“El Eco de tu Ausencia: Una Noche donde el Amor Trasciende lo Inexplicable”

Clara jamás creyó que el mundo de los sueños pudiera abrir puertas hacia lo imposible, hasta aquella noche donde el viento nocturno trajo consigo un murmullo familiar. Se despertó a medianoche con el corazón en vilo, como si alguien llamara a su alma desde la oscuridad. Afuera, la luna brillaba pálida entre nubes deslizadas: parecía señalar un sendero secreto.

Desde que Álex había fallecido —hace ya dos años— cada noche se le aparecía en recuerdos fugaces, en fotografías amarillentas, en canciones que ese dúo preferido solía escuchar juntos. Pero nunca había vivido algo tan real: debía ir al sueño, dejarse caer en ese mundo donde tal vez lo hallaría de nuevo.

Con un suspiro tembloroso, se recostó y cerró los ojos, dejando que la memoria y el corazón guiaran su tránsito. Pronto, encontró un corredor iluminado por lámparas antiguas de estilo art nouveau, cuyos cristales proyectaban filigranas de luz en el suelo de mármol. Un eco lejano resonaba: su nombre, pronunciado con suavidad, retumbaba en las paredes.

Al fondo del corredor, una puerta entreabierta dejaba un resplandor dorado. Clara dio pasos cautelosos, su vestido crepitando como hojas secas bajo sus pies. Cuando empujó la puerta, el resplandor se tornó un atardecer en un jardín secreto: árboles altos, jazmines perfumados, una brisa tibia que lecía su cabello.

Y allí, al filo del lacustre jardín, lo vio. Álex estaba sentado junto al agua tranquila, mirando hacia el horizonte. Su postura era tan natural que parecía haber estado esperándola. El corazón de Clara se detuvo un instante, y un torrente de emociones la invadió: el deseo de correr hacia él, el miedo de que fuera ilusión.

Álex giró lentamente y la vio. Sus ojos tenían el mismo intenso brillo que en vida, pero ahora con una suavidad irreal, como si pertenecieran a otro mundo. En su mirada se fundían la ternura, la nostalgia y el reconocimiento absoluto. Clara dio un paso, alzó las manos, pero el jardín pareció diluirse bajo sus pies.

“Clara…” dijo él con voz suave, y ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era su voz, aunque lejana como un eco de otro tiempo.

“Álex… ¿eres tú?” balbuceó ella, conteniendo las lágrimas que amenazaban.

Y así comenzó aquello que no sería solo un sueño: sería una cita entre el amor vivo y el recuerdo perdido.

El jardín se expandió a su alrededor, envolviendo a Clara y Álex en una neblina plateada. Los jazmines flotaban en el aire, las estrellas desde el cielo crepuscular brillaban intensas. Claros senderos de luz los separaban, marcando distancias que parecían imposibles de cruzar. Él seguía sentado al borde del lago, la superficie del agua reflejando su imagen con un leve temblor.

Intentó acercarse, pero el terreno bajo sus pies cedió como arena movediza. Cada paso que daba era laborioso. La brisa le susurraba su nombre. En su mente revivió aquella tarde en la terraza, cuando habían reído juntos, prometido eternidades. Pero ahora solo quedaba ese puente entre mundos.

Álex se puso de pie con elegancia serena, sus pasos hacia ella eran irresistibles. Cuando al fin se encontraron en el sendero de luces flotantes, Clara extendió los brazos y él la abrazó suavemente. Fue un abrazo tibio y puro, como si no hubiese sido interrumpido por el final de la vida, sino suspendido por un instante. En su pecho ella escuchaba el pulso más dulcemente imposible: no latía con fuerza terrenal, pero sí con una vibración eterna.

“Te he buscado siempre,” murmuró él. “Vine por ti.”

“Yo también te busqué cada noche,” respondió Clara con voz quebrada. “Desde que te fuiste…”

Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero no eran de dolor: eran lágrimas de alivio, de reconocimiento, de esperanza. En el aire, el perfume de los jazmines se tornó más intenso, y el cielo exhibía una lluvia suave de pétalos iluminados que caían como besos del más allá.

El lago comenzó a ondular como despertando. De su superficie emergió una figura fugaz: una nota musical, un susurro, un relámpago de luz. Álex alzó la mano para detener la danza de pétalos. “Este lugar es tuyo y mío,” dijo él. “Aquí no hay muerte, solo memoria y presencia. Pero no puedo quedarme siempre: pronto regresas al mundo de los vivos.”

Clara sintió un escalofrío al oírlo. ¿Volvería? ¿Se perdería otra vez? Se aferró a su mano. “No quiero que te vayas,” suplicó.

Él sonrió con tristeza. “No pertenezco ya a ese mundo. Pero mientras recuerdes, yo existiré contigo. Ven conmigo un instante más.”

Los bordes del jardín comenzaron a desvanecerse. El cielo se tornaba noche, las luces se hacían tenues. Clara comprendió que se desvanecería si no aceptaba ese instante final.

En un último impulso, lo estrechó contra su pecho. Y él la besó en la frente, con un gesto de eternidad. Al separarse, sus labios no se tocaron, pero el choque de su aliento fue íntimo, profundo, elevando ambos hacia la bruma.

“Hasta que vuelvas a soñar conmigo,” susurró Álex.

Y justo cuando las luces se apagaban, Clara gritó su nombre: “¡Álex!”

Pero el sonido se ahogó, y el mundo del sueño se tornó neblina.

Clara se estremeció y abrió los ojos. La habitación estaba en penumbras: solo un leve resplandor de luna atravesaba la ventana entornada. Su corazón latía como si hubiese corrido kilómetros. Llevó una mano a su pecho, buscando el eco de la presencia fantasmagórica. No estaba él, pero ella sabía que lo había tocado, que lo había sentido respirar.

Se incorporó con cuidado, recordando cada detalle: el jardín, los jazmines, el beso de la frente. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas cuando vio en su mesa de noche el teléfono iluminado, con la canción que ambos amaban —esa que él le había dedicado— repitiendo su estribillo. Podría haber sido casualidad, una canción automática… pero ella sintió que era un signo.

Durante los días siguientes, Clara vivió con el recuerdo vívido. A cada hora, evocaba el perfume del jardín, el calor del abrazo y el brillo en los ojos de Álex. En el café solía quedarse mirando la puerta como si él apareciera, y al cerrar los ojos por la noche, le ardían los párpados de verlo. Pero también, cada vez que dormía, sentía que ese reencuentro podría repetirse: los pétalos, las luces, su voz.

Pasaron semanas. Una noche más, Clara volvió a cruzar el umbral: esta vez con decisión más firme. El corredor, la puerta entreabierta, el jardín del lago. Y allí estaba él de nuevo, esperándola. Esta vez, no se desvanecía. Él extendió una mano —su mano— y ella la tomó sin vacilar. Y juntos caminaron hacia la orilla, donde las aguas susurraban su historia.

En ese mismo instante, Clara supo que los sueños no siempre separan, que algunas rendijas del alma permiten encuentros imposibles. Que el amor trasciende la muerte, cuando alguien recuerda, cuando alguien sueña. Que incluso en el silencio de la noche, cuando los corazones laten solos, puede haber reencuentros.

Y así, entre luces suaves y pétalos suspendidos, Clara caminó hacia su propio camino con la certeza: aunque el mundo real no permitiera que él viviera de nuevo, dentro suyo Álex seguiría vivo. Y cada noche, al cerrar los ojos, el sueño le daría la llave para volverlo a ver.

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