PARTE 1: LA SOMBRA EN LA MANSIÓN DE ORO
El silencio en la mansión no era paz. Era un grito ahogado.
Roberto Castillo bajó de su Bentley negro. La lluvia golpeaba el metal encerado como balas de hielo. Eran las tres de la mañana. No debía estar allí. Su vuelo desde Tokio se había cancelado, y en lugar de esperar en un hotel de cinco estrellas, una extraña opresión en el pecho lo impulsó a volver a casa. A su esposa, Elena. A su hijo, Lucas.
Roberto era un hombre de poder. Su firma movía mercados. Su nombre abría puertas blindadas. Pero esa noche, la puerta de su propia casa se sintió como la entrada a una tumba.
Entró. El vestíbulo de mármol estaba a oscuras. El aire olía a lavanda cara y a frío. Dejó su maletín de cuero italiano en el suelo. El sonido hizo eco, rebotando en las paredes decoradas con arte abstracto que costaba más de lo que una familia promedio ganaba en una vida.
—¿Elena? —susurró. Nadie respondió.
Subió las escaleras, aflojándose la corbata de seda. La habitación de Lucas estaba al final del pasillo. Roberto frunció el ceño. Lucas tenía siete años. Debería estar durmiendo bajo su edredón de plumas de ganso. Pero la puerta estaba entreabierta. Y no venía luz de adentro.
Venía un ruido.
Un ruido húmedo. Rítmico. Desesperado. Crak. Crunch. Crak.
Roberto se detuvo. El corazón le golpeó las costillas. No era el sonido de un niño jugando. Era el sonido de un animal comiendo.
Empujó la puerta. La luz del pasillo cortó la oscuridad de la habitación. Y entonces, el mundo de Roberto, ese mundo de rascacielos y acciones en la bolsa, se hizo pedazos.
Lucas no estaba en su cama. Estaba en el suelo, agazapado en un rincón, cerca de la puerta del baño. Llevaba una camiseta vieja, demasiado grande, llena de agujeros. Sus piernas eran dos palillos temblorosos.
Y en sus manos, sucias y llenas de costras, sostenía un plato de plástico rojo. El plato del perro.
Roberto sintió que el vómito le subía a la garganta.
—¿Lucas?
El niño se congeló. Giró la cabeza lentamente. Sus ojos eran enormes, hundidos en cuencas oscuras. Había terror puro en su mirada. No reconocimiento. No amor. Terror.
Lucas soltó el plato. Trozos marrones y secos de comida para perro rodaron por la alfombra persa. El niño se cubrió la cara con los brazos, haciéndose un ovillo, esperando un golpe.
—¡No! ¡Lo siento! —gritó Lucas, su voz era un hilo roto—. ¡Tenía tanta hambre! ¡No se lo digas a ella! ¡Por favor, papá, no se lo digas!
Roberto no podía moverse. Sus piernas eran de plomo. Su cerebro intentaba procesar la imagen. Su hijo. Su heredero. El niño al que le enviaba los mejores juguetes desde Londres, París y Nueva York. Comiendo sobras de perro.
Roberto cayó de rodillas. Se arrastró hacia él.
—Lucas… hijo… —Roberto extendió la mano.
El niño retrocedió, arrastrándose hacia la pared, llorando en silencio. Un llanto entrenado para no hacer ruido.
—Soy yo. Soy papá —dijo Roberto, con la voz quebrada.
—Ella dijo que si comía, me encerraría en el sótano otra vez —sollozó Lucas—. Dijo que los cerdos no merecen comida de gente.
El sótano. La palabra golpeó a Roberto más fuerte que cualquier caída del mercado.
—¿Quién dijo eso? —La voz de Roberto cambió. Ya no era miedo. Era una furia fría, letal.
—Mamá Elena —susurró Lucas.
En ese momento, las luces del pasillo se encendieron completamente. Pasos rápidos y tacones resonaron en la madera. Elena apareció en el marco de la puerta. Llevaba una bata de seda color champán, el cabello perfecto, el rostro maquillado incluso para dormir.
Se detuvo en seco al ver a Roberto. Por una fracción de segundo, su máscara cayó. Hubo pánico. Pero Elena era una actriz consumada.
—¡Roberto! ¡Cariño! —Elena corrió hacia ellos, ignorando al niño—. ¡Dios mío, llegaste antes! ¿Por qué no avisaste?
Roberto no se levantó. Seguía de rodillas, mirando los trozos de comida de perro en el suelo. Luego, levantó la vista. Sus ojos, normalmente cálidos, eran dos abismos negros.
—¿Qué es esto, Elena?
Elena miró a Lucas con un asco apenas disimulado y luego volvió a mirar a Roberto con ojos llorosos y preocupados.
—Oh, Roberto… es… es su condición. Te lo dije por teléfono. El médico dijo que tiene… pica. Ese trastorno donde comen cosas que no son comida. —Elena se llevó una mano al pecho—. Es tan difícil controlarlo, cariño. Se escapa de la cama y roba la comida de Roco. He intentado todo. Es… es un niño muy enfermo.
Mentiras. Fluían de su boca como veneno dulce.
Lucas temblaba violentamente. Miraba a Elena como si fuera el mismo diablo.
Roberto se puso de pie. Era un hombre alto, imponente. La habitación pareció encogerse.
—¿Pica? —preguntó Roberto, suavemente.
—Sí, amor. Es psicológico. Lo llevé al mejor especialista —Elena intentó tocar el brazo de Roberto.
Roberto se apartó bruscamente.
—Lucas —dijo Roberto, sin mirar a su esposa—. Levántate.
El niño obedeció, temblando, apoyándose en la pared. La camiseta le colgaba. Roberto vio algo que le heló la sangre. Bajo la tela gris, en el brazo del niño, había marcas. Moratones. Algunos amarillos, viejos. Otros morados, frescos. Y una marca roja, con forma de dedos, en su antebrazo.
Roberto se acercó a su hijo. Con una delicadeza que no sabía que poseía, levantó la manga de la camiseta.
Elena jadeó.
—Se cae mucho, Roberto. Es torpe. Su enfermedad lo hace marearse…
Roberto ignoró el zumbido de la voz de ella. Miró el brazo de su hijo. Eso no era una caída. Eso era un agarre. Un agarre fuerte, violento, de una mano adulta.
Miró el estómago de Lucas. Estaba hinchado. No por grasa, sino por esa distensión horrible que tienen los niños que mueren de hambre.
Roberto se giró hacia Elena. La mujer retrocedió un paso, perdiendo su sonrisa ensayada.
—¿Desde cuándo mi hijo pesa quince kilos menos que la última vez que lo vi? —preguntó Roberto.
—Está creciendo… el estirón…
—¡Cállate! —El grito de Roberto hizo vibrar los cristales de las ventanas.
Lucas se cubrió la cabeza, esperando el impacto. Roberto vio el gesto. El dolor le atravesó el alma. Su hijo no le tenía miedo a la oscuridad. Le tenía miedo a los adultos que supuestamente debían amarlo.
Roberto cargó a Lucas en sus brazos. El niño no pesaba nada. Era como cargar un pájaro herido. Olía a humedad y a perro. No olía a jabón de niños, ni a galletas.
—Roberto, ¿a dónde vas? —Elena intentó bloquear la puerta—. No puedes sacarlo así, está enfermo, necesita su medicina…
—¿Medicina? —Roberto se detuvo a centímetros de la cara de ella. Podía oler el alcohol en su aliento—. Si descubro que su “medicina” es el miedo, Elena, rezarás para que te meta en la cárcel, porque lo que yo te haré será mucho peor.
Empujó a la mujer con el hombro y salió al pasillo.
—¡María! —gritó Roberto llamando a la empleada doméstica interna.
Nadie respondió. La casa estaba en un silencio cómplice.
Roberto bajó las escaleras con su hijo en brazos. Lucas apoyó la cabeza en el hombro de su padre. Estaba ardiendo en fiebre.
—Papá… —susurró el niño—. Tengo sueño.
—Duerme, campeón. Papá está aquí. Papá volvió.
Roberto llegó a la cocina. Abrió el refrigerador gigante de acero inoxidable. Estaba lleno. Caviar, quesos importados, filetes de primera, botellas de vino de mil dólares.
Y su hijo comía comida de perro.
La furia de Roberto se transformó en una determinación fría. Sentó a Lucas en la encimera de mármol. Sacó leche, pan suave, jamón. Sus manos temblaban mientras preparaba un sándwich simple.
Lucas lo miraba con incredulidad.
—¿Es para mí? —preguntó el niño.
—Todo esto es para ti, Lucas. Todo —Roberto le acarició el cabello sucio.
Mientras el niño comía con una voracidad que rompía el corazón, devorando el pan casi sin masticar, Roberto sacó su teléfono. Marcó un número.
—Quiero a mi equipo de seguridad en mi casa. Ahora. Y llama al Dr. Arriaga. Que venga inmediatamente. No me importa qué hora sea.
Roberto colgó. Miró a su hijo. Luego miró hacia las escaleras, donde Elena observaba desde la oscuridad de la barandilla superior, como una araña esperando ver si su red aguantaba.
Esta noche, la red se rompería. Y Roberto Castillo estaba dispuesto a quemar la casa entera para salvar a su hijo.
PARTE 2: LA CÁMARA DE LOS HORRORES
El Dr. Arriaga terminó de examinar a Lucas en el sofá de la sala principal. El niño se había quedado dormido, agotado por la comida y la fiebre, aferrado a la mano de Roberto como si fuera un salvavidas en medio del océano.
El médico, un hombre canoso y amigo de la familia desde hacía décadas, se quitó el estetoscopio. Su rostro estaba pálido.
—Roberto, ven conmigo —dijo el doctor en voz baja.
Se alejaron unos metros, cerca de la chimenea apagada.
—Dímelo —exigió Roberto.
—Es desnutrición severa, Roberto. Grado tres. —El médico suspiró, luchando por mantener la compostura profesional—. Tiene anemia, deficiencia de calcio y vitaminas. Y… Roberto, las marcas en su cuerpo. No son caídas. Son golpes. Quemaduras de cigarrillo en la espalda. Y marcas de ataduras en los tobillos.
El mundo de Roberto se volvió rojo.
—¿Ataduras?
—Ha estado atado, Roberto. Probablemente por horas. Sus músculos están atrofiados por la falta de movimiento. Este niño ha estado viviendo en un campo de concentración dentro de tu propia casa.
Roberto sintió que las rodillas le fallaban. Se apoyó en la repisa de la chimenea. Las lágrimas, calientes y furiosas, brotaron de sus ojos.
—Yo… yo le mandaba dinero. Ella me mandaba fotos… —Roberto sacó su celular. Mostró una foto de hace dos semanas. Lucas sonriendo en el jardín, vestido impecable.
El médico miró la foto y luego al niño esquelético en el sofá.
—Maquillaje, Roberto. Ángulos. O fotos viejas. Te han estado engañando de la forma más cruel posible.
En ese momento, la puerta principal se abrió. Entraron tres hombres de traje negro. El jefe de seguridad de Roberto, Marcos, se acercó.
—Señor Castillo. La casa está asegurada. La señora Elena está en su habitación, custodiada.
—Quiero ver las grabaciones —dijo Roberto. Su voz sonaba muerta—. Las cámaras de seguridad internas.
—Señor, el sistema ha sido borrado repetidamente en el último mes —dijo Marcos—. Pero el servidor de respaldo en la nube… ese no lo tocaron. Recuperamos las últimas 48 horas.
—Ponlo en la pantalla grande.
—Señor, no creo que quiera ver…
—¡PONLO! —rugió Roberto.
La enorme pantalla del salón se iluminó. El video estaba fechado ayer al mediodía.
En la imagen, se veía el comedor. Elena estaba sentada a la cabecera, comiendo un banquete con dos amigas. Reían, bebían champaña.
Al fondo, en el suelo, estaba Lucas. Estaba de rodillas, limpiando una mancha de vino en la alfombra con un trapo.
—Más rápido, estúpido —se escuchó la voz de Elena a través de los altavoces de alta fidelidad—. Si no queda perfecto, dormirás con las ratas otra vez.
Una de las amigas rió. —Elena, eres muy dura. ¿Qué dirá Roberto?
Elena soltó una carcajada fría. —Roberto es un cajero automático con piernas. Mientras le mande una foto bonita y le diga que soy la madre perfecta, él sigue firmando cheques. Además, este mocoso sabe que si habla, lo mando al orfanato. Nadie quiere a un niño roto.
Roberto apretó los puños tan fuerte que sus uñas se clavaron en la piel, haciéndose sangre.
El video cambió. Escena nocturna. La cocina.
Lucas entraba de puntillas, tratando de alcanzar una manzana del frutero. Elena apareció de la nada. Lo agarró del pelo y lo lanzó al suelo.
—¡Te dije que no tocas mi comida! —gritó ella.
Luego, tomó el plato del perro, lo llenó de sobras y lo tiró al suelo frente al niño.
—Si tienes hambre, come como lo que eres. Un animal.
Roberto no pudo ver más. Agarró un vaso de cristal de la mesa y lo lanzó contra la pared. El estallido resonó en la sala.
—Tráiganla —dijo Roberto. Fue un susurro, pero cargaba más violencia que un grito de guerra—. Tráiganla aquí ahora mismo.
Marcos asintió y subió las escaleras con dos hombres.
Roberto se acercó a Lucas, que se había removido en sueños por el ruido. Acarició su mejilla hundida.
—Perdóname, hijo. Perdóname por ser ciego. Por cambiar tiempo por dinero. Por dejar al lobo cuidando al cordero.
Minutos después, Elena bajó las escaleras. No caminaba, la arrastraban. Intentaba mantener la dignidad, pero su rostro reflejaba el terror puro. Sabía que el juego había terminado. Pero no sabía cuánto iba a costarle.
—¡Roberto! ¡Son montajes! ¡Esos videos están manipulados! —gritaba ella—. ¡Ese guardia de seguridad me odia!
Roberto estaba de espaldas, mirando el fuego que Marcos había encendido en la chimenea.
—¿Sabes, Elena? —dijo Roberto sin girarse—. Siempre pensé que mi mayor error sería una mala inversión. Perder la empresa.
Se giró lentamente. Su rostro era de piedra.
—Pero mi mayor error fue meterte en esta casa.
Elena intentó correr hacia él, pero los guardias la retuvieron.
—¡Soy tu esposa! ¡Tenemos un contrato prenupcial! ¡Si me echas, te quitaré la mitad de todo! ¡Te destruiré!
Roberto soltó una risa seca, sin humor.
—¿Contrato? —Roberto caminó hacia ella hasta que estuvieron cara a cara. Él era una torre de ira contenida—. Rompiste el contrato el momento en que tocaste a mi hijo. Y sobre el dinero…
Roberto sacó su teléfono y marcó un número en altavoz.
—¿Sí, señor Castillo? —respondió su abogado personal al primer tono.
—Cancela todas las tarjetas de crédito de Elena. Congela las cuentas conjuntas. Y llama al fiscal del distrito. Quiero presentar cargos por abuso infantil agravado, tortura y tentativa de homicidio. Tengo videos. Tengo informes médicos.
—¡No puedes hacerme esto! —chilló Elena, su cara contorsionada por la histeria—. ¡Soy una figura pública! ¡La prensa me ama!
—La prensa amará ver cómo la “madre del año” alimentaba a su hijastro con comida de perro mientras ella bebía champaña —dijo Roberto con voz gélida—. Te vas a ir de aquí, Elena. Pero no a un hotel. Te vas a la comisaría.
Elena miró a su alrededor, buscando una salida, una aliada. Pero las paredes de la mansión ya no eran su refugio. Eran los testigos de su crueldad.
—Y una cosa más —dijo Roberto, acercándose a su oído—. Reza para que la cárcel te proteja. Porque afuera, no te quedará nada. Ni un centavo. Ni un amigo. Nada.
Los guardias la sacaron a rastras. Sus gritos se desvanecieron bajo la lluvia torrencial. La puerta se cerró.
El silencio volvió. Pero esta vez, no era un silencio de muerte. Era el silencio de una limpieza.
Roberto volvió al sofá. Se sentó en el suelo junto a Lucas. El niño abrió los ojos.
—¿Se fue? —preguntó Lucas, con voz temblorosa.
—Se fue, hijo. Para siempre.
—¿Vas a irte tú también? —La pregunta rompió el corazón de Roberto en mil pedazos más.
Roberto se quitó su reloj de oro de cincuenta mil dólares y lo dejó sobre la mesa. Se quitó la corbata. Se acostó en el sofá, abrazando el pequeño y frágil cuerpo de su hijo.
—No, Lucas. No me voy a ir. Mañana renunciaré a los viajes. Mañana venderé las acciones si es necesario. Pero no me voy a separar de ti ni un segundo.
Lucas apoyó la cabeza en el pecho de su padre. Por primera vez en años, escuchó un corazón que latía por él.
PARTE 3: EL RENACER ENTRE LAS CENIZAS
Seis meses después.
La mansión ya no existía. Roberto la había vendido. No podía vivir en un lugar donde las paredes recordaban los gritos de su hijo.
Ahora vivían en una casa de campo, grande pero cálida, con mucha madera y ventanas que dejaban entrar el sol, no sombras. No había personal de servicio interno, solo una señora que venía por las mañanas. Roberto quería privacidad. Quería ser él quien hiciera el desayuno.
Era domingo por la mañana. El olor a tortitas y tocino llenaba la cocina.
Roberto estaba frente a la estufa, volteando una tortita con torpeza. Había cerrado tratos millonarios con jeques árabes, pero lograr que una tortita no se quemara seguía siendo un desafío.
—¡Se está quemando, papá!
Roberto se giró. Lucas estaba sentado en la mesa de la cocina. Ya no era el esqueleto gris que había encontrado esa noche de lluvia. Sus mejillas tenían color. Había ganado peso. Su cabello brillaba. Pero lo más importante: sus ojos ya no miraban al suelo.
—Es estilo “crujiente rústico”, hijo. Es gourmet —bromeó Roberto, sirviendo la tortita deforme en el plato de Lucas.
Lucas soltó una risita. Ese sonido. Esa risa era el sonido más caro y valioso del mundo para Roberto.
Sin embargo, las cicatrices no desaparecen tan rápido como los moretones.
A veces, por la noche, Roberto escuchaba a Lucas gritar en sueños. Corría a su habitación y lo encontraba sudando, pidiendo perdón por no limpiar bien. Roberto se pasaba horas meciéndolo hasta que los fantasmas se iban.
La recuperación de Lucas era lenta. Todavía escondía comida debajo de su almohada, “por si acaso”. Todavía se sobresaltaba si alguien levantaba la mano muy rápido.
Roberto se sentó frente a él con su café. Miró a su hijo cortar la tortita.
—Hijo, hoy viene alguien a visitarnos —dijo Roberto con cautela.
Lucas se tensó. El tenedor se detuvo en el aire. —¿Quién?
—Es una terapeuta nueva. Se llama Clara. Juega con Legos. Dicen que es muy buena.
Lucas bajó la mirada. —No estoy loco, papá.
—Lo sé, mi amor. No es para locos. Es para… sacar el veneno. —Roberto estiró la mano sobre la mesa. Lucas tardó un segundo, pero tomó la mano de su padre. Su agarre era firme ahora—. Recuerda lo que te prometí. Somos un equipo.
—Equipo Castillo —murmuró Lucas, esbozando una media sonrisa.
El timbre sonó.
Roberto fue a abrir. Al pasar por el pasillo, vio el periódico en la mesita de entrada. El titular en la página tres era pequeño, pero satisfactorio: “Elena V., ex socialité, condenada a 15 años de prisión sin fianza por abuso infantil doméstico”.
Roberto ni siquiera sonrió. Ella ya no importaba. Ella era el pasado. Una mancha borrada.
Abrió la puerta. El sol inundó la entrada.
La vida de Roberto había cambiado drásticamente. Sus socios decían que estaba loco por dejar la dirección general de la empresa para tomar un puesto de consultor a medio tiempo. Había perdido millones en ingresos potenciales. Había dejado de ser el “Tiburón de las Finanzas”.
Pero mientras volvía a la cocina y veía a Lucas riéndose porque se había manchado la nariz de jarabe, Roberto supo la verdad.
Antes, era un hombre rico con una vida pobre. Ahora, con menos ceros en la cuenta y más manchas de comida en la camisa, era verdaderamente millonario.
Lucas lo miró. —Papá, ¿me pasas la leche?
Roberto sirvió el vaso hasta el borde. —Toma, hijo.
Lucas bebió un sorbo y luego miró a Roberto con una seriedad repentina, esa sabiduría vieja que tienen los niños que han sufrido demasiado.
—Gracias por volver, papá.
A Roberto se le hizo un nudo en la garganta. Se tragó las lágrimas, porque hoy era un día feliz.
—Gracias a ti por esperarme, Lucas. Nunca más llegaré tarde.
Roberto se levantó y besó la frente de su hijo. Afuera, los pájaros cantaban. La pesadilla había terminado. La tormenta había pasado. Y aunque el barco tenía grietas, seguía a flote, navegando hacia un mar tranquilo, impulsado por el poder más fuerte que existe: un padre que finalmente aprendió a serlo.
FIN.