El Macabro Secreto del Muro Falso en Lomas: Un Diario Estudiantil Desenmascara al Profesor Depredador de la UNAM y 15 Desapariciones en la CDMX

El 12 de junio de 1982, Alejandro “Álex” Castillo, un estudiante brillante que cursaba el último año de Ingeniería en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se desvaneció de forma misteriosa. Tenía 22 años, ambiciones claras y el futuro en sus manos. Su coche fue hallado abandonado cerca de la Zona Universitaria, con las llaves puestas, una anomalía que para su madre, Elena Castillo, nunca pudo ser un simple escape. Para las autoridades de la época, la desaparición fue archivada como un caso sin pistas o, peor aún, una huida voluntaria. Pero para Elena, ese día marcó el comienzo de una vigilia de veinte años, una dolorosa espera que solo la verdad, por terrible que fuera, podía finalizar.

El Eco de la Justicia en la Opulencia de la CDMX

Dos décadas más tarde, en marzo de 2002, en el exclusivo y antiguo barrio de Lomas de Chapultepec, Ciudad de México, el misterio comenzó a disolverse. Manuel García, un albañil experimentado y detallista, estaba a cargo de la remodelación de una majestuosa residencia que había sido comprada recientemente y cuyo nuevo dueño deseaba convertir el antiguo sótano en una cava moderna.

Fue un sonido seco lo que captó la atención de Manuel. Su pico golpeó una sección de la pared y el eco fue hueco, distinto, anómalo. Sus años de experiencia le dictaron que había algo oculto detrás. Tras una inspección minuciosa, notó fisuras en la pintura que sugerían un patrón rectangular, como si una apertura hubiera sido tapada y disimulada con prisa hace mucho tiempo. Con la ayuda de su compañero, Manuel realizó un pequeño agujero exploratorio. Lo que escapó por esa grieta fue un hedor a humedad profunda y aire viciado, el aliento estancado de lo que había permanecido oculto durante años en las entrañas de la capital.

Con sumo cuidado, Manuel García procedió a desmantelar el muro falso. Lo que la luz de su linterna reveló fue una escena de horror helado: en un pequeño compartimento de apenas dos metros cuadrados, yacían restos óseos, aún cubiertos parcialmente por ropas deterioradas por el tiempo. Junto al esqueleto, una mochila de lona descolorida, varios libros universitarios y, lo más crucial, un cuaderno.

La llamada a la Fiscalía General de Justicia (FGJ) fue inmediata. El Comandante Eduardo Juárez, jefe de Homicidios, un veterano con amplia experiencia, tomó el mando de la escena. El estado de los restos y la evidencia sugerían que el cuerpo llevaba allí entre quince y veinticinco años. Al revisar la mochila, los peritos encontraron la respuesta: una credencial universitaria y una identificación a nombre de Alejandro Castillo, el mismo estudiante desaparecido en 1982.

El Hilo Invisible: El Rastro del Catedrático

La noticia fue un golpe devastador para Elena Castillo. Después de dos décadas de aferrarse a la esperanza, la verdad, por más cruel que fuera, finalmente le ofrecía un cierre. En la sede de la Fiscalía, Elena identificó la mochila de su hijo, reconociendo un parche que ella misma había cosido.

El primer indicio crucial fue un recuerdo de Elena. Alejandro le había mencionado a un profesor, el Dr. Ernesto del Valle, catedrático de Historia del Arte, quien vivía precisamente en esa zona de Lomas de Chapultepec y que lo invitaba constantemente a su casa para “analizar su colección privada,” con una insistencia que a Álex le parecía inusual. El instinto del Comandante Juárez se encendió: los registros confirmaron que la residencia del hallazgo había sido propiedad del Dr. Del Valle hasta 1985, apenas tres años después de la desaparición de Álex.

Mientras se coordinaban las pruebas de ADN para la confirmación forense, toda la atención se centró en el cuaderno encontrado junto a los restos. Este documento no era una simple libreta de apuntes, sino el diario personal de Alejandro, el testimonio desesperado de sus últimos meses.

Las Últimas Palabras: El Manifiesto de la Valentía

En el laboratorio, la Dra. Sofía Rivas, perito forense, manejó el diario con guantes de seda. A pesar del deterioro por la humedad, la mayoría del texto era legible. La caligrafía, clara y metódica, comenzó a narrar una historia de acoso psicológico y manipulación bajo el disfraz de mentoría académica.

Las entradas de Alejandro documentaron un patrón de acoso: invitaciones persistentes a la casa de Del Valle, regalos no solicitados y una creciente incomodidad que pronto se convirtió en un miedo palpable. En una entrada crucial, Alejandro relató su descubrimiento más alarmante: en la sala de profesores, encontró una carpeta con fotografías de otros alumnos y recortes de prensa sobre desapariciones de jóvenes en la CDMX y estados aledaños.

El joven, en un acto de valentía y responsabilidad, comenzó a investigar en secreto. Descubrió que al menos dos estudiantes más, en años anteriores, habían desaparecido después de rechazar las atenciones del profesor. Alejandro estaba uniendo los puntos que nadie en la policía había logrado conectar.

La última entrada, escrita la mañana del 12 de junio de 1982, era una mezcla de desesperación y heroísmo. Alejandro sabía que Del Valle había notado su investigación y lo había amenazado con dañar a su madre y hermana. Decidió confrontarlo en su casa esa noche, dejando el cuaderno escondido como prueba final en caso de no volver. En sus últimas líneas, el estudiante señaló a su agresor y suplicó por justicia.

El Patrón del Depredador: Quince Víctimas, un Legado de Dolor

El diario de Alejandro Castillo fue la llave maestra que desbloqueó un archivo criminal espeluznante. La Agencia de Investigación Criminal (AIC), utilizando la información del cuaderno, revisó archivos de desapariciones entre 1975 y 1985, cruzando datos con las universidades (UNAM, IPN, ITESM) donde el Dr. Del Valle había dictado conferencias o clases como profesor invitado. El resultado fue escalofriante: quince casos de jóvenes varones universitarios que se habían desvanecido sin dejar rastro, todos conectados al mismo hombre.

El Dr. Ernesto del Valle, ahora de 72 años, fue localizado en su propiedad en un tranquilo paraje cerca de Valle de Bravo, viviendo una vida de aparente retiro. El Comandante Juárez y su equipo ejecutaron una orden de allanamiento. En la finca, descubrieron una habitación oculta donde las paredes estaban tapizadas con fotografías de sus víctimas. En estantes, objetos personales cuidadosamente organizados y etiquetados (relojes, credenciales, carteras) servían como trofeos de sus actos.

Interrogado, el Dr. Del Valle confesó fríamente 15 actos atroces a lo largo de 25 años. Su móvil, patológico y perverso, era el control. Explicó que invertía tiempo y atención en estos jóvenes, y que cuando estos lo rechazaban o intentaban seguir con sus vidas, sentía que no podían simplemente “irse.” Para Alejandro, la crueldad fue extrema: el profesor admitió haberlo drogado y, en un acto de control absoluto, lo emparedó vivo en el pequeño cuarto del sótano, donde, según él, el joven pereció de miedo y agotamiento tres días después.

Justicia Tardía, pero Inexorable

La confesión detallada permitió a los equipos forenses del Ministerio Público excavar el jardín de la antigua casa en Lomas de Chapultepec. Descubrieron ocho cuerpos más, enterrados y preservados lo suficiente para ser identificados mediante pruebas de ADN. La historia del profesor respetado, que resultó ser un depredador en las sombras de la sociedad mexicana, acaparó todos los titulares.

El juicio, celebrado meses después en el Tribunal Superior de Justicia de la CDMX, fue un evento cargado de emociones. Familiares de las quince víctimas llenaron la sala. El diario de Alejandro fue la prueba fundamental, un testamento a la valentía de un joven.

Elena Castillo, en el estrado de testigos, miró fijamente al Dr. Del Valle: “Usted me arrebató a mi hijo, pero no pudo quitarle su coraje. Alejandro venció al final, porque fue gracias a su verdad que usted fue capturado.”

El veredicto fue unánime: culpable de los quince crímenes y de ocultación de restos. El juez sentenció al Dr. Ernesto del Valle a quince penas consecutivas de 30 años, asegurando que el profesor pasaría el resto de su vida en confinamiento, una justicia largamente esperada.

Una semana después del juicio, Elena organizó un memorial. Quince cruces blancas rodearon la tumba de Alejandro, quien finalmente fue honrado. En ese lugar de paz, Elena leyó la última súplica de su hijo: “Si otra persona está leyendo esto, por favor, haga justicia.” El triunfo de la verdad, aunque llegó dos décadas después, cerró un capítulo de terror en la historia criminal de México. La valentía de un solo estudiante logró exponer un monstruo y traer justicia a quince familias.

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