La Máscara de Mármol

La llamada terminó con un chasquido seco. El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

Rafael Peña soltó el teléfono sobre el escritorio de caoba. Sus dedos temblaban. “Ven a casa ahora”, había dicho Laura. Su voz no era la de su esposa. Era la voz de una desconocida que caminaba sobre cristales rotos.

Rafael miró su oficina. El éxito olía a cuero caro y perfume importado. Pero de repente, ese olor le provocó náuseas. Salió del edificio a zancadas. El motor de su Porsche rugió en la noche de Buenos Aires, pero él solo escuchaba los latidos de su propio corazón, golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado.

Llegó a la mansión. La estructura de mármol se alzaba como un mausoleo bajo la luz de la luna. Las luces de la entrada estaban apagadas. El vacío le apretó el estómago.

—¿Laura? —llamó al entrar. Nada. Solo el eco de sus propios pasos.

Subió la escalera. Cada escalón pesaba una tonelada. Al final del pasillo, la vio. Laura estaba de pie, inmóvil. El vestido de seda que él le había regalado brillaba bajo la luz tenue, pero su rostro era una máscara de piedra. Sus ojos, antes llenos de promesas, estaban huecos.

—Laura, me asustaste. ¿Qué pasa? ¿Dónde están los niños? —preguntó Rafael, intentando recuperar el aliento.

Ella no respondió. Solo señaló hacia la planta baja. De pronto, un grito desgarrador atravesó el aire. Un alarido de terror puro que solo puede venir de un niño.

Rafael no pensó. Corrió. Sus zapatos resbalaban en el suelo pulido. Llegó al salón y se detuvo en seco, oculto tras la sombra de la puerta entreabierta. Lo que vio le heló la sangre más que el viento del invierno.

Laura —o lo que quedaba de ella— estaba allí. Pero no era la mujer de las fotos perfectas en Instagram. Estaba frente a Teresa, la anciana que lo había criado a él y que ahora cuidaba a sus hijos. Laura tenía el rostro deformado por un odio visceral.

—Maldita seas, vieja estúpida —rugió Laura. Su voz era un látigo—. ¡Cállate de una vez!

Teresa estaba de rodillas, abrazando a los gemelos. Eugenio y Matías, de apenas tres años, sollozaban con el rostro enterrado en el delantal de la empleada. Sus cuerpos pequeños temblaban violentamente.

—Por favor, señora… —suplicó Teresa con la voz rota—. Son solo niños. No los asuste más.

—¡Me tienen harta! —gritó Laura, levantando la mano—. Son un estorbo. Un ancla que no pedí. ¡Quítamelos de encima o te juro que te arrepentirás!

Rafael sintió que el suelo desaparecía. Esa mujer no era su esposa. Era un monstruo que habitaba la piel de la persona que amaba. La traición fue un golpe físico en su pecho. Recordó los meses de frialdad, las excusas, el desprecio sutil que él había decidido ignorar por “paz familiar”. Qué idiota había sido. El poder en el mundo de los negocios no servía de nada si no podía proteger su propia sangre bajo su propio techo.

Retrocedió en silencio. Necesitaba pruebas. Necesitaba destruir la mentira antes de que la mentira lo destruyera a él.

Se encerró en su despacho. Sus manos, antes firmes para firmar contratos millonarios, ahora apenas podían operar el sistema de seguridad. Activó las cámaras ocultas. En la pantalla del monitor, la pesadilla se volvió técnica, fría, irrefutable.

Vio a Laura sentarse en el sofá, ignorando el llanto de los niños mientras se servía una copa de vino con una calma aterradora. Vio cómo empujaba a Teresa con desprecio cuando la anciana intentaba alimentar a los pequeños.

—No me importan —decía Laura a la pantalla de su celular, hablando con alguien llamado Carlos—. Este matrimonio es una cárcel de oro, Carlos. Pero pronto tendré las llaves. Los niños son solo el seguro de vida.

Rafael apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en las palmas. “Los niños son solo el seguro de vida”. La frase se repetía en su mente como una sentencia de muerte. El plan de Laura era siniestro: una fachada de madre perfecta para quedarse con la fortuna y los hijos como moneda de cambio, mientras su amante esperaba en las sombras.

Ya no había espacio para el miedo. Solo quedaba la justicia.

Rafael salió del despacho. Entró al salón como un huracán de furia contenida. El silencio cayó sobre la habitación.

—Laura —dijo él. Su voz era un trueno bajo—. Se acabó la función.

Ella se sobresaltó, pero recuperó la compostura en un segundo. Esbozó esa sonrisa falsa que ahora a Rafael le parecía repulsiva.

—Rafael, cariño… los niños están un poco rebeldes hoy. Teresa no sabe controlarlos —dijo ella, acercándose para tocarle el brazo.

Él se apartó como si ella fuera fuego.

—Te vi —sentenció Rafael—. Te escuché. Sé quién es Carlos. Sé lo que piensas de mis hijos.

El rostro de Laura cambió. La máscara se rompió por completo. La belleza se evaporó, dejando solo la crueldad.

—¿Y qué vas a hacer, Rafael? —desafió ella, cruzándose de brazos—. ¿Quién te va a creer? Soy la madre perfecta ante el mundo. Tú siempre estás trabajando. Es tu palabra contra la mía. Si intentas quitarme a los niños, te arruinaré. Me quedaré con cada centavo de esta mansión y tú terminarás solo.

Rafael sonrió. Era una sonrisa triste, pero poderosa.

—No es mi palabra, Laura —dijo él, sacando su teléfono y mostrando las grabaciones en tiempo real—. Es la verdad. Y la verdad no tiene precio.

Laura palideció. El teléfono se le resbaló de la mano. El poder que creía tener se desmoronó como un castillo de naipes.

—Fuera de mi casa —ordenó Rafael—. Ahora.

—¡No puedes hacerme esto! —chilló ella, intentando abalanzarse sobre él.

—Ya lo hice —respondió él con una frialdad absoluta—. La policía está en camino. Teresa ha testificado más de lo que imaginas. Has perdido, Laura. Nunca vuelvas a tocar a mis hijos.

Esa noche, la mansión se sintió más grande, pero por primera vez, el aire era puro. Rafael se arrodilló junto a los gemelos. Los abrazó con una fuerza que prometía que nunca más volverían a sentir miedo. Miró a Teresa, cuyos ojos cansados brillaban con alivio.

—Gracias por salvarlos cuando yo no estaba —susurró Rafael.

—Usted siempre estuvo, señor Rafael —respondió la anciana—. Solo necesitaba abrir los ojos.

Un año después, el sol iluminaba el jardín. No había cámaras ocultas, solo risas reales. Eugenio y Matías corrían tras una pelota, libres de sombras. Rafael los observaba desde el porche, bebiendo un café. La fortuna seguía allí, pero ya no era lo importante. Lo importante era la paz que respiraba cada vez que sus hijos lo llamaban “papá” sin que el miedo empañara sus voces.

La redención no fue fácil, pero fue total. Había aprendido que la verdadera riqueza no es lo que tienes, sino a quién proteges.

Related Posts

Our Privacy policy

https://tw.goc5.com - © 2026 News