Cuando Ramón Estrada empujó la verja de su hacienda después de tres años en Europa, lo primero que vio lo dejó paralizado. El sol de Jalisco caía como plomo derretido sobre el maizal. En medio de la tierra agrietada, había un espantapájaros. Pero esa figura no era de paja. Se movía. Respiraba.
Ramón entrecerró los ojos, asfixiado por la luz cegadora. La figura estaba descalza, con los pies hundidos en los surcos secos. Llevaba harapos descoloridos por el olvido. Sus manos, extendidas como un cristo roto, sostenían dos palos amarrados con cuerda. Pero lo que detuvo el corazón de Ramón fue el destello en el dedo meñique: un anillo de oro con las iniciales R. E.
Ramón Estrada Junior. Su hijo. El que desheredó. El que juró no volver a ver. Estaba allí, convertido en un espantapájaros humano en su propia tierra. Ramón sintió que las piernas le fallaban. Dio un paso y la figura giró la cabeza. Sus ojos hundidos lo miraron sin reconocerlo. O tal vez sí. Y eso fue peor.
El Imperio de Soledad
Tres años atrás, Ramón era el hombre más temido de Guadalajara. Dueño de haciendas y de una fortuna levantada con manos callosas que terminaron volviéndose de piedra. Lucía, su esposa, fue la única que lo amó cuando no tenía nada. Pero el dinero trajo una distancia abismal. Mientras Ramón construía imperios de dieciocho horas al día, Lucía criaba sola a un niño callado y de preguntas incómodas.
—¿Por qué los peones comen tortillas frías si nosotros cenamos en plata, papá? —preguntaba el pequeño Junior. —El mundo es así —rugía Ramón—. O comes, o te comen. No seas débil.
Cuando Junior cumplió diecisiete años, las preguntas se volvieron barricadas. Estudiaba arquitectura, pero vivía en comedores comunitarios. Llevaba a casa amigos con ideas de justicia. Ramón los echaba a gritos. “En mi casa no entran comunistas”.
Entonces, Lucía enfermó. Fue rápido. Cruel. Ramón contrató a los mejores médicos, pero nunca estaba en casa. “Tengo negocios”, decía. Junior fue quien se quedó. Él la bañaba, él le leía, él le sostenía la mano mientras la vida se le escapaba.
Lucía murió un martes. Ramón llegó tres horas tarde al funeral. Esa noche, en la oficina, Ramón revisaba contratos. Junior entró sin tocar.
—Mamá murió hoy y tú revisas papeles —dijo el muchacho con la voz rota. —Ella ya no sufre —respondió Ramón sin levantar la vista—. La vida sigue. Aprende eso o la vida te enseñará a golpes. —¿Sabes cuál fue su última palabra? —preguntó Junior—. Tu nombre. Te llamó tres veces y no estabas.
Junior salió de la oficina. Al día siguiente, desapareció. Dejó una nota: “No puedo vivir donde el dinero vale más que las personas”. Ramón la tiró a la basura. “Ya volverá cuando tenga hambre”, le dijo al mayordomo, Don Esteban. Pero Don Esteban, que conocía el alma del niño, bajó la mirada. Sabía que no volvería.
El Regreso al Infierno
Pasaron meses. Ramón se hundió en el trabajo para no escuchar el silencio de la mansión. Llegaron cartas cada dos meses. Junior contaba que trabajaba en un albergue, que amaba a una chica, que cocinaba para cien personas. Siempre terminaban igual: “Te quiero, papá”. Ramón las guardaba en un cajón con llave. Nunca respondió. “Tiene que aprender”, se decía a sí mismo.
Al año, Ramón se fue a Barcelona por un negocio millonario. Tres años de edificios y lujos. Pero en el tercer año, las cartas cesaron. El vacío en su pecho creció. Un día, Don Esteban llamó. Su voz temblaba. —Señor Ramón, tiene que regresar. Es sobre Junior. No puedo explicarlo. Venga a la hacienda de Tala.
Ramón voló catorce horas. Manejó dos más con el estómago apretado. Llegó al atardecer, cuando el cielo parece un incendio. Don Esteban lo esperaba con los ojos húmedos. —¿Dónde está? —preguntó Ramón, al borde del colapso. Don Esteban señaló el maizal alto y dorado. —Lleva seis meses ahí. El cuidador le dio trabajo espantando pájaros. Junior no tenía nada, señor. Perdió el trabajo, perdió a la chica, estaba enfermo… y usted no respondía mis correos.
Ramón recordó los correos borrados. Su propia soberbia le devolvía el golpe. —Hace tres meses empeoró —continuó el viejo—. Dejó de hablar. Dice que los espantapájaros no comen. Que solo cumplen su función. Perdió la razón, señor.
Ramón caminó entre las plantas. El crujido del maíz seco era el único sonido. Y allí estaba. Su hijo. Inmóvil. Ramón se arrodilló en la tierra, manchando su traje italiano. —Junior… hijo… soy yo.
Junior bajó la mirada lentamente. El vacío en sus ojos era un pozo sin fondo. —Vine en cuanto supe. Lo siento tanto —sollozó Ramón. —Mi papá no viene —susurró Junior con voz de niño—. Mi papá es importante. Yo no sirvo para nada. Los pájaros vienen… tengo que trabajar.
El Peso de la Cruz
Ramón intentó bajarle los brazos, pero Junior se tensó. Estaban rígidos como madera. —¡No! —gritó el joven—. Si bajo los brazos, los pájaros vienen. Y si no sirvo, ¿para qué estoy vivo?
Ramón entendió entonces el veneno que él mismo le había inyectado: “Vales lo que produces”. En un acto de desesperación, Ramón se quitó el saco y extendió sus propios brazos al lado de su hijo. —Entonces me quedo contigo. Si tú no te vas, yo tampoco.
Pasaron diez minutos. Veinte. El dolor en los hombros de Ramón era un fuego que le desgarraba los músculos. Sudaba, lloraba, gemía. A los treinta minutos, Ramón colapsó. Se derrumbó sobre sus rodillas, vencido por el dolor físico que su hijo había soportado por meses. —No puedo… —jadeó Ramón—. No puedo aguantar lo que tú has aguantado.
Junior bajó los brazos lentamente. El movimiento fue un crujido de agonía. —Tú nunca pudiste —dijo Junior suavemente—. Por eso te fuiste. Porque era más fácil ganar dinero que estar aquí, sintiendo lo que duele.
Ramón lo abrazó. El cuerpo de su hijo era solo piel y huesos. Lo cargó en brazos, sorprendido de lo poco que pesaba la culpa.
La Larga Marcha hacia la Luz
Llevaron a Junior a un hospital psiquiátrico en Guadalajara. El diagnóstico fue devastador: brote psicótico por trauma prolongado. El joven creía genuinamente que su identidad era ser un objeto. Ramón no se movió de la sala de espera. Vendió sus empresas. Vendió sus lujos. Se mudó a un cuarto cerca del hospital.
Los meses fueron una batalla de sombras. Días en que Junior gritaba por los pájaros; días en que solo lloraba. Ramón asistía a cada terapia. Aprendió a pedir perdón sin usar palabras, solo estando presente.
Un día, en terapia, la doctora pidió un ejercicio. —Admiro tu bondad —dijo Ramón a su hijo—. Admiro que sobreviviste a mi propio egoísmo. Junior lo miró. Sus ojos tenían una chispa de luz después de años de oscuridad. —Necesito que sepas —respondió Junior— que cada vez que no respondiste, algo moría en mí. Y duele que hayas vuelto cuando ya estoy roto. —Lo sé —dijo Ramón—. Pero voy a pasar cada día de mi vida tratando de reconstruirte.
Ramón se quitó el reloj de oro de su abuelo y se lo puso a Junior en la mano. —Mientras tengas esto, yo estaré aquí. Es mi promesa.
El Vuelo Final
Pasó un año. Junior salió del hospital. Se mudaron a la vieja hacienda de Lucía. Junior decidió estudiar psicología para ayudar a otros “espantapájaros” olvidados por el mundo. Caminaban juntos por las tardes, ya no entre el maíz de la angustia, sino bajo los árboles que Lucía amaba.
Años después, en su graduación, Junior se acercó a su padre. Le devolvió el reloj de oro. —Ya no lo necesito para saber que estás aquí —dijo Junior con una sonrisa limpia—. Ahora guárdalo tú. Algún día se lo darás a mis hijos. —¿Y qué les diré? —preguntó Ramón, con los ojos llenos de paz. —Cuéntales la historia de un hombre que se perdió en el oro y de un hijo que se perdió en el maíz. Pero sobre todo, cuéntales que nunca es demasiado tarde para que el amor nos encuentre de nuevo.
Ramón abrazó a su hijo. Sintió el latido de un corazón que él mismo casi apaga. Comprendió que el tiempo perdido no se recupera, pero que el tiempo que queda puede ser sagrado si se vive con la verdad.
Bajo las estrellas de Jalisco, el espantapájaros finalmente había volado. Solo quedaba el hombre. Solo quedaba el padre.