“Cuando la vocación vence al dolor: la conmovedora historia de un profesor que nunca dejó de enseñar, incluso cuando su cuerpo pedía rendirse.”

El sol apenas se levantaba sobre las colinas de San Esteban cuando la figura encorvada de don Ernesto apareció al final del camino polvoriento. Llevaba el mismo maletín de cuero que había usado durante más de treinta años y un sombrero viejo que apenas protegía su calva reluciente. Caminaba despacio, arrastrando los pies, pero con la determinación de quien aún tiene una misión que cumplir.

La escuela “Rosa del Alba” se encontraba en un pequeño pueblo perdido entre los cerros. Las paredes desconchadas y los techos oxidados hablaban de años de abandono, pero dentro de esas aulas humildes resonaban las risas, las voces, los sueños de decenas de niños. Y al centro de todo, siempre estaba él: don Ernesto.

A sus sesenta y ocho años, llevaba casi toda una vida enseñando. Había visto pasar generaciones de alumnos que ahora eran campesinos, enfermeros, maestros, incluso uno que se había convertido en alcalde. Pero su cuerpo empezaba a traicionarlo. Los dolores en el pecho se habían vuelto más frecuentes, y el médico del pueblo, con mirada triste, le había recomendado reposo absoluto.

—Don Ernesto, su corazón ya no aguanta el esfuerzo —le había dicho el doctor Ramos—. Si sigue así, podría ser fatal.

Ernesto sonrió con serenidad.
—Doctor, si dejo de enseñar, ¿qué me queda?

Cada mañana, su esposa, Clara, lo observaba mientras se preparaba.
—Ernesto, por favor, no vayas hoy —suplicaba ella—. Te estás poniendo peor.
—No puedo faltar, Clara. Hoy los chicos presentan su exposición de historia. He prometido estar allí.

Y salía, apoyado en su bastón, con el alma encendida de amor por su vocación.

Esa semana, la escuela estaba llena de vida. Los niños decoraban las paredes con carteles de colores: “Nuestros héroes nacionales”. Ernesto los guiaba con paciencia, aunque a veces tenía que detenerse para recuperar el aliento. Los alumnos notaban su debilidad, pero ninguno se atrevía a decir nada. Lo querían demasiado.

Entre ellos estaba Lucía, una niña de doce años, de ojos brillantes y sonrisa tímida. Era la más aplicada del grupo y, en secreto, la más preocupada por su maestro.
—Profe, ¿quiere que le ayude a cargar los libros? —preguntó una mañana.
—Gracias, Lucía, pero aún puedo con ellos. Aunque… quizás mañana sí necesite tu ayuda —respondió con una sonrisa que ocultaba el dolor.

El día de la exposición, Ernesto llegó con su camisa más limpia y una corbata que Clara había planchado con esmero. La fiebre le había subido durante la noche, pero no dijo nada. Mientras los niños presentaban, él los observaba con orgullo, sintiendo que cada palabra, cada gesto, era un pequeño triunfo de su esfuerzo.

De pronto, mientras Lucía explicaba sobre los libertadores de la patria, Ernesto sintió un fuerte dolor en el pecho. Se llevó una mano al corazón, respiró hondo y trató de mantenerse en pie. Los niños lo notaron.

—¡Maestro, siéntese! —gritó uno.
Pero él negó con la cabeza.
—Termina, Lucía. Quiero escuchar cómo acaba tu historia.

Ella, con lágrimas contenidas, continuó. Cuando terminó, todos aplaudieron. Ernesto sonrió débilmente, pero su cuerpo no resistió más. Cayó de rodillas, y el aula se llenó de gritos.

Lo llevaron de urgencia al hospital del pueblo. Clara llegó corriendo, con el rostro descompuesto. El médico hizo lo que pudo, pero el diagnóstico era claro: insuficiencia cardíaca avanzada.
—Debe quedarse internado, no puede seguir forzándose —dijo el doctor.

Los días siguientes, la escuela se sintió vacía. Los niños hablaban en voz baja, las risas desaparecieron. En el hospital, Ernesto pasaba las horas mirando por la ventana. Veía a lo lejos las montañas donde cada amanecer había caminado hacia su aula. Le dolía el cuerpo, pero más le dolía el alma.

Una tarde, Lucía entró con un cuaderno en las manos.
—Le traje las redacciones del grupo, profe. Queríamos que usted las corrigiera.
Él la miró sorprendido.
—¿Aún confían en mí para eso?
—Siempre. Nadie enseña como usted.

Ernesto tomó el cuaderno con manos temblorosas. Cada palabra de sus alumnos le devolvía vida.
Esa noche, decidió que regresaría. Aunque fuera por última vez.

Una mañana gris de junio, los niños escucharon un rumor que corrió como el viento:
—¡El profe volvió!

Y sí, allí estaba, entrando por la puerta del patio, con su bastón y su maletín. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban como el primer día. Clara lo acompañaba, sosteniéndolo del brazo.

—Solo será una clase —le susurró ella, conteniendo las lágrimas.
—Una sola, pero que valga por todas —respondió él.

Los niños lo rodearon emocionados. Ernesto pidió que se sentaran y comenzó a hablar. Su voz era suave, pero firme.

—Hoy no vamos a hablar de historia, ni de matemáticas. Hoy hablaremos de algo más importante: de lo que significa vivir con propósito.
Hizo una pausa, respirando con dificultad.
—Ustedes pensarán que soy terco por seguir viniendo. Y tal vez lo soy. Pero hay algo que he aprendido en todos estos años: uno no enseña solo con la mente, sino con el corazón. Y mientras el corazón late, hay que seguir enseñando.

Lucía lloraba en silencio. Los demás lo escuchaban sin parpadear.
—Cuando sean grandes —continuó Ernesto—, no olviden esto: lo que da sentido a la vida no es cuánto tiempo vivimos, sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos.

Terminada la clase, los niños se levantaron y lo abrazaron. Fue un momento breve, pero eterno.
Esa misma tarde, de regreso a casa, don Ernesto se sintió débil. Se recostó en su sillón favorito, mirando los viejos libros que llenaban su sala.
—Clara… los niños aprendieron bien hoy —dijo con voz apenas audible.
Ella le tomó la mano.
—Sí, mi amor. Les enseñaste lo más importante.

El sol se ocultaba cuando su respiración se volvió tranquila, serena. Una sonrisa leve quedó en su rostro, como si hubiera aprobado su última lección.

Días después, el pueblo entero acudió a su funeral. Los alumnos llevaron flores y cuadernos con dedicatorias. En la pared de la escuela, Lucía colgó un cartel hecho a mano:
“Gracias, maestro, por enseñarnos a vivir.”

Desde entonces, cada mañana, cuando el sol ilumina las aulas de “Rosa del Alba”, alguien dice que puede verse una sombra junto al pizarrón, sonriendo, con un viejo sombrero y un maletín de cuero.
Y los niños, sin miedo, saludan al aire.
—Buenos días, don Ernesto.

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