
En el vasto y extremo paisaje de Baja California, donde el desierto se funde con el Océano Pacífico bajo un sol inclemente, las montañas se alzan como guardianes silenciosos de historias ancestrales y secretos dolorosos. En el corazón de este escenario implacable, en el valle de San Vicente, se desarrolló una de las desapariciones más prolongadas y enigmáticas que mantendría en vilo a una humilde comunidad durante más de una década: la historia de Esteban Ríos, el campesino que subió al cerro y no regresó.
Esteban, un hombre de 52 años, con manos curtidas por el trabajo y el rostro marcado por el sol del Pacífico, vivía una vida sencilla pero digna. Su rancho era modesto, su mundo giraba en torno a su esposa, Luz María, y sus hijos. Cada mañana, con su café negro y sin azúcar, se calzaba sus botas de cuero gastadas, herramientas inseparables de una vida dedicada a la tierra, y salía a trabajar. Su segundo hogar, el Cerro ‘Pikachu’, una elevación de apenas mil metros, era su confidente silencioso, el lugar donde pastaba su pequeño ganado y encontraba la soledad necesaria. Esteban conocía cada sendero, cada roca; era parte intrínseca de ese terreno implacable.
El Día en que el Silencio se Hizo Permanente
El fatídico día fue un viernes, 23 de octubre de 2009. El calor aún era intenso, pero la sequía había sido cruel, obligando a Esteban a considerar vender una de sus pocas vacas para sobrevivir el invierno. Anunció que subiría al cerro para revisar unas cabras que se habían alejado y para cortar leña. Luz María, con esa preocupación instintiva de las esposas de campesinos, le preparó provisiones y le pidió no tardar. “Tranquila, regreso antes del mediodía,” respondió él con un gesto que era su escasa forma de afecto. Vistiendo su camisa a cuadros azul y gris, y sus inconfundibles botas, Esteban se encaminó hacia el sendero polvoriento que subía entre los arbustos espinosos, la última imagen que su familia tendría de él en vida.
Las horas pasaron con la lentitud desesperante de un día sin incidentes. Mediodía. Dos de la tarde. Cuatro. Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás del ‘Pikachu’, tiñendo el cielo de tonos dramáticos, Luz María sintió el escalofrío. No había figura bajando, ni el silbido de Esteban llamando a sus cabras. La primera noche fue una tortura de sonidos que no eran el de su esposo, una sinfonía de coyotes lejanos y grillos indiferentes al miedo que se instalaba en su pecho y el de su hija, Rosalva. Ambas sabían que algo estaba mal. Esteban no era un hombre que se extraviara. Conocía el cerro mejor que su propia mano.
La Búsqueda Desesperada y la Indiferencia del Cerco
Al amanecer, la madre y la hija emprendieron la búsqueda. Subieron por el sendero. Vieron las cabras de Esteban pastando tranquilas a poca distancia. Un detalle que sembró la primera duda: ¿si las cabras estaban ahí, por qué había subido Esteban más arriba? El camino se hizo salvaje. Gritaron su nombre, pero solo el viento y la aridez del terreno respondían. La noticia se corrió en San Vicente, un pueblo pequeño donde la desaparición de un hombre respetado y trabajador era un evento sísmico.
Don Jacinto, el comisariado ejidal, organizó brigadas de búsqueda. Decenas de hombres subieron al ‘Pikachu’ con cuerdas, linternas y machetes, pero el cerro se reveló como un laberinto de piedra suelta, barrancos ocultos y una vegetación hostil. Buscaron durante días. El lunes, Luz María fue a la policía de Ensenada, donde el oficial, distante y protocolario, le preguntó sobre vicios o enemigos, preguntas que solo profundizaban el dolor y la sensación de injusticia. Sin evidencia de una acción criminal, las búsquedas se redujeron. La policía concluyó que era un “accidente probable”.
El cerro guardaba el secreto con una implacable indiferencia. El comentario de un vaquero veterano resonó en la mente de todos: “Si Esteban se cayó por un barranco, puede estar en cualquier lado. Hay grietas aquí que ni Dios conoce.”
Años de Rumores y una Esperanza que Agoniza
La vida en el rancho se desmoronó lentamente. Sin Esteban, las tareas se volvieron insostenibles. Luz María se vio obligada a vender la mayor parte de la tierra, aferrándose solo a la casa y un pequeño huerto. Los rumores en el pueblo fueron el nuevo castigo: que se había ido, que tenía otra familia, o las habladurías más oscuras sobre posibles encuentros con personas de alto riesgo que usaban la montaña como ruta. Luz María enfrentó cada susurro con la certeza inquebrantable de una esposa que conocía a su compañero. “Mi esposo está en ese cerro,” repetía, “muerto o vivo, pero está ahí.”
La ayuda profesional llegó de forma esporádica. Tres semanas después de la desaparición, un equipo de Protección Civil usó un dron, pero solo encontraron basura. El jefe del equipo resumió la verdad con una palabra cruel: “Esperar”. Esa palabra se convirtió en la condena de Luz María, forzándola a vivir con un vacío inmenso. Cinco meses después, en marzo de 2010, la policía cerró oficialmente el caso, clasificándolo como una desaparición por causas desconocidas en zona montañosa.
Los años se arrastraron. En 2014, una falsa alarma: un cazador encontró una mochila vieja, pero no era la de Esteban. Luz María aprendió a vivir alrededor del vacío, no a aceptarlo. Su rutina era una armadura contra la locura. Por las noches, miraba el ‘Pikachu’, imaginando la escena final, una tortura que le robaba el sueño. El tiempo no sanó la herida, solo la hizo más profunda y silenciosa. En 2019, diez años después, una misa en la iglesia de San Vicente recordó al hombre perdido, pero el cerro seguía mudo.
El Reencuentro Inesperado: 14 Años Después
Octubre de 2023. Catorce años después de que Esteban Ríos se volviera un fantasma de la sierra, el ‘Pikachu’ decidió hablar, no a través de los locales, sino de unos visitantes. Un grupo de cinco montañistas de Tijuana, ajenos a la leyenda del campesino, subieron al cerro buscando aventura. Se desviaron del sendero principal, trepando por una cresta rocosa y hostil.
Fue Melissa quien tropezó con la primera y más crucial pieza del rompecabezas. Medio enterrada entre la tierra pedregosa y dos enormes cactus, descubrió una bota. No era una bota moderna, sino un zapato viejo de cuero gastado, la suela remendada con alambre. Un silencio espeso cayó sobre el grupo. Roberto, el más experimentado, tomó fotos. El macabro presentimiento se confirmó cuando, a unos metros de distancia, encontraron la segunda señal: entre una grieta estrecha y profunda, parcialmente oculta por la vegetación seca, había fragmentos óseos y jirones desintegrados de tela azul y gris, inequívocamente los restos de una camisa a cuadros.
La llamada a la policía fue un punto de inflexión. El Comandante Vargas, que había participado en la búsqueda inicial catorce años atrás, confirmó la terrible sospecha tan pronto como vio la evidencia. “Ya sé de quién es,” dijo. “Esteban Ríos. Desapareció hace 14 años justo en este cerro.”
La Paz Hallada en el Dolor
La noticia viajó como un rayo a San Vicente. Rosalva estaba de visita cuando una vecina llegó, con la voz quebrada. Luz María, con una calma que ocultaba la tormenta de catorce años, solo dijo: “Quiero ir.” Se vistió con su mejor traje y sus aretes de aniversario y subió al cerro.
Frente a la bota, ahora en una bolsa de evidencia, la compostura se rompió. “Es de él,” afirmó con voz temblorosa, “Yo misma la remendé aquí.” El llanto de Luz María, contenido por catorce años de estoicismo, resonó en el ‘Pikachu’. Finalmente, el cerro había devuelto su secreto.
La recuperación de los restos tomó dos días de trabajo meticuloso por parte del equipo forense. El Dr. Héctor Mondragón, el antropólogo a cargo, explicó que Esteban probablemente cayó en una fisura de colapso, una trampa natural estrecha en la parte superior. La caída le habría provocado lesiones internas graves, que en medio de la nada, sin ayuda, le habrían producido su deceso en cuestión de horas.
Junto a los huesos, encontraron objetos personales: fragmentos de una cantimplora, botones, y un rosario pequeño de madera, aún cerca de donde habría estado su mano. Este último detalle fue un consuelo para Luz María. Esteban había dejado este mundo aferrado a su fe, no solo.
El Final que Permitió el Descanso
El funeral de Esteban Ríos se celebró en diciembre de 2023. La urna sencilla con sus restos, junto a una placa que lo nombraba “esposo, padre, campesino,” estaba en la misma iglesia que cuatro años antes había acogido la ceremonia de su décimo aniversario de desaparición. El templo estaba lleno, incluso con los montañistas que viajaron solo para despedirse. “Gracias por encontrarlo. Gracias por traerlo a casa,” les dijo Luz María.
Ella sostuvo el rosario durante toda la misa, las cuentas pasando una y otra vez entre sus dedos. En el cementerio, al arrojar tierra sobre la urna, pronunció las palabras que habían tardado catorce años en ser liberadas: “Bienvenido a casa, mi amor. Ya puedo dormir.”
La historia de Esteban Ríos no tiene un final feliz en el sentido tradicional. Deja preguntas sin respuesta: ¿Por qué subió tan lejos? ¿Gritó pidiendo ayuda? Pero ofrece un final. Una certeza. Un punto y aparte. Se convirtió en una leyenda y una lección: una placa en la entrada del ‘Pikachu’ ahora advierte a los visitantes: “En memoria de Esteban Ríos… camina con cuidado, avisa a dónde vas, regresa a casa.”
Luz María vivió tres años más, con una paz que su hija nunca le había visto. Murió en marzo de 2027, tranquila, con el rosario de Esteban en las manos. La enterraron junto a él. La lápida doble, grabada con la inscripción “unidos en la eternidad,” cerró el círculo. El cerro, que durante tanto tiempo fue un lugar de angustia, se había convertido, finalmente, en un lugar de descanso. La naturaleza había hablado, y un campesino había vuelto a casa.
Reflexiones Finales sobre el Misterio de la Montaña
Esta crónica es un recordatorio de nuestra fragilidad. Un simple paso en falso, una grieta oculta por la vegetación, y todo se desvanece. Pero es también un testimonio del amor persistente, ese que se niega a olvidar. Luz María esperó. Ella buscó. Ella, y todos los que la ayudaron, mantuvieron viva la memoria de Esteban. Y a veces, en la oscuridad de una espera prolongada, cualquier respuesta, incluso la más dolorosa, es mejor que el silencio. El Cerro ‘Pikachu’ sigue en pie, guardando otros secretos, pero el de Esteban Ríos, el campesino de la bota remendada, finalmente fue contado.