“Entre las sombras de la pantalla: la historia de una joven que perdió la fe en sí misma, pero halló la luz donde menos lo esperaba.”

Entre las sombras de la pantalla

Elena tenía diecisiete años y una sonrisa que solía iluminar los pasillos del instituto. Era buena estudiante, discreta, algo reservada, pero amable con todos. No necesitaba mucho para ser feliz: un cuaderno, un lápiz y su rincón favorito junto a la ventana desde donde observaba las nubes pasar sobre los techos rojos de su barrio.

Todo cambió una tarde cualquiera, cuando alguien decidió convertir su foto en un arma.
Una imagen inocente que ella había compartido con su grupo de amigos terminó circulando por todas las redes. En pocas horas, los comentarios se multiplicaron como un fuego imposible de apagar.
“Qué ridícula.”
“Se cree bonita.”
“Qué vergüenza ajena.”

Cada palabra era un golpe invisible. Elena intentó reírse al principio, pensar que pasaría pronto, que era solo una broma más. Pero las notificaciones no paraban. Los mensajes se volvían más crueles, más personales. Gente que ni siquiera conocía se sentía con derecho a juzgarla, a insultarla, a humillarla.

Los días se hicieron pesados. En el colegio, el murmullo la seguía por los pasillos. Algunos la miraban con compasión, otros con burla. Su mejor amiga, Clara, intentó defenderla al principio, pero el miedo a ser el próximo blanco la hizo callar.
Elena, sola, comenzó a desaparecer poco a poco.

Dejó de hablar, dejó de dibujar. En su habitación, la pantalla del teléfono se convirtió en un espejo distorsionado. Cada comentario nuevo era una herida más. Empezó a pensar que el mundo sería mejor sin ella.

Una noche, escribió en su diario:

“No entiendo por qué duele tanto. No he hecho nada malo. Solo quise existir.”

El llanto la acompañó hasta quedarse dormida.

Las semanas siguientes fueron un descenso lento.
Elena apenas comía. Sus padres, absortos en sus trabajos, notaban su silencio pero lo confundían con rebeldía adolescente. No sabían que su hija pasaba horas leyendo las palabras que otros arrojaban contra ella.
El ciberacoso se había vuelto constante: cuentas falsas, rumores, burlas en los comentarios de sus fotos antiguas. Algunos incluso la amenazaban.

Un día, el director del instituto la llamó a su despacho. Había recibido quejas, capturas de pantalla, pruebas del acoso.
Pero en lugar de ayudarla, le pidió “mantener la calma” y “no provocar más drama en redes”.
Elena sonrió con tristeza. Ni siquiera los adultos comprendían el peso de esas palabras digitales.

Esa tarde, mientras caminaba hacia casa, vio un grupo de compañeros reírse frente a sus teléfonos. Uno de ellos —el mismo que había iniciado todo— la miró directamente y dijo:
—¿Qué pasa, princesa? ¿No te gusta ser famosa?
Las risas la siguieron hasta que dobló la esquina.

Corrió hasta llegar a un pequeño parque donde solía ir de niña. Se dejó caer en el banco, temblando.
En su cabeza, una frase resonaba sin cesar: “No vales nada.”

Entonces apareció una voz detrás de ella.
—¿Estás bien? —preguntó un chico con una cámara colgando del cuello.
Se llamaba Lucas, estudiante de fotografía. Había estado tomando imágenes del atardecer y notó su llanto. Elena intentó fingir que no pasaba nada, pero él se sentó a su lado sin insistir.
El silencio fue amable por primera vez en semanas.

Pasaron unos minutos antes de que ella se atreviera a hablar.
—Todos me odian —susurró.
—No todos —respondió él, mirándola con calma—. A veces creemos que el ruido de unos pocos es la voz del mundo. Pero no lo es.

Aquel día no ocurrió un milagro, pero algo cambió. Lucas le mostró sus fotografías: rostros anónimos, calles vacías, pequeños detalles que él encontraba bellos donde nadie miraba.
—Las redes enseñan solo lo que otros quieren ver —dijo—. Pero la vida real es otra cosa. Mira más allá del brillo.

Elena no contestó, pero aquella frase se quedó grabada en su mente.

Esa noche, cuando volvió a casa, apagó su teléfono por primera vez en meses. El silencio digital fue extraño, pero también liberador.
En su diario escribió:

“Tal vez aún haya algo de belleza en mí que no dependa de un comentario.”

El tiempo no curó las heridas de inmediato, pero las suavizó. Elena comenzó a reunirse con Lucas más seguido. Caminaban, hablaban poco. Él le enseñaba a usar su cámara, a enfocar la mirada en cosas pequeñas: la luz en las hojas, la sombra de un gato, las gotas de lluvia en el cristal.

Descubrió que podía capturar el mundo de una manera que las redes nunca entenderían.
Poco a poco, volvió a dibujar, pero ahora combinaba sus bocetos con fotografías. Era su forma de contar lo que no podía decir con palabras.

Un día decidió abrir una cuenta nueva. Pero no con su nombre. La llamó “Miradas Silenciosas”.
Publicó su primera imagen: una flor marchita iluminada por un rayo de sol.
La descripción decía:

“Incluso lo roto puede reflejar luz.”

Los comentarios fueron distintos. Personas desconocidas agradecían sus imágenes, contaban sus propias historias de dolor. Elena se dio cuenta de que no estaba sola. Que había muchos más detrás de esas pantallas buscando consuelo, buscando esperanza.

Mientras tanto, en su colegio, algunos de los que la habían insultado empezaron a olvidar el escándalo. Las redes se movían rápido. Pero para ella, las cicatrices quedaban.
Sin embargo, ya no quería esconderlas.

Meses después, fue invitada a exponer sus fotografías en un pequeño centro cultural. Lucas la ayudó a montar la muestra. En la inauguración, sus padres llegaron sin entender del todo lo que había pasado. Cuando vieron las imágenes, permanecieron en silencio.
En una esquina, había una fotografía especial: un autorretrato suyo, con los ojos cerrados y la palabra “Renacer” escrita en el cristal frente a ella.

Su madre la abrazó con lágrimas en los ojos.
—No sabía cuánto sufrías, hija.
—Yo tampoco —respondió Elena—. Hasta que dejé de fingir que todo estaba bien.

La exposición fue un éxito modesto pero sincero. Entre los visitantes, alguien reconoció su historia. Era Clara, su antigua amiga. Se acercó, temerosa.
—Lo siento tanto… —dijo—. Fui cobarde.
Elena la miró y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió sin dolor.
—Yo también lo fui. Pero ya no quiero vivir con miedo.

Esa noche, mientras recogía las fotos, Lucas le preguntó:
—¿Y ahora qué sigue?
—Vivir —respondió ella con una sonrisa tranquila—. Pero de verdad.

Pasó un año.
Elena tenía ahora dieciocho, y aunque todavía había días difíciles, ya no se sentía invisible. Su cuenta “Miradas Silenciosas” tenía miles de seguidores que encontraban en sus fotos un refugio.

Un día publicó una última imagen: un cielo despejado, sin filtros.
Escribió:

“La red puede herir, pero también puede sanar. Depende de lo que elijamos compartir.”

La publicación se llenó de mensajes de agradecimiento. Entre ellos, uno decía:

“Gracias, Elena. Tus fotos me ayudaron a no rendirme.”

Ella sonrió, cerró su computadora y salió a caminar.
El viento le despeinó el cabello, el mismo cabello que antes ocultaba tras la capucha.
Por primera vez, no temió ser vista.

Porque había aprendido que la luz más verdadera no viene de la pantalla, sino de la vida que late más allá de ella.

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