
El panel sellado cedió con un chirrido de metal oxidado. Treinta y dos años de aire salino y abandono oficial. Los técnicos de mantenimiento solo buscaban recuperar equipo antes de que el gobierno lo declarara “pérdida total”. Encontraron la grabadora. No estaba conectada al sistema oficial; estaba oculta, cableada a la fuente de alimentación de emergencia. Un carrete de cinta de cuatro horas. La etiqueta, escrita con bolígrafo azul desgastado, decía: “Respaldo de Guardia. 23 de Octubre de 1989. J. Miranda.”
Jaime Miranda. Un nombre que en los archivos de la Secretaría de Marina (SEMAR) solo aparecía junto a una palabra: Desaparecido.
Jaime Miranda, un operador de radio de la Marina retirado y recontratado por necesidad. Desapareció esa noche. Faro de Roca Partida. Una formación rocosa aislada frente a las costas de Baja California Sur. Puerta de acero cerrada por dentro con doble cerrojo. Taza de café aún tibia. Se esfumó.
El audio comenzó. 8:03 p.m. La voz de Miranda, curtida, con el acento del Pacífico.
—Prueba de sistema de respaldo. Niveles de audio correctos. Registro iniciado. Que Dios nos agarre confesados si algo falla en esta chatarra.
Rutina. Tráfico de barcos. A las 11:52 p.m., un quiebre en la monotonía.
—Guardacostas Roca Partida. Aquí el buque ‘El Caimán’ de Ensenada. Solicitamos asistencia inmediata. Estamos tomando agua cerca de La Llorona…
La Llorona. Nombre popular de un arrecife peligroso en la zona. Miranda, urgente.
—El Caimán, aquí Roca Partida. ¿Cuál es su posición GPS? ¿Cuántas almas a bordo?
—Ocho millas al noreste de su posición, Guardián. Cinco a bordo. El agua sube por la escotilla. ¡Necesitamos que envíen a la Marina, ahora!
Miranda intentó contactar a la Base Naval de La Paz en la frecuencia de SEMAR. Nada. Silencio absoluto. La frustración era palpable en su respiración.
—¡Base Naval La Paz! ¡Roca Partida! ¡Relay de Mayday! ¿Me copian? ¡Buque en apuros en La Llorona!
Solo estática. El miedo, en México, no es a la tormenta, es al abandono.
🌊 La Ausencia de la Autoridad
Miranda habló al pesquero durante diecisiete minutos. Le instruyó usar la bomba manual, lanzar bengalas. Su voz se mantuvo firme.
—Roca Partida. Se acabó. Vamos para abajo. Diles a nuestras familias que fue La Llorona…
Silencio. Estática. Miranda gritó al micrófono.
—¡El Caimán! ¡Responda! ¡Por Dios!
Más silencio. Luego, un suspiro de pesimismo en la cinta.
—Lo sabía. —Su voz era un murmullo amargo. —La radio es solo un adorno. Nadie escucha aquí fuera.
12:34 a.m. Una voz nueva. Femenina. Pero con un eco extraño.
—Estación Roca Partida. Aquí el velero ‘Santa Elvira’. Observamos bengalas rojas sobre La Llorona. ¿Hay un incidente?
Miranda se aferró a esa voz. Le explicó todo. Le suplicó que contactara a la Base Naval, que denunciara la negligencia.
12:51 a.m. El regreso de la Santa Elvira.
—Roca Partida. Esto es inaudito. El operador marítimo dice que no hay registros de tráfico en esta zona. Estamos en el punto de las bengalas. Cero escombros. Cero sobrevivientes. Solo agua. ¿Está seguro de la posición?
El oyente se sintió helado. Miranda tomó un respiro.
—Santa Elvira. Repita. ¿Absolutamente nada? ¿Ni un trozo de madera?
—Negativo. Nada, Guardián. Solo… niebla en el horizonte. Y silencio.
💡 El Vértigo de la Leyenda
Miranda se movió, buscando en los registros. Escuchó el roce de los papeles. La voz de Miranda, baja, tensa.
—Santa Elvira. Confirme su matrícula. No hay ningún velero registrado con ese nombre en la base de Manzanillo.
La respuesta de la radio cambió. La voz, todavía femenina, sonaba forzada. Era profunda y hueca.
—Roca Partida. Le di el número correcto. Busque mejor.
—Santa Elvira… —La voz de Miranda era un hilo. —No existe ‘El Caimán’ ni ‘Santa Elvira’. El sistema de la Marina está mudo porque yo no estoy transmitiendo. La Paz no responde porque…
Se detuvo. Había enfrentado narcos y huracanes, pero esto era otra cosa. Esto era el vacío.
La voz de la radio regresó. Ya no era de mujer. Era un tono neutro, perturbador.
—Guardián Miranda. Deberías salir y verlo.
Miranda se quedó en silencio.
—Acércate a la ventana. Mira al noreste, Jaime.
Se escucharon sus pasos. El crujido del piso de madera. Luego, el silencio.
🌌 Las Luces del Océano Profundo
Cuando Miranda habló, su voz era irreconocible. No había miedo, sino una reverencia aterrorizada.
—Madre mía. Están aquí. Justo en el agua.
—Sí, Jaime. —dijo la voz sin cuerpo.
—No son embarcaciones. No. Tienen… Tienen una luz verde. Están girando. Giran en un patrón que no es de un motor. ¿Qué son?
El zumbido de baja frecuencia. Sutil, pero presente. El audio forense lo describiría más tarde como “un resonar biológico profundo”. El sonido de algo vivo y muy grande.
3:22 a.m. La voz regresó. No por la radio. Vino de afuera. Fuerte. Clara. Con el eco de la roca.
—Jaime Miranda. Te honramos por tu soledad. Sal.
La respiración de Miranda se aceleró, nítida.
—¡Identifíquense! ¡Soy un oficial, aunque sea abandonado!
—Has estado grabando. Eso es bueno. El mundo tiene que saber de dónde vienen las leyendas, Jaime.
—¿Qué leyendas? ¿Quién eres?
—Mira de cerca. ¿No reconoces la forma, Guardián? La misma que pintaban los antiguos. La misma que espera a los barcos que se pierden en La Llorona.
El sonido de viento no atmosférico, la “respiración biológica”, se hizo más fuerte.
—Jaime Miranda. Tu turno ha terminado. Pediste que alguien respondiera. Nosotros respondimos.
—¡Yo no llamé a ustedes! ¡Llamé a la Marina!
—Todas las llamadas son nuestras. El mar es nuestro. Sal.
🔒 El Silencio de la Partida
3:47 a.m. La transmisión final de Jaime Miranda. Su voz era un testamento, un acta de defunción.
—Aquí el operador de radio Jaime Miranda, Faro de Roca Partida. Registro final. Las luces en el agua no son embarcaciones ni OVNIs. Son lo que el pueblo llama ‘La Presencia del Mar’. Son reales. No es locura ni alcohol. Están llamando afuera. No puedo quedarme. La puerta está cerrada por dentro, pero eso es inútil.
—A quien encuentre esta cinta: esta es la prueba de que lo que se pierde en estas costas no es culpa de los hombres, sino de lo que espera. 24 de octubre de 1989. 0347 horas. Fin de la guardia.
La cinta siguió grabando. Movimiento. Pasos lentos. El inconfundible sonido del cerrojo de acero deslizándose hacia atrás.
La puerta se abrió. Los sonidos del mar rugieron. El viento no atmosférico.
Y luego, muy débil, la voz de Jaime Miranda por última vez, llena de una paz helada.
—Los veo. Es el turno de ustedes ahora.
4:01 a.m. El sonido de la puerta cerrándose. El cerrojo deslizándose de vuelta a su lugar.
Silencio. El hombre había desaparecido, dejando la única prueba de que, frente a la negligencia de la autoridad, algo más antiguo y terrible había respondido a su llamada de auxilio.