El Eco de los Olvidados: La Puerta que Nunca Debió Abrirse

Parte I: Las Sombras del Bosque de Cedros

El suelo no debería respirar, pero Daniel sentía el latido bajo sus botas. Doce hombres habían entrado en el bosque de Honshu; el silencio fue lo primero que los reclamó.

—Teniente, los pájaros se han callado —susurró el cabo Reyes, apretando su fusil M1 Garand hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

El bosque de cedros era una catedral de sombras. El aire pesaba como plomo húmedo. Daniel Harland, un muchacho de Ohio que había sobrevivido al infierno de Okinawa, sentía que este lugar era distinto. No había artillería, no había olor a pólvora, solo el aroma metálico y dulce de la tierra vieja. Una tierra que parecía observarlos desde cada grieta de la corteza de los árboles.

—Mantengan la formación —ordenó el teniente Miller, aunque su voz carecía de la firmeza habitual—. Solo es reconocimiento. Cortamos las líneas de radio y nos largamos.

Pero no había líneas de radio. No había patrullas imperiales. Solo piedras marcadas con símbolos que ninguno de ellos podía descifrar y una aldea a lo lejos cuyos habitantes cerraban las puertas al verlos pasar. “No vayan al bosque”, les había advertido un anciano con ojos nublados por el miedo. “La montaña se queda con lo que se le debe”.

Esa noche, el fuego de la fogata no daba calor.

—¿Escuchan eso? —preguntó Mathers, el radiooperador.

—¿El qué? —respondió Daniel.

—Bajo nosotros. Suena como… como si alguien estuviera golpeando el techo de un sótano.

Daniel pegó la oreja al suelo. Su corazón se detuvo. No era un golpe. Era un rítmico y pesado movimiento subterráneo, como algo enorme desplazándose a través del lodo.

—¡Reyes ha desaparecido! —el grito de Miller rasgó la noche.

No hubo disparos. No hubo lucha. Solo el rifle de Reyes, clavado verticalmente en el barro, como una lápida. Daniel miró hacia la negrura del bosque. Entre los troncos, vio un destello. No era una linterna. Era una luz pálida, fría, que se movía con una fluidez inhumana.

—¡Reyes! —gritó Daniel, pero solo el eco de su propia voz, deformado y burlón, regresó desde las profundidades de la montaña.

Parte II: El Pacto de los Enemigos

La desesperación los llevó al búnker. No era una estructura estadounidense, ni parecía totalmente japonesa. Era una herida de concreto en la ladera de la montaña, una boca negra que exhalaba un frío sepulcral.

Dentro, el horror desafió la lógica de la guerra.

—¡No disparen! —rugió Miller, bajando su arma.

Frente a ellos, tres soldados japoneses, sucios y con los ojos desorbitados, sostenían sus bayonetas con manos temblorosas. Pero no miraban a los marines. Miraban hacia el fondo del túnel, hacia una puerta de acero que vibraba bajo una presión inmensa.

—Ayúdennos —dijo uno de los japoneses en un inglés roto—. No somos enemigos hoy. Lo que hay ahí dentro… nos quiere a todos.

Daniel vio los dibujos en las paredes. No eran planos militares. Eran espirales, ojos tallados en la roca, advertencias de que el búnker no había sido construido para proteger a los soldados de las bombas, sino para encerrar algo que la excavación había despertado.

—Despertamos a la tierra —susurró el oficial japonés, Inu—. Cavamos demasiado profundo. Escuchamos las voces y pensamos que eran los ancestros. Nos equivocamos. Es el hambre.

De repente, la radio de Mathers cobró vida. Pero no era el comando. Era la voz de Reyes.

Daniel… ayúdame… hace frío aquí abajo —la voz sonaba húmeda, como si hablara a través de agua estancada.

—¡Reyes! ¿Dónde estás? —gritó Daniel hacia el micrófono.

No le respondas —advirtió Inu, agarrando el brazo de Daniel con una fuerza desesperada—. No es él. Solo repite lo que escucha para que abras la puerta.

El suelo comenzó a ondular. El concreto se agrietó como papel. Desde el techo, una sustancia oscura y viscosa empezó a gotear. No era aceite. Era tierra viva.

—¡Tenemos que sellarlo! —gritó Miller—. ¡Traigan las cargas!

En ese momento, la puerta de acero se dobló hacia adentro. No fue una explosión; fue como si una mano invisible la aplastara. Una oscuridad más densa que la noche se filtró por las grietas. Mathers fue el siguiente. Algo lo arrastró hacia la negrura con una velocidad que el ojo humano no pudo seguir. Su grito se cortó en seco, reemplazado por el sonido de huesos triturados, como madera seca rompiéndose bajo un pie pesado.

—¡Corran! —aulló Daniel.

Parte III: El Silencio de Ochenta Años

Ochenta años después, el coronel Vance, nieto de Daniel Harland, se encontraba frente a la misma abertura. El tiempo había cubierto la infamia con musgo, pero la montaña recordaba.

—Señor, hemos encontrado algo —dijo la arqueóloga, su voz temblando.

En el fondo del búnker, las luces de las linternas modernas iluminaron una escena congelada en el terror. Restos de uniformes verdes y caquis mezclados. Huesos humanos que mostraban fracturas por compresión, como si hubieran sido estrujados por una presión hidráulica masiva.

Y en la pared, el último mensaje de su abuelo, rascado con sangre y grafito:

“No dejes que la oscuridad te lleve. Si dice tu nombre, corre. No es una guerra. Es un sacrificio.”

Vance sintió un escalofrío. Su radio emitió un estallido de estática.

¿Vance? —una voz surgió del auricular. Era la voz de su madre, muerta hacía diez años—. ¿Eres tú, hijo? Baja conmigo… está caliente aquí abajo…

El coronel soltó la radio como si fuera una brasa ardiendo. Miró a su equipo. Todos estaban pálidos, escuchando sus propios nombres susurrados por el viento que salía del túnel.

—Selladlo —ordenó Vance, su voz quebrada por un dolor antiguo—. Cubridlo con todo el hormigón que tengamos. Que la historia diga que desaparecieron en combate. Que la verdad se quede en el suelo.

Mientras se alejaban, Daniel miró hacia atrás una última vez. En la entrada del bosque, las piedras de oración vibraban. La montaña no estaba muerta. Solo estaba esperando. El sacrificio de los doce marines no había sido para ganar una guerra, sino para comprarle al mundo unas décadas más de silencio.

A lo lejos, una campana de un templo budista sonó, un lamento por los que marcharon hacia el bosque y nunca salieron, prisioneros de una tierra que tiene hambre de nombres y sed de recuerdos.

Related Posts

Our Privacy policy

https://tw.goc5.com - © 2026 News