El misterio del B24 Stardust Eagle: 75 años después, el Pacífico revela la verdad sobre la tripulación desaparecida

Era una mañana húmeda del 18 de julio de 1944 cuando siete jóvenes hombres abordaron el B24 Stardust Eagle en una pista aislada de las Islas Salomón. Entre ellos estaba el capitán James “Jim” Mallerie, de 26 años, un muchacho de granja de Kansas, cuya habilidad al mando había salvado a la tripulación más de una vez. A su lado, el teniente Frank Dawson, copiloto, calmado y meticuloso, capaz de hacer cálculos en su cabeza mientras las balas surcaban el cielo. Detrás, Charles Itito, un navegante callado con un talento especial para los mapas celestes; Paul Rizzo, mecánico y técnico de 22 años, mantenía los motores funcionando; William “Billy” Harris, operador de radio, gestionaba la constante comunicación con la base; y finalmente, los artilleros Eddie Larkin y Henry Cho, apenas veinteañeros, precisos y leales.

Hasta ese momento, habían completado 12 misiones con éxito. La misión número 13 parecía rutinaria: una operación de reconocimiento sobre convoyes japoneses que abastecían Guadal Canal. Sin embargo, todos sabían que sobre el Pacífico nada era rutinario. La vastedad del océano era implacable: tormentas capaces de tragarse aviones enteros, motores que podían fallar en cualquier momento, y cazas enemigos al acecho.

A las 0430 horas, la Stardust Eagle despegó entre un cielo oscuro y pesado de humedad, rumbo a lo desconocido. La tripulación envió su último mensaje calmado a las 0945: “Stardust Eagle, posición grid 14-7, todos los sistemas normales”. Para las 10:30, el silencio reemplazó la comunicación. Una tormenta repentina los había envuelto y nunca emergieron. El radar y las patrullas no detectaron nada. La base, incrédula, inició una búsqueda masiva que abarcaría más de 200,000 millas cuadradas del océano, solo para encontrar vacío y silencio.

Los familiares recibieron telegramas lacónicos: “Desaparecido en acción”. Cada hogar quedó marcado por la ausencia de un hijo, un esposo o un hermano. Clara Mallerie, esposa de Jim, colocaba todos los días dos platos en la mesa con la esperanza de verlo regresar. Los Rizzo en Brooklyn seguían un mapa del Pacífico marcado con posibles lugares de caída. La hermana de Itito en Los Ángeles escuchaba la radio cada noche. La vida siguió, pero la herida permaneció abierta.

Con el tiempo, la historia del Stardust Eagle se convirtió en leyenda: un fantasma del Pacífico, desaparecido sin explicación. La inmensidad del océano y su capacidad para borrar la evidencia hacía que cualquier esperanza de respuestas pareciera imposible.

Sin embargo, en la primavera de 2019, un equipo de arqueólogos marinos y especialistas en sonar abordó el buque de investigación Endeavor. Su misión era cartografiar zonas inexploradas del océano, olvidadas desde la Segunda Guerra Mundial. En el cuarto día, un extraño hallazgo en el lecho marino, a 17,000 pies de profundidad, captó su atención: una forma simétrica, metálica, imposible de ignorar. Tras una investigación exhaustiva, el equipo confirmó lo que habían temido y esperado: un B24, con la silueta y dimensiones del Stardust Eagle, intacto, aunque cubierto por silt y coral.

La expedición desplegó un sumergible operado a distancia, el Nariad, que descendió hasta los restos. Lo que vieron congeló a todos: la aeronave descansaba en silencio, con los restos de la tripulación aún en sus puestos, cartas, mapas, instrumentos, paracaídas y munición conservados como si el tiempo se hubiera detenido en 1944. No hubo intentos de escapar; los hombres permanecieron fieles a sus estaciones hasta el final. Cada detalle contaba la historia de su valentía y del destino cruel que les tocó.

Tras la recuperación cuidadosa, se verificaron los restos: la matrícula del avión, los dog tags y documentos confirmaron la identidad de cada miembro de la tripulación. Los análisis forenses y la reconstrucción del accidente indicaron que un cambio repentino de clima, combinado con la desorientación y combustible casi agotado, probablemente provocó el choque. No hubo indicios de sabotaje ni de ataque enemigo.

El descubrimiento sacudió al mundo y, sobre todo, trajo un cierre esperado durante tres generaciones. Clara Mallerie, a los 99 años, recibió finalmente el anillo de bodas de su esposo. Los descendientes de la tripulación sostuvieron las dog tags, cerrando un capítulo doloroso pero finalmente completo. Los restos fueron honrados en Arlington National Cemetery, donde los hombres fueron reconocidos por su coraje y sacrificio.

La historia del Stardust Eagle no es solo sobre un avión perdido: es un testimonio de la fragilidad de la vida, la crueldad de la guerra y la paciencia del océano. Es una cápsula del tiempo que preservó los sueños, la valentía y la memoria de siete hombres durante más de siete décadas. Hoy, su legado no solo se recuerda, sino que descansa en paz, y la historia confirma que, tarde o temprano, el océano devuelve sus secretos.

El descubrimiento del Stardust Eagle reescribe la historia de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, recordando al mundo que la valentía y la memoria de quienes se sacrificaron nunca se pierden. Por fin, los hombres del Stardust Eagle regresaron a casa, y con ellos, un capítulo de dolor, misterio y esperanza se cerró para siempre.

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