Los Ojos de la Verdad: El Despertar de Nicolás Fuentes

El sonido del monitor cardíaco era un látigo constante en el silencio de la habitación. Bip. Bip. Bip. Nicolás Fuentes, el hombre que una vez movió los hilos del mercado inmobiliario en Madrid, ahora parecía un muñeco de trapo roto sobre las sábanas de seda.

Pero Nicolás no estaba dormido.

A través de la rendija de sus párpados, observaba el mundo con la claridad de quien ha regresado de la muerte. El Audi era chatarra; su cuerpo, un mapa de dolor. Sin embargo, su mente era un cuchillo afilado.

La puerta se abrió. El perfume de Gabriela —caro, floral, invasivo— inundó la estancia antes que ella. No hubo un beso. No hubo una mano cálida sobre su frente. Solo el sonido rítmico de sus tacones contra el suelo de madera, un eco que parecía contar los segundos para su herencia.

—Hola, amor —dijo ella al teléfono, su voz era una caricia de terciopelo que Nicolás nunca había recibido—. Tranquilo, Andrés. Todo está bajo control.

Nicolás apretó los dientes, manteniendo su respiración pesada y artificial. El corazón le golpeó las costillas fracturadas.

—Los médicos dicen que podría ser permanente —continuó Gabriela, riendo bajito mientras se limaba una uña—. Ocho millones de euros, Andrés. Piensa en eso. Ese idiota estaba tan desesperado por una “madre” para sus hijos que firmó todo sin mirar. En unos meses, seremos libres.

Idiota. La palabra quemó más que el impacto del coche. Nicolás recordó el saboteo de los frenos. El vacío en el pedal. El muro de hormigón acercándose. Ahora lo entendía todo.

Pasaron las horas. La oscuridad devoró la habitación. Gabriela se había marchado a una “cena de negocios” con su socio y amante. Entonces, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez, el paso era ligero, casi tímido.

Era Lourdes.

La empleada del hogar se acercó con un balde de agua tibia. Con una ternura infinita, comenzó a limpiar la mano de Nicolás.

—Señor Nicolás —susurró ella, su voz quebrada por un llanto contenido—. Por favor, despierte. Sus hijos lo llaman cada noche. No deje que esa mujer les rompa el corazón más de lo que ya está.

Lourdes se sentó en el borde de la silla, ocultando su rostro en las manos. El móvil de ella vibró. Atendió rápidamente.

—¿Dígame, doctor?… ¿Tres meses?… No, no puede ser. Buscaré el dinero, lo juro. Haré lo que sea para salvar a Laura.

Nicolás sintió un desgarro en el alma. Lourdes, la mujer que cuidaba a sus hijos como si fueran propios, estaba viviendo su propio infierno. Su hija, Laura, se estaba muriendo por falta de un tratamiento que él podría pagar con lo que gastaba en un reloj.

Esa fue la señal. El juego del fantasma tenía que terminar.

—Lourdes —la voz de Nicolás salió como un susurro de ultratumba, áspera y seca.

La mujer dio un salto, tirando el cuenco de agua. Sus ojos se abrieron como platos, fijos en el hombre que acababa de incorporarse lentamente en la cama, con una mirada que emanaba poder y una furia fría.

—¡Señor! ¡Está despierto! ¡Llamaré a la señora!

—No —Nicolás le tomó la mano con firmeza—. No llames a nadie. Escúchame bien: tu hija va a vivir. Mañana mismo el Dr. Pedro recibirá los fondos para su tratamiento. Pero necesito que me ayudes a terminar esta farsa.

Lourdes lloró, no de tristeza, sino de un alivio que le devolvió la vida. Nicolás no solo estaba despierto; estaba listo para la guerra.

La mañana siguiente fue el juicio final. Gabriela entró en la habitación con un documento en la mano, lista para que el “abogado” de Andrés falsificara la firma de un hombre supuestamente vegetal.

—Es hora de firmar tu salida, querido —murmuró ella, acercándose a la cama con una sonrisa de depredador.

De repente, Nicolás abrió los ojos de par en par. No había confusión en ellos. Había una sentencia de muerte social.

—¿Buscabas esto, Gabriela? —preguntó Nicolás, mostrando la grabadora que Lourdes había escondido bajo la almohada.

El color abandonó el rostro de la mujer. Se tambaleó hacia atrás, chocando con el Dr. Pedro y dos oficiales de policía que esperaban tras la puerta.

—He escuchado cada palabra sobre los ocho millones. He visto cómo ignorabas el llanto de mis hijos. Y tengo el informe pericial de los frenos de mi coche.

—Nicolás, yo… puedo explicarlo… —balbuceó ella, pero su voz murió cuando vio a Andrés esposado en el pasillo.

—No expliques nada. Explícaselo al juez.

Meses después, el sol de San Sebastián de los Reyes iluminaba el jardín. Julián y Teresa corrían tras una pequeña niña de rizos negros que reía con fuerza: Laura.

Nicolás observaba la escena desde el porche, bebiendo un café. A su lado, Lourdes ya no vestía uniforme, sino un vestido sencillo y elegante. Ya no era la empleada; era el pilar de esa casa.

La traición le había quitado el coche, la salud y una falsa esposa, pero el accidente le había dado algo que el dinero nunca pudo comprar: la capacidad de ver quién se queda cuando las luces se apagan.

Nicolás miró a Lourdes y le tomó la mano. Por fin, después de tanta oscuridad, el hogar volvía a ser un refugio.

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