
Moab, Utah. Un amanecer de agosto de 2016.
Evan Mitchell, un joven de 17 años apasionado por la fotografía y la soledad del desierto, salió de casa con su vieja cámara colgada al cuello. Su madre recuerda haberlo visto comer rápido, tomar las llaves de su Ford Ranger y marcharse sin mirar atrás. Fue la última vez que alguien lo vio con vida.
Al día siguiente, su camioneta apareció abandonada en una carretera polvorienta que conducía al Cañón Sand Devil —un lugar tan hermoso como implacable, donde el silencio pesa más que el viento. Dentro del vehículo había una mochila sin agua, un mapa turístico rasgado y un viejo cuchillo. Ni teléfono, ni cartera. El aire caliente del desierto ya había comenzado a borrar su rastro.
El chico del desierto
Evan había crecido entre los cañones rojos de Moab. Para los turistas era un paraíso; para él, una jaula. Su sueño era irse a Salt Lake City y luego al Este, donde creía que la vida ocurría de verdad. Pero mientras tanto, el desierto era su refugio y su obsesión. Pasaba fines de semana enteros explorando senderos que pocos se atrevían a recorrer, guiado solo por el sol y la forma de las piedras.
Con su cámara capturaba la soledad: arcos naturales, ríos secos, la línea del horizonte bajo un cielo inmenso. Sin embargo, el verano de 2016 trajo un cambio inquietante. Sus profesores lo veían distante, distraído, dibujando símbolos extraños en los márgenes de su cuaderno —triángulos con una línea vertical, como si intentara descifrar un código antiguo.
Sus amigos recordaron después que hablaba de “lugares que nadie conoce” y de “dejar una marca”. Algunos creyeron que solo era una fantasía adolescente. Pero cuando desapareció, esas palabras se convirtieron en presagio.
El último rastro
La mañana del 20 de agosto, una cámara de seguridad lo captó en una gasolinera del centro de Moab. Compró una bebida, una barra energética y dos baterías de linterna. Parecía tranquilo. A las 10 de la mañana, su camioneta fue vista rumbo a Sand Devil Canyon. Un excursionista lo vio después, con una camiseta gris y una cámara colgando del hombro. Caminaba sin mirar atrás. Fue el último testigo.
El 21 de agosto, su vehículo fue hallado cerrado, sin signos de lucha. El mapa en el suelo mostraba cruces marcadas en distintos puntos del cañón. Ninguna coincidía con rutas turísticas.
Durante dos semanas, policías, voluntarios y drones rastrearon el desierto. Ni huellas, ni ropa, ni restos. El informe final fue tan frío como el amanecer: “Probablemente perdido y muerto por deshidratación”. Pero para su familia, esa explicación era imposible.
“Evan conocía ese terreno mejor que nadie”, insistió su padre. “No se habría perdido. Él planeó algo”.
Cuatro años de silencio
El caso se enfrió. Los periódicos dejaron de mencionarlo. Solo su madre mantenía viva la esperanza, guardando los cuadernos donde su hijo había dibujado aquellos triángulos misteriosos. Hasta que, en marzo de 2020, un estudiante de geología halló un símbolo tallado en una roca del cañón: el mismo triángulo con línea que Evan dibujaba.
La noticia corrió por Facebook, y en pocas horas la madre reconoció el símbolo. “Es el de mi hijo”, dijo al entregar los cuadernos a la policía. Los peritos confirmaron la similitud. El grabado era reciente. Quizás Evan lo había hecho.
De pronto, el caso revivió. La versión de una muerte accidental se tambaleaba. ¿Había estado Evan allí después de desaparecer?
El nombre en la piedra
Dos años después, en mayo de 2022, tres espeleólogos exploraban un nuevo pasaje abierto por un derrumbe. A quince metros de profundidad, entre paredes húmedas, encontraron algo que los dejó sin aliento: una palabra tallada en la roca. EVAN.
A su lado, una linterna rota y un cuchillo corroído. Las autoridades confirmaron que ambos objetos correspondían a los que el joven solía usar. Los análisis revelaron que la inscripción había sido hecha en 2016, el año de su desaparición.
Pero lo más inquietante estaba por venir: restos de carbón, un pequeño círculo de piedras, fragmentos de tela de camiseta. Evan no había estado solo un momento en esa cueva. Había vivido allí. Al menos por un tiempo.
El foro oculto
Reabierta la investigación, los expertos examinaron su viejo laptop. Esta vez, con tecnología capaz de recuperar archivos borrados. Descubrieron su participación en un foro llamado Hidden Caves of Utah. Su usuario: Sandseeker.
Durante meses, Evan había intercambiado mensajes con alguien bajo el nombre Deep Path. Ese misterioso usuario lo incitaba a buscar “lugares donde nadie te encuentre” y “fisuras donde se puede permanecer invisible”. Las IPs eran imposibles de rastrear: cafés públicos, redes abiertas.
¿Era un cómplice? ¿Un manipulador? Nadie lo sabe. Pero sus palabras parecían empujar a Evan hacia el abismo.
El patrón del desierto
Cuando la prensa volvió a cubrir la historia, surgió un dato escalofriante: el Cañón Sand Devil tenía antecedentes. En 2008, 2011 y 2015 desaparecieron allí un turista, una pareja de estudiantes y un viajero solitario. Ninguno fue hallado. Solo ahora, con el caso Mitchell, las piezas encajaban.
Los mapas mostraban que todas las desapariciones ocurrieron en la misma zona, donde las grietas formaban una red de cuevas interconectadas. Un laberinto bajo tierra que nadie había explorado del todo.
El hallazgo final
En agosto de 2022, un grupo de investigadores regresó a la cueva de Evan. Detrás del muro con la inscripción hallaron una pequeña cavidad. Dentro, un viejo contenedor metálico. En su interior, entre papeles rasgados, una tarjeta SD parcialmente quemada.
Los técnicos lograron recuperar algunas imágenes: pasillos estrechos, rocas con símbolos, y una sombra humana proyectada en la pared. Nadie pudo confirmar si era Evan… o alguien más.
Sin cuerpo, sin respuesta
El informe final, publicado en noviembre de 2022, reconoció oficialmente que Evan estuvo en esa cueva, pero no concluyó si fue por voluntad propia o bajo coerción. “No se ha establecido su paradero ni las circunstancias de su muerte o posible huida”, dice el documento. Caso cerrado. Sin cuerpo. Sin verdad.
Para su madre, eso no fue un cierre: “Mi hijo sigue vivo hasta que se pruebe lo contrario.”
Cada año, su hermana lleva fotos de los paisajes que él amaba al cementerio de Moab, donde solo una placa vacía reza: “En memoria de Evan.”
La cueva con un nombre
Desde entonces, los lugareños llaman al lugar “La cueva del nombre”. Los guías no la incluyen en los recorridos, pero eso no impide que curiosos y cazadores de misterios se aventuren hasta allí. Algunos dicen haber sentido cambios bruscos de temperatura, ruidos en la oscuridad o haber visto símbolos nuevos grabados en la roca.
Quizá el desierto aún guarda sus secretos. Quizá Evan los conoció demasiado bien.
Y mientras el viento recorre los pasadizos del Cañón del Diablo, su nombre sigue allí, grabado en piedra, esperando que alguien descifre la verdad que él quiso dejar atrás.