
Julia Moreno odiaba las citas a ciegas.
Las odiaba con una convicción profunda, casi filosófica. Para ella eran una trampa social: dos desconocidos obligados a fingir interés, a vender la mejor versión de sí mismos durante dos horas, para luego despedirse con promesas vagas que rara vez se cumplían. Julia ya había pasado por eso. Demasiadas veces.
Tenía 29 años, era profesora de literatura española en un instituto público de Madrid y había aprendido a encontrar consuelo en la rutina. En los libros subrayados, en el olor a café por la mañana, en las tardes silenciosas corrigiendo exámenes mientras sonaba música suave de fondo. El amor, pensaba, era algo que funcionaba para otros, no para ella.
—Solo es una cena —insistía Marta, su compañera de piso, mientras revolvía el armario de Julia—. No te estoy pidiendo que te cases.
—Eso decías la última vez —respondió Julia desde la cama, sin levantar la vista del libro que fingía leer—. Y terminé perdiendo tres horas de mi vida escuchando a un tipo hablar de su coche.
—Este es diferente —dijo Marta con una sonrisa sospechosamente segura—. Te lo prometo.
Julia suspiró.
—Siempre dices eso.
Eran las seis y veinte de la tarde de un viernes de finales de noviembre. Afuera, Madrid empezaba a vestirse de invierno. Las luces de Navidad se reflejaban en el asfalto húmedo y el aire frío se colaba por las rendijas de las ventanas.
—Escucha —continuó Marta—. Es primo de una compañera del trabajo. Educado, culto, tranquilo. No es de esos tipos intensos.
—Todos dicen que son tranquilos —murmuró Julia.
—Además —añadió Marta, bajando la voz como si revelara un secreto—, es guapo.
Julia cerró el libro con un golpe seco.
—No voy.
—Julia…
—No.
—Ya confirmé.
El silencio cayó entre ellas.
—¿Qué hiciste? —preguntó Julia lentamente.
—Confirmé. Hace una semana. Hoy. A las ocho. En Salacaín.
Julia abrió los ojos como platos.
—¿Salacaín? ¿Estás loca? ¡Eso es carísimo!
—No pagas tú —dijo Marta encogiéndose de hombros—. Él invitó.
Julia se levantó de golpe.
—No voy vestida para eso.
—No importa.
—Sí importa.
—No importa tanto como crees.
Julia miró el reloj.
—Son las seis y veinte.
—Exacto. Tienes cuarenta minutos.
—No me da tiempo ni a lavarme el pelo.
—El moño te queda bien —dijo Marta, ya empujándola suavemente hacia el armario—. Ponte algo sencillo.
Julia miró dentro del armario. Vestidos había, pero todos requerían tiempo, maquillaje, tacones. Todo lo que no tenía.
Suspiró de nuevo, derrotada.
—Esto es una mala idea.
—Las mejores historias empiezan así —sonrió Marta.
A las siete y cincuenta y cinco, Julia cruzó la puerta del restaurante con el corazón encogido.
Llevaba un jersey gris gastado, unos vaqueros descoloridos y botas planas. El pelo recogido en un moño desordenado que no pretendía ser elegante. Se sentía invisible y fuera de lugar al mismo tiempo.
El restaurante brillaba. Manteles blancos impecables, copas de cristal fino, camareros que se movían con precisión casi coreografiada. Parejas bien vestidas conversaban en voz baja. Risas suaves. Perfume caro.
Julia se detuvo un segundo en la entrada.
Me voy, pensó.
Pero entonces el maître se acercó.
—¿Señorita Moreno?
Julia asintió, incómoda.
—Por aquí, por favor.
Mientras avanzaba entre las mesas, sentía miradas. No sabía si eran reales o producto de su inseguridad. Quería desaparecer.
En una mesa del rincón, cerca de la ventana, un hombre se levantó.
Alejandro Mendoza.
Tenía 35 años, cabello oscuro, barba de tres días perfectamente cuidada y unos ojos que parecían demasiado atentos. Vestía un traje oscuro sencillo, elegante sin ostentación. Cuando la vio acercarse, no mostró sorpresa ni decepción. Solo una sonrisa lenta, sincera.
—Julia —dijo, extendiendo la mano—. Me alegra que hayas venido.
Ella dudó un segundo antes de estrecharla.
—Hola… siento llegar así —dijo bajando la mirada—. Fue todo muy improvisado.
—Me alegra —respondió él—. Las cosas improvisadas suelen ser las más honestas.
Julia levantó la vista, sorprendida.
—Siéntate, por favor.
Se sentaron.
Durante unos segundos, el silencio fue incómodo.
—Antes de que pidas disculpas por tu ropa —añadió Alejandro con una sonrisa suave—, déjame decirte algo. Estás perfecta.
Julia parpadeó.
—No tienes que decir eso.
—Quiero decirlo.
Ella no supo qué responder.
Pidieron vino. Hablaron primero de cosas pequeñas: el tráfico, el frío, el trabajo.
—Soy profesora de literatura —dijo Julia—. Instituto público.
—Eso explica la mirada —respondió él.
—¿Qué mirada?
—La de alguien que observa antes de hablar.
Julia sonrió por primera vez.
—¿Y tú?
Alejandro dudó un instante.
—Trabajo en el sector inmobiliario.
—Ah.
Julia asintió, sin más.
Alejandro la observó con curiosidad. No había interés exagerado, ni preguntas estratégicas.
—¿No quieres saber más? —preguntó él.
—Si quieres contarlo, lo harás —respondió ella—. No me gusta interrogar.
Eso lo desarmó.
La conversación fluyó.
Hablaron de libros. De Lorca. De Machado. Julia se animó, gesticulaba, se le iluminaban los ojos cuando hablaba de sus alumnos.
—Cuando uno de ellos entiende un poema por primera vez —decía—, es como ver encenderse una luz.
Alejandro la escuchaba en silencio, con atención real.
—Nunca nadie me ha hablado así de su trabajo —confesó él.
—¿Así cómo?
—Con amor.
Julia se encogió de hombros.
—Es lo único que sé hacer bien.
No hablaron de dinero. No hablaron de estatus. No hablaron de futuro.
Solo estuvieron.
Dos horas pasaron sin que ninguno lo notara.
Cuando pidieron la cuenta, Julia frunció el ceño.
—Yo puedo pagar lo mío.
—No —respondió Alejandro con calma—. Esta vez invito yo. La próxima eliges tú el sitio.
—¿La próxima? —preguntó ella, sorprendida.
—Si quieres.
Julia dudó.
—Quiero.
Esa noche, Julia volvió a casa confundida.
—¿Y? —preguntó Marta apenas cerró la puerta.
Julia dejó el abrigo en la silla.
—No lo sé.
—Eso es buena señal.
—No habló de dinero.
—¿Y?
—Nada. No presumió. No intentó impresionarme. Me escuchó.
Marta sonrió.
—Cuidado.
—¿Por qué?
—Así empiezan las historias importantes.
Julia se rió, nerviosa.
—No digas eso.
Pero en el fondo, algo había cambiado.
Alejandro, en su ático silencioso, se sirvió una copa de vino y se sentó frente a la ventana.
Pensó en todas las mujeres que había conocido. En las sonrisas ensayadas. En las preguntas calculadas.
Y pensó en Julia, entrando con un jersey viejo, sin máscaras.
Por primera vez en años, no se sentía solo.
Sacó el móvil.
Alejandro: Gracias por venir esta noche. De verdad.
Tardó unos minutos en llegar la respuesta.
Julia: Gracias a ti por no hacerme sentir fuera de lugar.
Alejandro cerró los ojos.
Sonrió.
No lo sabía aún, pero aquella mujer con un jersey viejo había entrado en su vida para quedarse.
Y él, sin darse cuenta, ya la estaba esperando… con el corazón en la mano.