El reloj del tribunal parecía marcar un tiempo distinto, más lento, más pesado, mientras Laura cruzaba los pasillos con el corazón encogido. Cada paso resonaba en el mármol frío, recordándole cómo hace años caminaba con Diego por calles empedradas, entre risas y promesas que juraban durar para siempre. Hoy, esas promesas se habían convertido en papeles, en firmas y procedimientos legales que despojaban cualquier atisbo de ternura.
Diego estaba allí, al final del pasillo, con el semblante serio, la mirada que antes le hacía temblar el alma ahora fría, calculadora. Los años juntos habían sido intensos, llenos de amor y pasión, pero también de desacuerdos que nunca lograron resolverse. Sin embargo, al verlo allí, con esa distancia oficial que la ley imponía, Laura sintió un nudo en la garganta.
Se sentaron frente a frente en una sala pequeña, donde la luz artificial iluminaba los rostros con una crudeza que nada en el mundo podía suavizar. La abogada de Laura revisaba los documentos, mientras Diego hacía lo mismo con su representante. Ni un gesto amable, ni un cruce de miradas que no fuera protocolario. Era el principio del fin de un capítulo que ambos habían deseado prolongar, aunque ahora pareciera imposible.
—¿Recuerdas aquel verano en Granada? —susurró Laura para sí misma, sin esperar respuesta—. Cómo caminábamos por la Alhambra y prometíamos no dejar que nada nos separara.
Pero Diego no escuchaba. Su mente estaba concentrada en la estrategia, en los detalles legales, en cómo proteger su parte. Y mientras la sala del tribunal se llenaba de formalidad, Laura sentía que el calor del pasado se desvanecía, reemplazado por un frío que calaba hasta los huesos.
El juicio comenzó. Testigos, papeles, argumentos, cifras y fechas; todo parecía una coreografía que Laura odiaba y temía a la vez. La tensión crecía con cada palabra pronunciada por los abogados. Diego hablaba con precisión quirúrgica, intentando mantener la calma, pero Laura veía fugaces destellos de vulnerabilidad en sus ojos.
En un momento, la jueza pidió a ambos que describieran cómo había sido la relación, un gesto que parecía humano pero estaba envuelto en la formalidad de la ley. Laura tragó saliva y empezó a hablar, dejando salir recuerdos que habían estado atrapados por años: el primer beso bajo la lluvia, las noches en que se sentaban en la terraza del viejo apartamento compartido, los sueños que tejían juntos.
Diego la miraba con una mezcla de sorpresa y nostalgia, y por un instante, parecía que el tiempo se hubiera detenido. Los papeles en sus manos ya no importaban, ni la sala ni los procedimientos; solo existían ellos dos y los ecos de lo que habían sido.
—Nunca pensé que terminaríamos así —dijo Diego, con la voz baja, casi rota—. Pensé que podríamos arreglarlo todo, que podríamos seguir juntos.
Laura sintió cómo sus lágrimas empezaban a brotar, aunque no dejó que se notara demasiado. Cada palabra de Diego resonaba en su corazón, y por un segundo, el amor que una vez compartieron parecía poder renacer.
Pero la jueza interrumpió, devolviendo a ambos al mundo real. La fría legalidad reemplazó cualquier emoción. Se dictaron términos, se firmaron documentos y, poco a poco, la sensación de inevitabilidad se apoderó de ellos.
Laura salió de la sala con las manos temblorosas. Diego la siguió, sin atreverse a decir nada más. Ambos sabían que, aunque sus corazones aún tenían restos de amor, el mundo había impuesto barreras que eran difíciles de superar.
En la calle, la brisa nocturna les golpeó suavemente el rostro. Era un recordatorio de que la vida seguía, que las historias no siempre terminan como se desea. Diego rompió finalmente el silencio:
—Cuídate, Laura. Siempre te querré, aunque sea desde lejos.
Ella asintió, con lágrimas resbalando por sus mejillas, y respondió:
—Y yo a ti, Diego. Siempre.
Se separaron, cada uno tomando un rumbo distinto, llevando consigo recuerdos, nostalgias y cicatrices invisibles. La formalidad de la ley había dictado el final de su unión, pero no podía borrar los sentimientos que habían compartido, ni los momentos que los habían definido.
Mientras Laura caminaba hacia su coche, recordó todas las veces que la risa de Diego llenaba la habitación, todos los días en que se sentían invencibles juntos. Aunque ahora el amor parecía herido y distante, había dejado huellas imborrables en su alma.
Y así, bajo el cielo estrellado de la ciudad, dos antiguos amantes siguieron adelante, cada uno cargando su propio dolor, pero también la certeza de que el amor verdadero, aunque marcado por la separación, nunca desaparece por completo.