LA CAMOTERA DE ECATEPEC: EL RELATO DE UNA ABUELA QUE DESAFIÓ AL DESTINO PARA HONRAR A SU NIETA

 

En las calles grises y transitadas de Ecatepec, donde el ruido de los motores y el bullicio del comercio informal dictan el ritmo del día, la figura de Juana Pérez Morales siempre fue parte del paisaje. Durante más de tres décadas, Juana empujó un carrito de metal, ofreciendo camotes y plátanos asados, convirtiéndose en un elemento invisible pero constante para miles de transeúntes. Sin embargo, detrás de esa apariencia frágil y de sus manos curtidas por el trabajo, se gestó una de las historias de determinación más impactantes de la historia reciente de México. Juana no solo vendía dulces; Juana buscaba una respuesta que el sistema le había negado.

La vida de Juana nunca fue sencilla. Nacida en un rancho recóndito de Hidalgo en 1960, creció en la pobreza extrema, aprendiendo desde los ocho años que el trabajo era la única forma de supervivencia. Sin haber pisado jamás una escuela, su mundo se limitaba a la tierra, el mercado y, más tarde, a la crianza de sus hijos en la gran ciudad. Tras quedar viuda a los 25 años tras el terremoto de 1985, Juana encontró en la venta de camotes el sustento para sacar adelante a su familia. Su rutina era inquebrantable: de las cuatro de la tarde a las once de la noche, los 365 días del año, su grito de “¡camotes calientitos!” resonaba en las esquinas, mientras ella permanecía invisible para una sociedad que rara vez mira a quienes la sirven desde la banqueta.

La tragedia que transformó a esta mujer ocurrió en febrero de 2022. Su nieta, Lupita, una joven brillante de 15 años que soñaba con ser enfermera, desapareció al salir de la secundaria. Para Juana y su hija, comenzó un calvario que miles de familias mexicanas conocen demasiado bien. Acudieron a las autoridades, suplicaron por ayuda y se enfrentaron a la burocracia insensible que les pidió esperar 72 horas, sugiriendo con desdén que la joven “se habría ido con el novio”. Juana, con sus ahorros de toda la vida, imprimió carteles y recorrió cada rincón, preguntando a otros vendedores ambulantes, quienes son los verdaderos ojos y oídos de la calle.

Tres semanas después, el hallazgo del cuerpo de Lupita en un terreno baldío destrozó lo que quedaba del corazón de Juana. La crueldad con la que la joven había sido tratada por sus captores despertó en la abuela un sentimiento nuevo y gélido: una resolución absoluta de que los responsables no quedarían impunes. Ante la inacción de una justicia que no presentaba avances ni detenidos, Juana decidió utilizar lo único que poseía para actuar por su cuenta. Su arma no sería el fuego, sino su oficio.

Gracias a la información compartida por otros comerciantes, Juana identificó a los individuos que operaban en la zona y que estaban vinculados con la tragedia de su nieta. Descubrió con asombro que varios de ellos eran clientes frecuentes de su carrito. Eran hombres que, en su arrogancia, ni siquiera la miraban a la cara mientras compraban sus productos. Juana comenzó a estudiar métodos silenciosos, utilizando sus conocimientos sobre la naturaleza y recurriendo a sustancias que conseguía en mercados tradicionales bajo el pretexto de controlar plagas en su hogar. Con una paciencia infinita, aprendió a preparar sus camotes de una manera especial, inyectando dosis letales en piezas seleccionadas que marcaba con cortes imperceptibles para cualquiera que no fuera ella.

El primer objetivo fue un joven conocido como “El Charlie”, quien frecuentaba su puesto los miércoles. Juana le entregó el producto con una sonrisa amable, observando cómo se alejaba consumiendo lo que sería su última cena. Días después, la noticia de su fallecimiento por una supuesta intoxicación alimentaria confirmó a Juana que su método funcionaba. Durante los siguientes diez meses, Juana continuó su labor. Con una precisión quirúrgica, fue eliminando uno a uno a los dieciocho hombres que, según sus indagaciones, habían participado en el daño a su nieta. Variaba los ingredientes para no levantar sospechas médicas, logrando que los decesos fueran atribuidos a fallas multiorgánicas o problemas hepáticos.

La invisibilidad de Juana fue su mejor escudo. Nadie sospechaba de la mujer de 62 años que seguía trabajando con normalidad, incluso asistiendo al cementerio para hablar con la tumba de Lupita y reportar sus avances. Sin embargo, la acumulación de decesos en un mismo grupo delictivo finalmente encendió las alarmas. Una fuerza de tarea especial comenzó a buscar patrones y, tras exhumaciones y análisis toxicológicos avanzados, el hilo conductor los llevó inevitablemente a la vendedora de la avenida central.

El 15 de diciembre de 2022, Juana fue arrestada mientras trabajaba. No opuso resistencia; pidió permiso para apagar su carrito y guardar sus cosas antes de ser esposada. En los interrogatorios, Juana no negó nada. Con una claridad asombrosa, relató cada paso, cada nombre y cada motivo. Su confesión no fue un acto de arrepentimiento, sino una denuncia pública contra un sistema que la obligó a elegir entre la resignación y la acción directa. “No estaba eliminando personas”, declaró ante los investigadores, “estaba eliminando monstruos que el gobierno dejó libres”.

El juicio de Juana Pérez Morales se convirtió en un fenómeno mediático y social. El país se dividió: mientras unos exigían el peso de la ley por los dieciocho cargos, miles de vendedores ambulantes y madres de desaparecidos se volcaron a las calles para defenderla. Pancartas con la frase “Todas somos Juana” llenaron las plazas, señalando que su caso era el síntoma de una sociedad donde la justicia es un lujo inalcanzable para los pobres. El juez, aunque reconoció la gravedad de los hechos, también admitió las fallas sistemáticas del Estado y las circunstancias extraordinarias del dolor de una abuela. Juana fue sentenciada a 18 años, pero debido a diversos beneficios y a su perfil, su tiempo efectivo en prisión se redujo significativamente.

Hoy, desde su celda, Juana no muestra amargura. Se ha convertido en una figura de respeto entre las reclusas, a quienes enseña a cocinar y a emprender. Ha recibido miles de cartas de apoyo y se ha creado un fondo en su nombre para ayudar a otras víctimas. Juana espera salir en 2029, con la frente en alto, sabiendo que cumplió la promesa que le hizo a su nieta en aquella fría sala forense. Su historia queda como un recordatorio sombrío y poderoso de que, cuando el Estado falla en su deber más básico de proteger a los inocentes, surgen figuras como “La Camotera”, capaces de transformar el dolor más profundo en una resolución que desafía toda lógica.

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