
CHIAPAS, MÉXICO — ¿Qué es lo que hace que una mujer joven, con toda una vida por delante, decida caminar descalza hacia las fauces de una selva que no conoce la piedad? En el corazón de los Montes Azules, donde la humedad borra hasta los recuerdos, el nombre de Mariana Solís se ha convertido en un susurro que hiela la sangre. No hubo sangre, no hubo gritos, ni rastro de violencia; solo un rastro de pertenencias dejadas atrás como una ofrenda a dioses antiguos que el hombre moderno ha olvidado. A diez años de su partida, la pregunta sigue quemando la garganta de quienes buscaron: ¿Se perdió Mariana en la espesura, o finalmente llegó al lugar donde siempre perteneció? Sumérgete en la crónica de una desaparición que desafía toda lógica y que ha dejado a los expertos de la Marina y a los rastreadores lacandones con una sola certeza: hay puertas en el monte que, una vez cruzadas, jamás se vuelven a abrir.
La selva no perdona la soberbia. No importa cuántos rezos cargues en la boca.
Chiapas, México. Reserva de la Biosfera Montes Azules. El calor es una manta húmeda que asfixia. Mariana Solís, de 21 años, se detuvo frente al muro de vegetación que devora la luz. Se quitó las botas de senderismo con una calma que erizaba la piel. Sus pies descalzos, blancos y frágiles, tocaron el lodo negro.
—Es un llamado, ¿no lo entienden? —dijo Mariana, mirando hacia la penumbra verde.
Sus amigos, un grupo de mochileros que buscaban “conexión espiritual” en las ruinas cercanas, se quedaron mudos. Diego, el guía local, sintió un vuelco en el estómago. En la selva, cuando alguien habla de “llamados”, es porque algo ya lo está cazando.
—Mariana, ni siquiera llevas machete. Hay jaguares, hay nauyacas. La selva se cierra de noche y no te deja salir —advirtió Diego, apretando el puño.
Ella sonrió. Una sonrisa vacía, como si ya no estuviera allí.
—La selva no me va a cerrar el paso, Diego. Me va a abrir la puerta.
Se internó en el follaje. El sonido de las ramas rompiéndose bajo sus pies fue lo último que escucharon. No llevaba mochila. Solo una pequeña bolsa con una brújula, un encendedor y una medalla de la Virgen que su abuela le había colgado al cuello para protegerla de “los malos aires”.
Diez días después. El campamento de búsqueda.
El comandante Mendoza, un hombre de rostro curtido por el sol de la frontera, escupió un trozo de tabaco. Estaba frente a un hallazgo que desafiaba toda lógica policial.
—Dígame que esto lo puso alguien para burlarse de nosotros —gruñó Mendoza.
Frente a él, en un claro donde la luz del sol caía como cuchillas doradas, estaban las pertenencias de Mariana. Pero no estaban tiradas. Estaban ofrendadas. Su brújula abierta apuntando exactamente al norte. El encendedor a su lado. Y en el centro, clavada en un tronco podrido, la medalla de la Virgen. La cadena estaba intacta, pero la imagen de metal estaba doblada, como si manos invisibles la hubieran retorcido con una fuerza inhumana.
—No hay huellas de arrastre, Comandante —dijo el rastreador lacandón que los acompañaba—. Tampoco hay rastro de animales. Ella se despojó de esto. Se quitó el mundo de encima.
—¿Y a dónde se fue? —preguntó Mendoza, mirando la maleza impenetrable.
El rastreador señaló hacia arriba, hacia las copas de los árboles de más de treinta metros.
—A donde los pies ya no hacen falta.
La búsqueda en Chiapas se convirtió en una leyenda urbana en menos de una semana. Los periódicos de nota roja titulaban: “SE LA TRAGÓ LA TIERRA” o “EL DUENDE DE LA SELVA TIENE NUEVA NOVIA”.
La madre de Mariana llegó desde la Ciudad de México. Sus gritos rasgaban el silencio de la selva cada mañana.
—¡Mariana! ¡Hija, regresa! ¡Ten piedad de mí!
Pero la selva solo respondía con el aullido de los monos saraguatos y el goteo incesante de la humedad. Los perros de búsqueda, los más bravos de la Marina, llegaban a cierto punto del río Usumacinta y se negaban a cruzar. Se erizaban, aullaban al aire y retrocedían con el rabo entre las patas.
—Hay un olor a azufre y flores podridas allá adelante —susurró uno de los marinos—. Algo no quiere que pasemos.
Dos años después.
Mendoza regresó al punto de la desaparición antes de jubilarse. El caso de Mariana Solís era el único que no había podido cerrar. En México, las desapariciones suelen tener motivos crueles: cárteles, trata, violencia. Pero este caso era distinto. Era sagrado y aterrador a la vez.
Se sentó en la misma piedra donde encontraron la medalla. El aire se volvió frío de repente, un frío impropio del trópico.
Sintió una mirada. Una presión en la nuca.
—¿Mariana? —preguntó, con la mano en la culata de su arma, más por instinto que por valor.
No hubo respuesta humana. Solo un susurro entre las ceibas. Un sonido que parecía una risa joven mezclada con el crujido de la madera vieja.
Mendoza encontró algo nuevo ese día. Bajo una raíz, semioculto por el musgo, había un jirón de tela blanca. Era parte de la blusa que Mariana usaba el día que se fue. Pero al tocarla, la tela se deshizo como si tuviera cien años de antigüedad.
Entendió la verdad. En estas tierras, hay lugares donde el tiempo no corre, sino que da vueltas. Mariana no se había perdido. Había decidido cruzar la frontera de lo real. Se había entregado como tributo a una fuerza más antigua que las ciudades y los hombres.
El comandante dejó su propia cantimplora de agua como respeto y se retiró. En el archivo policial, la carpeta sigue abierta. Pero en el corazón de la selva chiapaneca, todos saben que Mariana Solís ya no es un nombre. Es el viento que mueve las hojas cuando no hay aire. Es el silencio que te avisa que ya no estás solo en el monte.