“El viejo de las abejas en el mar de dunas: esperanza dorada entre arenas infinitas y el murmullo del viento perdido”

El viento soplaba abrasador sobre las arenas del vasto desierto de Las Arenas Olvidadas. Bajo ese cielo indeciblemente azul y sin nubes, cada grano de arena parecía brillar como diminutas estrellas inmóviles. En medio de esa inmensidad reseca y cruel vivía don Ezequiel, un anciano de mirada serena y manos endurecidas, quien había decidido desafiar aquello que muchos consideraban imposible: criar abejas en un entorno donde el agua escaseaba y las flores eran tesoros casi míticos.

Cada mañana al amanecer, antes de que el sol abriese su blanco dominio, don Ezequiel se levantaba aun cuando sus huesos protestaran. Caminaba por senderos de arena hacia sus colmenas, que él había distribuido estratégicamente en pequeñas depresiones del terreno, donde alguna humedad residual podría concentrarse después de tormentas lejanas. Sus trajes blancos le protegían del calor radiante y las telas gruesas de su rostro, mientras cargaba frascos con jarabe de cera líquida y algunas flores secas que conservaba de viajes a oasis distantes.

La gente del poblado cercano hablaba de aquel hombre como si fuera un sueño o una rareza: “¿Criar abejas en el desierto? ¿Para qué?” —decían unos, escépticos—. Otros, más curiosos, pasaban cerca de sus colmenas al caer la tarde, cuando don Ezequiel permitía que algunos se acercaran con cautela para observar esos cuadros blancos zumbantes, diminutas criaturas volando entre paneles de miel naciente. La mayoría creía que su proyecto estaba destinado al fracaso. Pero él no lo veía así. Para él, las abejas eran mensajeras de vida: si él lograba alimentarlas, cuidarlas y protegerlas del calor y de la sequía, tal vez en el desierto naciera algo frágil, pero bello: la esperanza.

Cierta tarde, mientras regresaba con frascos de néctar auxiliar recogido de un oasis lejano, observó en el horizonte una tormenta de arena emergente como un monstruo ondulante. El cielo se tornó amarillento, el viento se fortaleció, y una presión intensa presagió el inicio de lo que él llamaba el asalto del polvo. Don Ezequiel apuró el paso. Tenía que llegar pronto a sus colmenas para cubrirlas con telas especiales y proteger las abejas. Sabía que bastaba una tormenta feroz para matar colmenas enteras.

En ese momento comprendió que su lucha no solo era contra la sed o el calor, sino contra cada sorbo de muerte que el desierto le lanzaba: viento, polvo, carencia de sombra, depredadores miniatura. Pero en su corazón latía una certeza: las abejas no daban respuestas de fracaso. Si él persistía, algo florecería aun en la arena.

Durante semanas, don Ezequiel resistió. Durante el día, añadía jarabe nutritivo, revisaba reinas, fortalecía panales. Durante la noche, vigilaba posibles invasores: escorpiones, insectos carroñeros, incluso aves insectívoras que descendían desde las colinas rocosas cercanas. Bajo la luz de la luna (o su memoria lúgubre del cielo estrellado), él se movía entre colmenas silentes, escuchando el zumbido tenue de centenares de vidas diminutas existentes gracias a su empeño.

Un día, en pleno mediodía, cuando el calor alcanzaba su máxima furia, una ola de calor extrema se abatió sobre el desierto. La temperatura subió más de lo previsto. Las abejas comenzaron a inquietarse: algunas zumbaban con mayor fuerza, otras golpeaban las paredes interiores de los panales buscando escape del calor asfixiante. Don Ezequiel sudaba, recolectó agua escasa que tenía reservado en vasijas sumergidas bajo arena fría, pero sintió que quizá no sería suficiente.

A mediodía, una abeja reina dejó de moverse: su tórax, agitándose ligeramente, indicaba que estaba agonizando por el calor. Si la reina moría, toda la colmena corría peligro. Con manos temblorosas y el rostro transpirado, don Ezequiel abrió la colmena, extrajo con sumo cuidado a la reina y la colocó en una cámara auxiliar, rociando gotas finas de agua tibia mezclada con jarabe energético. Las obreras, al verlo, rodearon la cámara con zumbidos urgentes, como suplicando. Fue un momento de tensión máxima: cualquier movimiento brusco podría aplastar la reina, cualquier error la condenaría. Él contuvo la respiración mientras escuchaba el latido incesante de su propio corazón, acentuado por el calor insoportable.

Al caer la tarde, justo antes del crepúsculo, la reina parpadeó, movió ligeramente sus patas. Don Ezequiel soltó un suspiro profundo, y permitió que las obreras regresaran al panal central con su reina revitalizada. La victoria fue pequeña pero decisiva. En ese instante, mientras el sol sangraba sus últimos rayos sobre las dunas, el zumbido colectivo de las colmenas resonó con fuerza especial, como un himno diminuto a la vida.

Pero la prueba no había terminado. Aquella noche, una tormenta de arena furiosa convergió sobre la zona de colmenas. El cielo brilló con relámpagos amarillentos, el viento rugió, y el polvo se coló por cada rendija. Don Ezequiel apenas tuvo tiempo de cubrir las colmenas con telas gruesas, amarrarlas con cuerdas, colocar redes finas que permitieran ventilación pero bloqueasen las partículas abrasivas. Él mismo se ubicó en medio, con su cuerpo inclinándose ante el vendaval, protegiendo con su sombra humana las cajas de abejas. Le dolían los brazos, le ardían los ojos, pero no se movió.

Hubo momentos en los que una ráfaga arrancó una tapa leve o una red se desfiguró; don Ezequiel corrió, reajustó, sostuvo con fuerza. Mientras las arenas lo golpeaban como latigazos minúsculos, él sintió que el aliento le faltaba, que quizá aquella noche sería su fin. Pero no pensó en rendirse. En su mente recorría todas las imágenes ganadas: la reina viviente, las obreras vibrantes, el panal lleno de miel naciente que él esperaba entregar algún día como símbolo. Con esa visión más fuerte que el dolor, resistió.

Cuando por fin la tormenta amainó al amanecer, el desierto quedó bañado en un silencio blanco. Don Ezequiel, cubierto de arena, apuntaló las colmenas, las abrió con temor. Las abejas despertaron gradualmente: algunas heridas, algunas agotadas, pero vivas. La lluvia de polvo había enterrado muchas celdas de miel y afectado panales… pero ninguna colmena estaba completamente destruida. Él sintió en el pecho un latido agrandado: lo había logrado. Aquel era el momento del triunfo —una victoria pequeña, pero poema de vida en el desierto.

Pasaron los días siguientes en calma, pero no sin expectativa. Don Ezequiel dedicó cada jornada a rehabilitar panales, estimular la reproducción, extraer miel precaria, proteger las colmenas del sol abrasador con sombras improvisadas con telas ligeras y estructuras de ramas muertas que había recogido en crestones rocosos. Con un cuidado tierno y constante, volvió a ver cómo el espacio entre paneles se oscurecía con la miel que las abejas producían: un líquido dorado y espeso que significaba que su empresa no había sido quimera.

Un día, cuando el viento era apenas una brisa suave y el cielo mostraba nubes delgadas, bajó al poblado cercano con un frasco pequeño de miel extraída tras el gran esfuerzo. Caminó por la calle polvorienta hasta la plaza del poblado, donde algunas mujeres tendían ropa blanca, y niños correteaban entre casas de adobe. Don Ezequiel se detuvo, abrió el frasco ante la curiosidad de varios vecinos que observaban su llegada.

—Prueba —dijo—. Esto es lo que salvé del desierto.

Un hombre del poblado cogió una cucharada mínima, probó la miel y sus ojos brillaron de sorpresa. “¡Es exquisita!”, exclamó. Otros vecinos tomaron cucharaditas, sus rostros se elevaron: dulce, fragante, con matices florales que parecían imposibles dadas las áridas condiciones. El rumor corrió: el viejo que cría abejas en el desierto ha logrado producir miel.

Desde ese día, varios habitantes visitaban las colmenas con respeto y admiración. Algunos ofrecían pequeñas flores cultivadas en jardines con riego rudimentario; otros ayudaban a construir sombras y defensas contra el sol. Don Ezequiel aceptaba con modestia, compartía saberes: cómo regar moderadamente, cómo escoger flores resistentes, cómo cuidar reinas, cómo proteger contra tormentas. Lo que había sido un proyecto solitario se transformó en empresa comunitaria.

Con el paso del tiempo, el lugar cercano a las colmenas se volvió un pequeño vergel: flores resistentes, arbustos secos adaptados, caminos cubiertos de grava para retener humedad y tuberías simples que conducían un poco de agua desde un pozo lejano. Las abejas prosperaron. Cada mañana el zumbido llenaba el aire cálido del desierto con un canto diminuto. Don Ezequiel, con arrugas profundas y sonrisa suave, recorría sus colmenas, las revisaba, escuchaba el corazón colectivo de esas criaturas. Sabía que no había sido fácil, que muchos se habían burlado, que el calor lo había puesto al límite. Pero sabía también que había vencido el desierto con un arma frágil: el amor, la constancia, la fe.

La gente del poblado comenzó a hablar de milagro. Niños se acercaban con ojos asombrados para ver las colmenas, aprender. En noches claras, las estrellas parecían más próximas sobre aquel vergel improbable. Y don Ezequiel —viejo, pero vigoroso en su convicción— sentía que había cumplido su misión: demostrar que incluso en la aridez más profunda, donde todo parece condenado al silencio, puede latir una vida tenue, hermosa, persistente.

En su lecho de arena al anochecer, mientras contemplaba el cielo estrellado, pensaba en las abejas, en la reina que casi había perdido, en el polvo que las atacó. Y sentía en su corazón una emoción profunda: el orgullo sereno de quien ha plantado vida donde todos veían muerte. Cerró los ojos y, en sueños, oyó el suave zumbido de sus colmenas, como un canto de gratitud que él llevaba dentro.

Así concluye la historia del viejo que crió abejas en medio del desierto: un hombre que se enfrentó al calor, al polvo y al escepticismo, y ganó su pequeña guerra con paciencia, ternura y valentía. Y en ese triunfo silencioso, demostró que aun en los lugares más secos puede florecer algo dulce.

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