El Último Grito Grabado en Piedra: La Desaparición de Caleb Morris Revela un Depredador Solitario en el Laberinto de Canyon Lands

La vasta, implacable y a menudo sublime belleza del Parque Nacional Canyon Lands en Utah tiene una doble cara. Es un santuario de silencio y grandiosidad para el alma fatigada, pero también un juez severo que no perdona errores. En junio de 2018, este laberinto de roca roja se convirtió en el escenario de una desaparición que resonó con la frialdad de sus acantilados, la de Caleb Morris, un exjugador de fútbol americano de 20 años de Albuquerque, Nuevo México. Caleb buscaba claridad, una pausa para “ordenar su cabeza” después de una suspensión en la universidad que había nublado su futuro. Su destino era la desafiante ruta que comenzaba en la infame Escalera Dorada (Golden Staircase) y descendía hacia la zona conocida simplemente como “El Laberinto” (The Maze), un nombre que pronto adquiriría un significado escalofriante para su familia.

El 24 de junio de 2018, Caleb dejó su itinerario detallado en la Estación de Guardabosques de Hans Flat. El guardabosques lo recordó como un joven tranquilo, pero extrañamente silencioso. Luego, una parada en la gasolinera Height Marina, el último vestigio de civilización antes del parque. La cajera, Cindy Gray, le aconsejó comprar tres cajas de cerillas. A la mañana siguiente, fue visto por última vez por un grupo de excursionistas cerca de la base de las Escaleras Doradas, caminando lentamente, con una gran mochila, sumido en sus pensamientos. Después de eso, el silencio. Un silencio que la inmensidad del cañón se encargó de engullir por completo.

La Búsqueda Contra la Naturaleza: El Desierto Contra el Reloj

Cuatro días después, al no tener noticias de su hijo, los padres de Caleb contactaron a la Oficina del Sheriff del Condado de San Juan. La operación de búsqueda y rescate que se puso en marcha fue masiva, pero frustrante desde el principio. El todoterreno blanco de Caleb fue encontrado en el estacionamiento, su mapa sin desplegar y un cuaderno de bocetos dentro: ninguna señal de lucha o prisa. El Laberinto, con sus temperaturas diurnas que rozaban los $40^\circ C$ y sus cañones chaóticos, se burlaba de los esfuerzos.

El guardabosques Todd Allison, líder de la búsqueda, lo resumió en su informe: “En esta parte del parque, un error y una persona desaparece sin dejar rastro. Sin senderos, sin señal, solo roca y sol.” Durante las primeras semanas, se peinaron más de 30 millas cuadradas con helicópteros, drones y equipos caninos. Los perros rastrearon un débil olor desde el estacionamiento que se desvaneció entre las mesetas de piedra, donde el viento borra el aroma en cuestión de horas. Los pilotos de helicóptero admitían que, incluso desde el aire, era casi imposible distinguir una sombra de una cavidad en la roca.

Los padres de Caleb llegaron al quinto día, esperando en el cuartel general, viendo a los rescatistas regresar cubiertos de polvo y con la cabeza gacha. En el undécimo día, la búsqueda fue reducida. Caleb Morris fue declarado oficialmente desaparecido. Lo que para la policía era un caso suspendido, para su familia era un vacío asfixiante. La falta de cualquier pertenencia, cualquier pista —una mochila, un zapato, cualquier cosa— dejó a los rescatistas con una inquietante sensación de inconclusión. El cañón se había llevado al joven sin dejar un solo recibo.

Tres Meses de Silencio: La Fotografía que Reavivó la Esperanza

El caso se enfrió. El desierto de Utah recuperó su rutinaria quietud. La investigación, ahora en manos del Detective Mark Gens, se centró en hipótesis: accidente por caída en una de las grietas de más de 10 metros, ataque de un animal salvaje (aunque improbable), o una desaparición voluntaria (descartada por la inactividad de sus cuentas bancarias y la permanencia de todos sus documentos en el coche).

Una pequeña chispa de esperanza, o de misterio, reapareció semanas después. Un turista de Colorado, Nathan Wood, se acercó a la policía con una fotografía. Tomada el día de la desaparición de Caleb cerca de la formación Chocolate Drops, mostraba la silueta de un hombre con chaqueta oscura y una mochila, asomándose al borde de un estrecho cañón lateral. La vestimenta, la postura, la mochila… todo coincidía con Caleb. El joven no estaba simplemente caminando; estaba mirando hacia abajo, como si algo lo hubiera llamado.

La nueva zona de búsqueda, sin senderos y de acceso casi imposible, fue filmada con cámaras de alta resolución. Tres días de grabaciones mostraron solo acantilados sin fin. Mientras tanto, los padres de Caleb continuaron su búsqueda personal, colocando carteles con la foto de su hijo en los pueblos circundantes. Cientos de llamadas inundaron la policía, ofreciendo avistamientos y rumores, pero las cámaras de seguridad y los registros hoteleros confirmaron que después del 24 de junio, Caleb Morris se había esfumado en el tiempo. En agosto, el caso se archivó: desaparición probable por accidente en condiciones ambientales difíciles.

El Macabro Hallazgo: Miles de Cerillas y el Esqueleto Sentado

El Laberinto, sin embargo, tenía su propia manera de revelar sus secretos. A finales de septiembre de 2018, poco más de tres meses después de la desaparición oficial, tres escaladores de Salt Lake City se aventuraron en la remota pared sur. Uno de ellos, Evan Ross, notó una estrecha abertura oculta por una cornisa. Lo que parecía un nicho de roca se reveló, con la luz de una linterna, como un pozo vertical de unos 6 o 7 metros de profundidad.

En el fondo de esa trampa natural, un espacio de no más de dos metros de ancho, encontraron restos humanos. Un esqueleto en posición sentada, con la espalda apoyada en la pared. A su lado, una mochila, una botella de agua vacía y una linterna sin baterías. Los forenses confirmaron lo peor: las pruebas dentales identificaron los restos como los de Caleb Morris. Su reloj de pulsera, con la batería agotada, se había detenido entre las 9 y las 10 de la noche.

La escena en el fondo del pozo era indescriptiblemente sombría. El suelo de la pequeña caverna estaba cubierto por una capa gruesa de cientos, quizás miles, de cerillas quemadas. Docenas de cajas vacías yacían esparcidas. Las paredes estaban ennegrecidas a la altura de una persona, como si Caleb hubiera estado encendiendo una cerilla tras otra, en un acto desesperado y mecánico de mantener a raya la oscuridad. El examinador médico no encontró signos de violencia, solo rasguños leves en las costillas por la caída. La botella estaba seca. El joven, sin duda, había muerto por deshidratación y agotamiento, pero la pregunta era: ¿cómo llegó allí?

El pozo era una trampa perfecta. Era imposible salir sin una cuerda, y la entrada estaba en medio de una pared rocosa, inaccesible. Las huellas de goma en el borde sugirieron que Caleb había intentado, en vano, trepar. Sus dedos estaban carbonizados, no por una gran llama, sino por el contacto prolongado y frenético con las cerillas. Un rescatista veterano admitió a los periodistas: “Era como si no solo hubiera muerto. Estaba mirando a la oscuridad y tratando de ver algo.”

El caso de Caleb Morris parecía tener un cierre trágico: un accidente, la fatalidad de la soledad en el desierto. Pero el Laberinto aún no había terminado de hablar.

El Mensaje Final: Un Nombre Grabado con la Última Fuerza

Pocos días después, los expertos regresaron a la cueva. Mientras un forense tomaba muestras de hollín de la pared, notó una serie de rasguños irregulares, con una clara dirección de izquierda a derecha, justo a la altura del pecho del fallecido. Tras limpiar el hollín, el haz de la linterna reveló letras grabadas a pulso, talladas profundamente con un objeto punzante, probablemente un trozo de cuarcita encontrado cerca.

El mensaje era corto, tembloroso, pero legible: “Fui arrojado aquí por un turista, varón, unos 40 años, barba gris, chaqueta roja. Su nombre es Luke.”

Esta inscripción fue un bombazo. La versión del accidente se desmoronó instantáneamente. El lugar de la tragedia se transformó en una escena de crimen. El caso fue reclasificado como asesinato con premeditación. El Detective Gens sintió, al ver la foto de la inscripción, que “el chico muerto mismo se había acercado a él desde la oscuridad.” Caleb, en sus últimas horas de vida, había invertido sus últimas energías en dejar un testimonio que señalaba a su agresor.

La descripción del sospechoso se distribuyó de inmediato. La policía revisó las imágenes de seguridad de los días previos a la desaparición. En una de las grabaciones de la gasolinera Height Marina, se vio a un hombre con una chaqueta roja detrás de Caleb. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero su altura y la descripción de la ropa coincidían. Caleb no estaba solo en el cañón.

La Cacería de Luke Evans: El Depredador Móvil del Desierto

La cacería por “Luke, barba gris y chaqueta roja” se desató. Los detectives rastrearon moteles, campamentos y tiendas. El dueño de un motel de carretera recordó a un huésped llamado Luke, que viajaba en una vieja camioneta Ford, que había dejado solo las iniciales “L. E.” en el libro de visitas. Las cámaras del motel capturaron al hombre: barba rojiza y gris, chaqueta roja, gran mochila. La evidencia clave estaba servida.

La investigación se centró en la pregunta: ¿por qué? Caleb no tenía objetos de valor que atrajeran a un ladrón común. La única conclusión plausible fue sugerida por expertos en psicología conductual: el agresor era un “solitario agresivo,” un depredador que se aprovechaba de la soledad del parque.

El avance definitivo llegó a finales de octubre. Nuevas imágenes de vigilancia de una estación de carretera cerca de Hanksville revelaron un rostro claro. La persona con chaqueta roja fue identificada en la base de datos federal como Luke Evans, de 42 años, un ex trabajador de almacén de Salt Lake City. Su ficha: antecedentes penales por agresión, robo a mano armada y posesión de armas. Evans había sido encarcelado dos veces y, tras su liberación anticipada, había desaparecido del radar policial.

Luke Evans no era un simple turista, sino un criminal experimentado que sabía cómo ocultarse. Sus antiguos compañeros de trabajo lo describieron como silencioso pero muy observador, que a menudo hablaba de “dinero fácil” y de “tontos con billeteras” que encontraba en rutas poco transitadas. En su taquilla se encontraron mapas de parques nacionales —Canyon Lands, Zion, Bryce Canyon— con marcas de senderos remotos. Su patrón de comportamiento fue clasificado como un modelo de “depredación móvil”: elegía a viajeros solitarios en zonas sin comunicación, los atacaba, robaba y eliminaba al testigo, sabiendo que el desierto podría ocultar un cuerpo durante años.

El FBI confirmó que al menos cinco personas habían desaparecido en los parques del sur de Utah en los tres años anteriores, todas ellas viajando solas por senderos poco poblados. Con la identificación de Evans, estos casos comenzaron a mostrar un patrón común. Su único error fue subestimar la desesperación y la voluntad de supervivencia de Caleb Morris. El joven, con un trozo de roca, grabó el nombre de su asesino, una acusación eterna en la piedra fría que destruyó el crimen perfecto de Luke Evans. El Laberinto había liberado su secreto, y ahora, la cacería de un depredador que convertía la tranquilidad de la naturaleza en una trampa mortal estaba en marcha. La inscripción final de Caleb, un legado de coraje y terror, aseguró que su silencio no fuera en vano.

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