análisis. No había nada en sus síntomas, o en nuestra vida, que sugiriera una emergencia grave o una necesidad de intervención criminal.

Intenté acercarme al laboratorio, pero una técnica me bloqueó el paso con un gesto rápido: “Solo pacientes”, dijo, sin levantar la vista.

Volví al pasillo principal. Las luces blancas del hospital Sant Pau, que normalmente prometen curación, parecían de repente más frías y ominosas, iluminando un escenario desconocido y peligroso. Saqué mi móvil, pero no me atreví a marcar. ¿Qué iba a decir? ¿Que un médico que no se había identificado me había susurrado que alertara a la policía sin dar una sola explicación? Me tomarían por un loco o un hipocondríaco.

Cuando el médico regresó, ya no había tiempo para sutilezas. Tiró suavemente de mi manga y me llevó a un rincón apartado, junto a una máquina expendedora que nos ofrecía una falsa cortina de normalidad.

—Escúchame bien —dijo en voz aún más baja—. No puedo explicarlo todo, pero tu esposa corre peligro. Y tú también, si no haces caso.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. El peligro no venía de una enfermedad, sino de algo externo, algo que se cernía sobre nosotros.

—¿Qué le pasa? ¿Es algo en los análisis? —pregunté, mi voz apenas un susurro.

—Los análisis confirmarán lo que ya sospechamos —respondió él—. Pero esto no es solo médico. Es… es un asunto policial. Criminal.

El doctor reveló que los síntomas de Marta (mareos y dolor lumbar) no eran signos de una dolencia natural, sino el resultado de una intervención externa. No me dio detalles concretos, pero el significado era claro: alguien la estaba envenenando o saboteando su salud, y los análisis de orina lo confirmarían.

Quise preguntarle quién y por qué, pero levantó la mano, deteniéndome.

—Si pregunto demasiado, levantaré sospechas —musitó, su ansiedad palpable—. Espera a que salga del laboratorio y, por el amor de Dios, no demuestres que sabes algo. Actúa con la mayor normalidad. Luego, llama a la policía y salgan del hospital inmediatamente por la puerta lateral, la que da al jardín modernista.

—¿Sospechas de quién? —pregunté, sintiendo un escalofrío que me recorría la espalda. Mis ojos recorrieron la sala, preguntándome si el peligro estaba sentado a solo unos metros.

El médico tragó saliva, sin mirarme directamente, como si temiera revelar un nombre.

—De alguien que la acompaña —dijo con voz quebrada, un temblor evidente—. Alguien que podría estar vigilándola.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Quién más la acompañaba? Solo yo.

—¿Yo? —pregunté, la incredulidad y el horror luchando en mi voz.

El médico me miró por primera vez, con una intensidad terrible.

—Ojalá lo supiera. Pero no puedo arriesgarme. En este momento, confía en mí y en nadie más.

En ese instante crucial, la puerta del laboratorio se abrió. Marta apareció. Parecía cansada, con una tirita pegada en el antebrazo. Cuando me vio, esbozó una sonrisa… pero sus ojos parecían tensos, como si estuviera ocultando una ansiedad profunda.

El médico se alejó rápidamente de mí, mezclándose entre el personal.

—Actúa normal —susurró sin volverse.

La orden resonó en mi cabeza. De repente, todo cambió. La sonrisa de Marta me pareció forzada. Su mirada, tensa. ¿Estaba ella consciente del peligro? ¿Estaba en peligro por mí? La inocente visita al médico se había transformado en un juego de vida o muerte en un laberinto hospitalario. El simple análisis de orina estaba a punto de desatar una verdad criminal y mortal.

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