
La ciudad de Culiacán, Sinaloa, ha sido testigo de innumerables historias marcadas por la complejidad de su entorno social, pero pocas han calado tan hondo en la memoria colectiva como la de Roberto Mendoza Silva. A sus 68 años, Roberto era un hombre cuya vida se definía por el trabajo honesto y la dedicación a su nieto, Danielito, de 17 años. Juntos, operaban el Taller Mendoza en la colonia Guadalupe, un espacio donde el aroma a aceite y el sonido de las herramientas marcaban el ritmo de una existencia sencilla y digna. Sin embargo, el 12 de septiembre de 2019, ese mundo se desmoronó cuando un suceso externo le arrebató la vida al adolescente, dejando a Roberto frente a un vacío que el sistema judicial se negó a llenar.
Danielito no era solo su nieto; era su compañero de vida y su esperanza de trascendencia. El joven soñaba con ser ingeniero automotriz y Roberto ahorraba cada peso para asegurar ese futuro. Tras el trágico incidente frente a un establecimiento local, Roberto se enfrentó a la realidad de la fiscalía: un expediente archivado en apenas 45 días bajo el argumento de “falta de pruebas”, a pesar de que las grabaciones mostraban detalles claros. Para Roberto, la frialdad burocrática fue el detonante. Al comprender que la justicia oficial no llegaría, decidió aplicar la lógica que había perfeccionado durante 42 años reparando motores: identificar la falla, rastrear la causa y aplicar una solución definitiva.
El taller mecánico, antes símbolo de progreso, se transformó en un centro de búsqueda personal. Roberto comenzó a recopilar información que las autoridades ignoraron: placas de vehículos, descripciones físicas y patrones de conducta de quienes operaban en la zona. Con una paciencia metódica, este hombre mayor logró lo que departamentos enteros de investigación no pudieron. Utilizando sus conocimientos técnicos en sistemas hidráulicos y mecánicos, Roberto comenzó a confrontar a los responsables. Lo que siguió fue una serie de acciones silenciosas que desmantelaron, pieza por pieza, a una célula que actuaba con total libertad en la colonia.
La precisión de Roberto era asombrosa. No utilizaba métodos convencionales de violencia, sino que aprovechaba la confianza y el descuido de quienes se sentían intocables. Durante meses, logró obtener nombres y ubicaciones que lo llevaron cada vez más cerca del núcleo de la organización. La policía ministerial solo comenzó a notar un patrón cuando diversos individuos vinculados a actividades ilícitas aparecían con una fotografía de Danielito en sus pertenencias, una firma silenciosa que exigía reconocimiento para la víctima olvidada. Roberto no buscaba reconocimiento público, sino que cada acción era un tributo a la memoria del joven que ya no estaba.
El impacto de sus acciones fue tal que logró llegar hasta los niveles más altos de la estructura local, provocando incluso intervenciones oficiales que terminaron con la captura de líderes que habían evadido la ley por años. Sin embargo, el costo para Roberto fue total. En marzo de 2020, tras una serie de sucesos que llevaron a las autoridades hasta su puerta, Roberto fue detenido. En su confesión, no hubo arrogancia ni arrepentimiento; solo la calma de quien siente que ha cumplido con un deber moral superior. Explicó que su motivación nunca fue el odio ciego, sino la necesidad de que la partida de su nieto no fuera una estadística más en un archivo empolvado.
El proceso legal que siguió fue uno de los más comentados en la historia reciente de Sinaloa. Mientras la ley lo condenaba por sus actos, una parte considerable de la sociedad civil veía en él el reflejo de una frustración compartida ante la ineficacia del Estado. Roberto Mendoza Silva fue sentenciado a una pena que aseguraba que pasaría el resto de sus días tras las rejas, pero para él, la verdadera sentencia había sido dictada el día que perdió a Danielito. En prisión, mantuvo una conducta ejemplar, dedicándose a la carpintería y escribiendo cartas que nunca enviaría, manteniendo un diálogo interno con el nieto que motivó su transformación.
Finalmente, Roberto Mendoza Silva partió en enero de 2025 dentro de las instalaciones donde cumplía su condena. Su partida fue tan silenciosa como sus acciones en el taller. Aunque su historia está cargada de sombras y decisiones difíciles, queda como un testimonio crudo de lo que sucede cuando el contrato social se rompe y las instituciones fallan en su labor primordial de proteger y dar justicia. Hoy, el Taller Mendoza es solo un recuerdo, pero la crónica de aquel abuelo que decidió no quedarse de brazos cruzados sigue invitando a una reflexión profunda sobre la seguridad, la impunidad y los límites del dolor humano en un país que aún busca respuestas.