Cada noche, mientras la ciudad de San Lucía dormía bajo su manto de faroles y brisas suaves, Lucas se despertaba. No por hambre ni por pesadillas comunes, sino porque sentía —o veía— algo que ningún otro percibía. Aquella noche, al desvelarse, el silencio parecía cargado de susurros apenas audibles.
Lucas tenía diez años, cabello oscuro desordenado y ojos grandes que ya denotaban tanta intensidad como inocencia. Vivía con su madre, Ana, en una vieja casona al límite del casco antiguo; una vivienda con pasillos largos y vigas que crujían con el viento. Ana le contaba historias de su abuelo muerto, de leyendas antiguas que hablaban de almas errantes, pero Lucas nunca había creído. Hasta esa noche.
Cuando bajó al salón para beber agua, vio una figura pálida junto a la ventana: una mujer de aspecto etéreo, con vestido antiguo y mirada triste. Al principio pensó que era un reflejo de luz, pero sus labios se movieron sin emitir sonido. El corazón de Lucas latió con fuerza. Ella alzó la mano como pidiendo ayuda, y luego se desvaneció entre las cortinas. En ese momento supo: él veía lo que los demás no veían.
A partir de aquel instante, su vida cambió para siempre.
Al día siguiente, en el aula del colegio, Lucas vio al profesor de matemáticas convertido en un ser translúcido, flotando sobre el escritorio. Los compañeros no lo notaron, y Lucas quedó paralizado al ver cómo esas sombras movían sus bocas sin emitir voz. Temblaba pero no podía apartar la mirada. Después un zumbido lo sacó de la visión y todo volvió a la normalidad.
Ana notó que Lucas estaba pálido y le preguntó qué le pasaba. Él negó, dijo que había soñado. Pero por la noche volvió el fenómeno: en su cuarto apareció un anciano con el rostro demacrado, ojos huecos, sus pasos sobre la madera chirriaban. “Lucas… ayúdame”, susurró con voz hueca. Lucas no sabía qué hacer; el alma se deslizó hacia la pared y se perdió.
Atemorizado, buscó ayuda en libros antiguos, leyó sobre medium, espíritus atrapados, e incluso creyó que estaba volviéndose loco. Pero una tarde, su madre Ana cayó enferma gravemente. Él, desesperado, vio el fantasma de su abuelo –el abuelo que ella siempre extrañaba– junto a la cama. El espíritu tocó suavemente la frente de Ana y luego hundió su mirada en Lucas. Entonces sucedió algo extraordinario: la fiebre de Ana bajó de golpe. Lucas entendió, con un hilo de esperanza y temor, que estas almas no solo pedían auxilio, también podían sanar.
Mientras tanto, Lucas siguió viendo espíritus por la casa: una niña que lloraba en el pasillo, un joven cabizbajo que suspiraba junto a las vigas. Cada noche el coro espectral crecía. Uno de ellos, un hombre con rostro grave, empezó a aparecer con frecuencia. Lucas supo que esa presencia era más antigua, más poderosa que los demás. Él la llamaba “el vigilante”. Cada vez que el vigilante se acercaba, Lucas sentía un peso en el pecho, escalofríos profundos y una voz interior le decía que no debía seguir mirando.
Una noche, el vigilante le habló directamente:
—Eres nuestro puente, pero no lo soportarás por mucho. Guarda lo que ves para ti.
Lucas vomitó ante el terror de la proximidad. Se encerró en su cuarto, temblando de espanto. Las visiones venían una tras otra, sin tregua. La línea entre lo real y lo irreal se difuminó, y él ya no sabía si estaba despierto o soñando.
En ese caos interior, la salud de Ana empeoró. Los médicos no encontraban diagnóstico claro. Lucas, sintiéndose culpable por su don, decidió enfrentarse a los espíritus para pedir su ayuda: si ellos eran capaces de sanar, quizá también podían proteger.
Una madrugada, Lucas caminó por el pasillo oscuro. Las luces se apagaron de golpe. Sintió una presencia tras él: el vigilante se alzó, más nítido que nunca, con ojos negros sin brillo. A su alrededor ondulaban los otros espíritus, expectantes. Lucas temblaba pero dio un paso adelante.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó con voz entrecortada.
—abraza tu don y cumple lo que te fue dado —respondió el vigilante con voz grave—. Nosotros somos almas antiguas que no descansan. Necesitamos que nos escuches, que nos muestres, que redimas nuestro dolor. Solo así nos liberaremos… y tú protegerás a los vivos.
De pronto, un brillo cegador lo envolvió. Las almas convergieron en Lucas. Sintió sus penas, sus lamentos, sus nostalgias: un niño que murió en guerra, una madre que llora un hijo perdido, un joven víctima del fuego. Sus emociones saturaron la mente de Lucas. Quiso gritar, pero algo salió… un murmullo poderoso salió de su interior, como un canto suave cargado de comprensión. Las sombras respondieron, se elevaron como hojas al viento, giraron sobre sí mismas y se disolvieron en luz. El vigilante permaneció un instante más, y luego se fundió en el aire.
El silencio regresó. Lucas quedó de rodillas, agotado, con lágrimas que corrían por sus mejillas. En el otro extremo del pasillo, la puerta del cuarto de Ana se abrió lentamente. Él corrió, se encontró con su madre. No tenía fiebre. Sus ojos estaban claros, el color volvió a sus mejillas. Ella —confundida— preguntó qué había pasado.
Lucas la abrazó sin responder. Sabía que algo había cambiado para siempre.
Los días siguientes fueron suaves. Las apariciones cesaron. Lucas ya no veía constantemente espíritus. De vez en cuando sentía un murmullo lejano, un aliento gélido, pero nada más. Sabía que su don existía, que su misión continuaría, pero ahora parecía hallar algo de paz.
Ana se recuperó por completo y ambos compartieron una nueva intimidad: ella escuchaba sus sueños, él hablaba de sus miedos sin ocultar. Lucas entendió que su vida antes y después de aquella noche eran distintas: ya no era un niño que solo veía lo visible, sino un puente entre el mundo de los vivos y los espíritus. Aprendió a usar su don con compasión y límites.
Una noche, Lucas salió al balcón y vio la silueta borrosa de su abuelo entre los árboles. El anciano esbozó una sonrisa. Lucas alzó la mano; luego la figura se desvaneció con un susurro que decía «gracias». Lucas cerró los ojos, sintió un calor en el pecho. Supo que no estaba solo, que aquellas almas que una vez vieron en él un refugio ahora descansaban. Y él seguiría velando, atento al murmullo tenue de lo invisible.
Así cerró un capítulo pero abrió una responsabilidad: vivir entre dos mundos, amar la vida y honrar la memoria. En el silencio de la noche, con el latido suave de la casa y el viento que acaricia las vigas, Lucas dormía y soñaba. Porque en sus sueños, las almas aún hablaban, pero con gratitud esta vez.