
La Sierra da Canastra, en el corazón de Minas Gerais, es un territorio de una belleza salvaje e imponente, donde los cañones profundos y la vegetación del cerrado ocultan rincones que parecen no haber sido tocados por el hombre en siglos. Para Lucas Tabárez, un brillante estudiante de arqueología de 24 años, este paisaje no era solo un destino turístico, sino el escenario de su tesis de maestría.
Buscaba rastros de asentamientos indígenas precoloniales, pero lo que encontró fue una verdad mucho más oscura, una que la historia oficial había decidido ignorar. En agosto de 1995, Lucas se despidió de su hermana gemela, Ana, prometiendo volver en tres días. Nadie imaginó que su regreso tardaría cinco años y que la forma en que sería encontrado enviaría ondas de choque a todo el país, revelando la existencia de un culto sanguinario que operaba en las sombras de las montañas.
Lucas era un investigador metódico. El 15 de agosto, tras registrar su entrada en el parque nacional, se adentró en una zona remota siguiendo las pistas de un agricultor local. Cerca del mediodía, su perseverancia dio frutos: halló una estructura de piedra que no encajaba con ningún patrón conocido. No eran ruinas indígenas comunes; las rocas estaban apiladas de forma ceremonial y los árboles circundantes exhibían símbolos extraños, tallados con una precisión inquietante.
Lucas, emocionado, documentó todo con su cámara Nikon y anotó las coordenadas en su diario de cuero. Sin embargo, su entusiasmo se vio interrumpido por un encuentro que marcaría el inicio de su fin. Un hombre de aspecto ermitaño, conocido localmente como Jacó, surgió de las sombras para lanzarle una advertencia profética: los que desentierran secretos terminan enterrados con ellos.
Cuando Lucas no regresó el jueves previsto, se activó un protocolo de búsqueda que duró semanas. Los guardaparques encontraron su mochila a kilómetros de su ruta original, intacta, con su cámara y su diario dentro. Al revelar las fotos, los investigadores vieron la última imagen capturada por Lucas: la figura borrosa y amenazante de aquel ermitaño observando directamente al lente.
A pesar de los esfuerzos masivos, el rastro del estudiante se esfumó. El caso se enfrió durante años, hasta que en 1998, el ermitaño Jacó murió de causas naturales. Al registrar su cabaña, la policía encontró objetos personales de Lucas y una serie de diarios que detallaban la existencia de “Los Guardianes de la Sierra”, un culto fundado en el siglo XIX que practicaba la preservación ritual de cuerpos para proteger sitios sagrados contra los “profanadores”.
La resolución del misterio llegó de la manera más cruda posible en el año 2000. Un agricultor que preparaba tierras para el cultivo de café desenterró un barril metálico cubierto de símbolos extraños. Dentro, el equipo forense halló el cuerpo de Lucas, perfectamente preservado mediante una técnica de momificación artificial que utilizaba resinas y hierbas locales.
Pero el verdadero horror no fue el estado del cuerpo, sino el hallazgo de profundos arañazos en el interior del metal. Lucas no había sido asesinado antes de ser depositado allí; había sido paralizado con una mezcla de toxinas vegetales que lo mantenían consciente pero inmóvil. Fue sellado vivo en el barril, escuchando cómo la tierra caía sobre su tumba metálica mientras intentaba desesperadamente luchar por su vida.
La investigación posterior, guiada por los diarios de Jacó, llevó al hallazgo de otros cuatro barriles enterrados alrededor de una formación rocosa conocida como la “Piedra del Portal”. En cada uno yacía un investigador desaparecido en décadas anteriores: un antropólogo en 1965, una arqueóloga en 1972, un historiador en 1983 y una bióloga en 1989.
Todos habían cometido el mismo error: descubrir el sitio ceremonial que la familia del ermitaño juró proteger por generaciones. El caso de Lucas Tabárez cerró un ciclo de terror que duró casi dos siglos, dejando una cicatriz imborrable en la historia de Minas Gerais y recordándonos que, a veces, los secretos del pasado están custodiados por una locura que no conoce el paso del tiempo.
La Sierra da Canastra, en el corazón de Minas Gerais, es un territorio de una belleza salvaje e imponente, donde los cañones profundos y la vegetación del cerrado ocultan rincones que parecen no haber sido tocados por el hombre en siglos. Para Lucas Tabárez, un brillante estudiante de arqueología de 24 años, este paisaje no era solo un destino turístico, sino el escenario de su tesis de maestría.

Buscaba rastros de asentamientos indígenas precoloniales, pero lo que encontró fue una verdad mucho más oscura, una que la historia oficial había decidido ignorar. En agosto de 1995, Lucas se despidió de su hermana gemela, Ana, prometiendo volver en tres días. Nadie imaginó que su regreso tardaría cinco años y que la forma en que sería encontrado enviaría ondas de choque a todo el país, revelando la existencia de un culto sanguinario que operaba en las sombras de las montañas.
Lucas era un investigador metódico. El 15 de agosto, tras registrar su entrada en el parque nacional, se adentró en una zona remota siguiendo las pistas de un agricultor local. Cerca del mediodía, su perseverancia dio frutos: halló una estructura de piedra que no encajaba con ningún patrón conocido. No eran ruinas indígenas comunes; las rocas estaban apiladas de forma ceremonial y los árboles circundantes exhibían símbolos extraños, tallados con una precisión inquietante.
Lucas, emocionado, documentó todo con su cámara Nikon y anotó las coordenadas en su diario de cuero. Sin embargo, su entusiasmo se vio interrumpido por un encuentro que marcaría el inicio de su fin. Un hombre de aspecto ermitaño, conocido localmente como Jacó, surgió de las sombras para lanzarle una advertencia profética: los que desentierran secretos terminan enterrados con ellos.
Cuando Lucas no regresó el jueves previsto, se activó un protocolo de búsqueda que duró semanas. Los guardaparques encontraron su mochila a kilómetros de su ruta original, intacta, con su cámara y su diario dentro. Al revelar las fotos, los investigadores vieron la última imagen capturada por Lucas: la figura borrosa y amenazante de aquel ermitaño observando directamente al lente.
A pesar de los esfuerzos masivos, el rastro del estudiante se esfumó. El caso se enfrió durante años, hasta que en 1998, el ermitaño Jacó murió de causas naturales. Al registrar su cabaña, la policía encontró objetos personales de Lucas y una serie de diarios que detallaban la existencia de “Los Guardianes de la Sierra”, un culto fundado en el siglo XIX que practicaba la preservación ritual de cuerpos para proteger sitios sagrados contra los “profanadores”.
La resolución del misterio llegó de la manera más cruda posible en el año 2000. Un agricultor que preparaba tierras para el cultivo de café desenterró un barril metálico cubierto de símbolos extraños. Dentro, el equipo forense halló el cuerpo de Lucas, perfectamente preservado mediante una técnica de momificación artificial que utilizaba resinas y hierbas locales.
Pero el verdadero horror no fue el estado del cuerpo, sino el hallazgo de profundos arañazos en el interior del metal. Lucas no había sido asesinado antes de ser depositado allí; había sido paralizado con una mezcla de toxinas vegetales que lo mantenían consciente pero inmóvil. Fue sellado vivo en el barril, escuchando cómo la tierra caía sobre su tumba metálica mientras intentaba desesperadamente luchar por su vida.
La investigación posterior, guiada por los diarios de Jacó, llevó al hallazgo de otros cuatro barriles enterrados alrededor de una formación rocosa conocida como la “Piedra del Portal”. En cada uno yacía un investigador desaparecido en décadas anteriores: un antropólogo en 1965, una arqueóloga en 1972, un historiador en 1983 y una bióloga en 1989.
Todos habían cometido el mismo error: descubrir el sitio ceremonial que la familia del ermitaño juró proteger por generaciones. El caso de Lucas Tabárez cerró un ciclo de terror que duró casi dos siglos, dejando una cicatriz imborrable en la historia de Minas Gerais y recordándonos que, a veces, los secretos del pasado están custodiados por una locura que no conoce el paso del tiempo.