
En el corazón del Parque Nacional Cumbres de Monterrey, donde los picos de piedra caliza se elevan como guardianes silenciosos sobre la ciudad, la naturaleza suele ser un escape para los aventureros. Sin embargo, para Mark Wells, un ingeniero de 34 años con una pasión desmedida por el senderismo, estas montañas se convirtieron en el escenario de una de las crónicas criminales más perturbadoras de los últimos tiempos en México. Mark no era un improvisado; conocía los riesgos de la Sierra Madre Oriental y siempre cargaba con equipo de alta gama, incluyendo GPS satelital y suministros para cualquier emergencia.
Su desaparición en septiembre de 2014 activó todas las alertas. Su última comunicación fue una llamada a sus padres en la que mencionaba que se disponía a recorrer una ruta poco transitada cerca de la zona de Huesteca. A pesar de los operativos de Protección Civil y el despliegue de drones, la montaña no devolvió nada. Su camioneta quedó abandonada en un paraje solitario, convirtiéndose en el único vestigio de su presencia. Durante tres años, el caso se enfrió, alimentando leyendas locales sobre desapariciones forzadas o accidentes fatales en los cañones profundos.
El misterio dio un vuelco macabro en agosto de 2017. Un grupo de ciclistas de montaña, perdidos tras un error de navegación, llegaron a un claro oculto por densos matorrales de encino. Allí, sentado contra un árbol milenario, divisaron a un hombre. Parecía descansar, con un termo aún sujeto entre sus manos secas. Al acercarse, el hedor y la visión de una piel endurecida por el sol y el frío revelaron la verdad: el hombre llevaba años allí. Era Mark Wells, preservado como una momia por las condiciones climáticas extremas de la altura.
Pero lo que convirtió este hallazgo en una noticia de impacto nacional no fue solo el estado del cuerpo, sino los detalles de la escena. Mark no había muerto por causas naturales. Alrededor del tronco del árbol, la corteza estaba desgarrada por pesadas cadenas metálicas. Los restos de Mark presentaban marcas profundas de grilletes en muñecas y tobillos. El peritaje forense de la fiscalía estatal determinó que la causa de muerte fue una deshidratación severa y desnutrición. Alguien lo había mantenido cautivo en su propio entorno de recreo, dejándolo a merced de los elementos sin posibilidad de escape.
La investigación, que parecía destinada al archivo, cobró vida nueva con la llegada de un sobre anónimo a una delegación policial en el municipio de San Pedro. El mensaje era breve pero letal: “No busquen solo a uno, miren hacia el cañón norte”. Siguiendo esta pista, los agentes localizaron a menos de un kilómetro de distancia los restos de Emily Russell, una joven diseñadora que había desaparecido meses antes en una zona montañosa del norte del país. El rompecabezas comenzaba a encajar de la forma más siniestra posible.
El responsable resultó ser un rostro conocido en la zona por su carácter huraño: David Harp, un ex militar que se había refugiado en las montañas tras ser dado de baja con un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático severo. Harp, que conocía la Sierra como la palma de su mano, había instalado un campamento clandestino donde daba rienda suelta a una psicopatía alimentada por años de aislamiento. Según sus propias declaraciones tras ser capturado en un operativo relámpago en una colonia periférica, veía a los excursionistas como “intrusos” en su dominio personal.
Harp confesó haber sometido a Mark a punta de pistola, obligándolo a caminar hasta el lugar del cautiverio. Allí, lo encadenó en un acto de sadismo puro, observando desde la distancia cómo la voluntad de un hombre fuerte se desmoronaba día tras día. La crueldad del “Ermitaño de la Sierra”, como lo apodaron los medios, conmocionó a una sociedad mexicana ya habituada a la violencia, pero este caso tenía un tinte diferente: era una violencia íntima, solitaria y calculada.
El juicio, celebrado en Monterrey, fue un desfile de horrores. Las familias de Mark và Emily escucharon cómo un sistema que debió proteger y rehabilitar a un veterano de guerra falló estrepitosamente, permitiendo que sus demonios internos se cobraran vidas inocentes. Harp fue condenado a la pena máxima permitida, pero el vacío en las familias Wells y Russell permanece.
Este suceso ha cambiado la forma en que los regiomontanos ven sus montañas. La Sierra Madre sigue siendo hermosa, pero ahora carga con el peso de esta historia. Es un recordatorio de que, en los lugares más bellos de México, el peligro no siempre es el terreno o el clima, sino la oscuridad que algunos hombres llevan grabada en el alma. La vigilancia entre senderistas y la atención a la salud mental se han vuelto temas de debate urgente tras una tragedia que tardó tres años en ser descubierta.