El portón de hierro forjado crujió como una advertencia. Carmen apretó la mano de Laura. Sus dedos estaban helados. El frío de las siete de la mañana en la Ciudad de México calaba hasta los huesos, pero el frío que Carmen sentía por dentro era peor. Era el frío de no tener nada. Solo una bolsa de tela, una hija de cinco años y un miedo que le subía por la garganta.
—Mamá, esta casa es muy grande —susurró Laura.
—Sí, mi amor. Y vas a quedarte muy quietita mientras mamá trabaja.
Carmen no solo buscaba un sueldo. Buscaba un refugio. Su exmarido las había arrojado a la calle catorce días atrás. Catorce días de albergues y olor a desesperanza.
Teresa, la ama de llaves, las recibió con una mirada que pesaba más que el plomo. —¿Eres la nueva niñera? Nadie me dijo que venías con una hija.
—El anuncio decía que aceptaban niños —respondió Carmen, enderezando la espalda—. Lo confirmé con la señora Patricia.
—La señora Patricia no está. Aquí solo manda el silencio. Vengan.
El cuarto de servicio era una caja de zapatos con olor a humedad. Una cama. Un armario. Para Carmen, era la libertad. Pero la libertad tenía un precio, y ese precio vivía en el tercer piso.
La habitación olía a hospital, a alcohol isopropílico y a final. En el centro, una cama articulada sostenía el cuerpo frágil de Santiago. Tenía cuatro años, pero sus ojos azules parecían haber vivido siglos. Un tubo de oxígeno siseaba rítmicamente. Sssh… sssh… El sonido del tiempo escapándose.
—Hola, Santiago. Soy Carmen.
El niño no sonrió. —¿Tú también te vas a ir? —su voz era un hilo de seda a punto de romperse.
Carmen se arrodilló. Ignoró el lujo de la habitación y se enfocó en el miedo del niño. —No me voy a ir. No tienes que preocuparte.
Laura apareció detrás de Carmen. Su osito de peluche, viejo y remendado, colgaba de su mano. —Hola, soy Laura. ¿Quieres jugar?
Santiago la miró como si fuera un espejismo. Nadie entraba ahí para jugar. Entraban para medir su pulso, para inyectarle veneno o para llorar en silencio.
—Leucemia en etapa avanzada —dijo Juan Gómez en su despacho.
El hombre era una sombra de poder. Traje de seda, canas prematuras y una mirada que se hundía en el vacío. No miraba a Carmen; miraba a través de ella.
—Los médicos dicen que le quedan treinta días —continuó Juan. Su voz no tembló, y eso fue lo que más dolió—. Han pasado diez niñeras. Ninguna aguanta el dolor de ver a un niño desvanecerse.
—Yo aguanto —sentenció Carmen.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque yo ya lo perdí todo, señor. Solo me queda mi hija. No le tengo miedo al dolor, le tengo miedo a la soledad. Santiago no estará solo.
Juan la observó. Por un segundo, la máscara de millonario se rompió y Carmen vio a un padre roto. —Su madre se fue a Europa hace cuatro meses. Dijo que no podía soportar verlo morir.
Carmen sintió una náusea súbita. ¿Cómo se deja a un hijo cuando el cronómetro está en cero?
Los días se convirtieron en una coreografía de medicina y susurros. Carmen administraba los fármacos con precisión quirúrgica, pero era Laura quien administraba la vida.
—Santiago, ¿quieres que te cuente una historia? —preguntó Laura una tarde.
—Sí —respondió él, apenas moviendo los labios.
—Hay un castillo en las nubes. Es de azúcar y no hay bichitos malos en la sangre. Ahí puedes correr sin cansarte.
—¿De verdad existe?
—Claro. Es a donde van las personas cuando se sienten muy cansadas de luchar. Mi abuelo está ahí. Él ganó su batalla y se fue a descansar al castillo.
Carmen escuchaba desde la puerta, con un nudo en la garganta. Su hija de cinco años estaba explicando la muerte como si fuera una mudanza a un lugar mejor. No era resignación; era una sabiduría ancestral que ella no sabía de dónde había salido.
Al final de la primera semana, ocurrió un milagro menor. Santiago pidió bajar a la sala. Juan entró en la casa y se detuvo en seco. Su hijo estaba en el suelo, sin cables por un momento, jugando con plastilina.
—Hice un perrito para Laura, papá.
Juan miró a Carmen. Sus ojos brillaron. —¿El doctor lo permitió?
—Dijo que la alegría es el mejor analgésico —respondió ella.
Esa noche, Juan y Carmen hablaron en la cocina. Ya no era el jefe y la empleada. Eran dos náufragos en el mismo bote. —Gracias, Carmen. No lo veía sonreír desde hace meses.
—Es Laura. Ella sabe algo que nosotros olvidamos.
—¿Qué cosa?
—Que el tiempo no se mide en años, sino en lo que haces con los minutos que te quedan.
La segunda semana fue el descenso al abismo. Santiago dejó de jugar. El oxígeno ya no era suficiente. El color desapareció de sus mejillas, dejando una transparencia casi angelical.
—Tía Carmen… ¿por qué estoy tan cansado? —preguntó Santiago una madrugada.
Carmen le acarició la frente. Estaba ardiendo. —Porque eres un guerrero, campeón. Y los guerreros necesitan dormir para recuperar fuerzas.
Laura se acercó y puso su osito de peluche en los brazos de Santiago. —Llévatelo, Santiago. Él conoce el camino al castillo. Te cuidará en el viaje.
Santiago abrazó el peluche. Sus ojos se cerraron lentamente. —¿Soy valiente, Laura?
—Eres el niño más valiente del mundo —respondió la niña con una firmeza que rompió el corazón de Carmen.
El final llegó a las 3:47 de la madrugada. El siseo de la máquina se detuvo. El silencio que siguió fue ensordecedor.
Juan estaba de un lado de la cama. Carmen del otro. Laura, sentada a los pies, sostenía la mano fría del niño. Santiago abrió los ojos una última vez. No había dolor en ellos, solo una paz infinita.
—Papá… mamá Carmen… tengo sueño.
—Duerme, mi amor —susurró Carmen, aceptando el título que el niño le regalaba—. Ve al castillo.
Santiago exhaló. Un último suspiro que pareció llenar la habitación de una luz invisible. El monitor quedó en una línea plana.
Juan se derrumbó. Carmen lo sostuvo. Laura no lloró; miró hacia la ventana y sonrió levemente. —Ya llegó, mamá. Ya no le duele nada.
El funeral fue pequeño. Blanco. Lleno de flores que Santiago nunca vería, pero cuyo aroma parecía seguir sus pasos.
Semanas después, la mansión ya no era un lugar frío. Juan no dejó que Carmen y Laura se fueran. Se habían convertido en su columna vertebral. La tragedia los había fundido en una familia nacida de las cenizas.
Un año después, el jardín de la mansión estaba lleno de vida. Carmen, con el vientre abultado por un nuevo embarazo, miraba a Laura correr. Juan se acercó a ella y le tomó la mano.
—Vamos a llamarla Esperanza —dijo Juan.
—Esperanza —repitió Carmen—. Un nombre hermoso.
Laura se acercó corriendo y abrazó a ambos. —¿Saben? Santiago me dijo anoche en un sueño que el castillo es muy grande, pero que nos está guardando un lugar a todos.
Juan miró al cielo, donde una brisa suave mecía las copas de los árboles. —Gracias, hijo —susurró—. Gracias por enseñarnos que treinta días de amor valen más que una vida entera de vacío.
La vida seguía. El dolor no desaparecía, pero se transformaba en el motor para construir algo nuevo. En aquella casa, donde antes reinaba el silencio, ahora siempre había una historia que contar sobre un niño valiente y un castillo entre las nubes.