El “Crucificado” de Potrero Chico: La Venganza por el Oro de la Revolución que Tardó 4 Años en Salir a la Luz

Un Descubrimiento que Heló a Nuevo León

El sol caía a plomo sobre las inmensas paredes de piedra caliza de El Potrero Chico, en Hidalgo, Nuevo León. Era octubre de 2018 y la temporada de escalada apenas comenzaba a atraer a aventureros de todo el mundo. Sin embargo, para Javier Martínez y Esteban Cantú, dos escaladores locales experimentados, la jornada de adrenalina se transformaría en una escena digna de una película de terror.

Mientras ascendían por una ruta poco transitada en la zona conocida como “El Toro”, divisaron una silueta extraña en una cornisa estrecha, situada a más de 400 metros del suelo. A esa distancia, la figura parecía un maniquí, quizás una broma pesada dejada por algún extranjero o una instalación artística de mal gusto. Pero al hacer rapel para acercarse, el olor y la vestimenta desgastada por el sol y la lluvia les revelaron la cruda realidad.

No era un muñeco. Eran los restos momificados de Tomás Roldán, un legendario guía de montaña mexicano que se había esfumado de la faz de la tierra cuatro años atrás. La escena era perturbadora no solo por el hallazgo, sino por la posición: Roldán no había caído. Estaba sujeto a la roca con equipo de escalada de alta gama, con los brazos y piernas extendidos y asegurados a anclajes en la pared, inmovilizado con una precisión técnica escalofriante. Sobre los restos de su chaqueta técnica, una inscripción tallada toscamente en la piedra caliza sentenciaba el motivo de su destino: “Nos mintió a todos”.

El Mito del “Gato” Roldán y el Tesoro Maldito

Para comprender la magnitud de este drama, hay que retroceder a septiembre de 2014. Tomás Roldán, apodado “El Gato” por su agilidad en la roca, era una figura carismática en la comunidad de escalada de Monterrey. Pero detrás de su sonrisa y sus historias de cumbres conquistadas, Roldán vivía al límite, ahogado en deudas y promesas rotas.

Meses antes de su desaparición, Roldán había convencido a un grupo de inversores privados de Monterrey —entre ellos Marcos Delgado, un exmilitar retirado y empresario de seguridad privada— de financiar una expedición “segura”. Roldán aseguraba tener mapas inéditos que ubicaban una cueva en la Sierra Madre Oriental donde supuestamente se escondía parte del “Tesoro de la División del Norte”, oro y plata ocultos por las tropas de Pancho Villa durante la Revolución Mexicana.

La fiebre del oro cegó a los inversores. Roldán recibió fuertes sumas de dinero para equipo, logística y sobornos ficticios. Pero el tiempo pasaba y el oro no aparecía. Cuando Roldán intentó presentar unas monedas antiguas compradas en un mercado de antigüedades como “pruebas” del hallazgo, la mentira se desmoronó. Delgado, un hombre conocido por su temperamento volátil y su estricto código de honor, descubrió el fraude. El dinero se había gastado en lujos personales y deudas de juego.

Acorralado y amenazado, Roldán anunció un viaje en solitario a Potrero Chico para “despejar la mente” y buscar una nueva ruta. Fue la última vez que se le vio con vida. Cuando no regresó, se organizó una búsqueda masiva con Protección Civil y voluntarios. Solo encontraron su mochila al pie de un barranco. Sin cuerpo y con los rumores de la estafa circulando, la mayoría asumió que Roldán había fingido su muerte o huido a Estados Unidos para escapar de la furia de sus acreedores.

La Investigación: Cuando la Montaña Habla

El hallazgo de 2018 reactivó el caso con una fuerza brutal. La Fiscalía de Nuevo León, apoyada por peritos forenses, determinó algo que erizó la piel de los investigadores: Roldán no falleció por impacto ni por deshidratación accidental. Las lesiones óseas sugerían que había sido sometido y subido a esa cornisa con vida o inconsciente, y luego asegurado allí para que no pudiera escapar.

El responsable no era un criminal común. Tenía que ser alguien con fuerza física, conocimientos expertos de escalada y, sobre todo, un rencor tan profundo como los cañones de la sierra. Era una ejecución lenta, diseñada para causar sufrimiento y terror.

La escena del crimen, preservada por la altura y el aislamiento, guardaba una pista microscópica. En uno de los nudos de la cuerda que sujetaba a Roldán, los peritos encontraron un cabello atrapado, preservado parcialmente por la resina de los árboles cercanos y la sequedad del aire. El análisis de ADN fue cotejado con la base de datos y arrojó una coincidencia parcial que llevó a los investigadores directamente a la familia de Marcos Delgado.

Además, la tecnología moderna jugó su carta. Al revisar los registros de las torres de telefonía celular de 2014 —datos que en su momento no se analizaron a fondo—, se descubrió que el teléfono de Delgado había “pingeado” (conectado) en una torre cercana a Hidalgo el día de la desaparición de Roldán, contradiciendo su declaración original de que se encontraba en una reunión de negocios en San Pedro Garza García.

La Caída del Vengador

En un cateo realizado en la residencia de Delgado en una zona exclusiva de Monterrey, la policía encontró un “cuarto de trofeos”. Entre recuerdos militares y fotos de caza, hallaron un diario y un mapa de Potrero Chico con la ruta exacta marcada con una “X” roja y la fecha de la desaparición de Roldán.

Ante la evidencia, la arrogancia de Delgado se quebró. Durante el interrogatorio, confesó con una frialdad pasmosa. Admitió haber seguido a Roldán hasta el parque, impulsado por la humillación de haber sido timado por un “escalador de poca monta”. Según su relato, lo sorprendió en la base de la montaña y, a punta de pistola, lo obligó a escalar hasta esa cornisa aislada.

“Quería que sintiera el miedo que yo sentí al perder mi patrimonio”, habría declarado Delgado. Lo dejó atado, asegurándole que volvería a bajarlo si confesaba dónde estaba el dinero restante. Pero Delgado nunca tuvo intención de volver. Lo dejó allí como un monumento a la traición, confiando en que la inmensidad de la Sierra Madre guardaría su secreto eternamente.

El Eco en la Comunidad

En 2019, Marcos Delgado fue sentenciado a la pena máxima permitida por secuestro agravado y homicidio calificado. El caso sacudió los cimientos del turismo de aventura en México. La historia de “El Crucificado de Potrero Chico” se convirtió en una leyenda negra que se cuenta en las fogatas de los campamentos, una advertencia sombría sobre la codicia y las consecuencias de jugar con la confianza de la gente equivocada.

Hoy, aunque la ruta ha sido limpiada, pocos se atreven a escalar esa sección de “El Toro”. Los locales dicen que el viento silba diferente en esa cornisa, recordando el trágico final de Tomás Roldán, el hombre que prometió oro y encontró su tumba en el cielo de Nuevo León.

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