Parte 1: El Obturador y el Abismo
El último sonido que Rachel Morrison escuchó como una mujer libre fue el suave y mecánico clic del obturador de su Nikon F3.
Congeló el tiempo. Un segundo perfecto. La luz de julio de 1990 bañaba el valle de Cascade Falls en un oro líquido. El verde de los pinos era tan vibrante que dolía mirarlo. En el visor de su cámara, el mundo era ordenado, hermoso y eterno. Luego, el mundo se rompió.
No hubo advertencia. Ni el crujido de una rama, ni la respiración agitada de un depredador. Solo una mano enguantada en cuero que surgió de la nada, cubriendo su boca con una fuerza que no parecía humana. El grito murió en su garganta antes de nacer. Sintió un pinchazo agudo en el cuello. Una aguja. El cielo azul de Colorado comenzó a girar. Los pinos se derritieron. La cámara, su posesión más preciada, se resbaló de sus dedos entumecidos. Golpeó la roca. El lente se partió. Y entonces, la oscuridad se la tragó entera.
Tres horas antes.
El aire olía a resina de pino y libertad. Rachel, con 19 años y toda la vida por delante, ajustó las correas de su mochila. Sus amigas, Jessica, Amanda, Sarah y Kim, reían unos metros más adelante, sus voces resonando en el sendero como campanas de cristal. —¿Estás segura de que trajiste suficiente película? —bromeó Jessica, dándose la vuelta. Su cabello rubio brillaba al sol. Rachel sonrió, tocando la cámara que colgaba sobre su pecho como un talismán. —Tres rollos de 36 exposiciones. Si no puedo capturar la esencia de Colorado con eso, no merezco ser fotógrafa. Era el final de un año académico brutal. Este viaje era la recompensa. Cinco chicas, las Montañas Rocosas y un fin de semana sin padres, sin exámenes, sin expectativas.
El grupo avanzó, subiendo por el sendero de Cascade Falls. El terreno era moderado, pero traicionero para los distraídos. —Mantengámonos juntas —advirtió Amanda, la voz de la razón del grupo—. No hay señal de radio aquí. Si te caes, te quedas. Rachel asintió, pero sus ojos de artista ya estaban escaneando el horizonte. Buscaba la luz. Siempre buscaba la luz. Llegaron al mirador a las once de la mañana. La vista era un golpe al pecho: picos nevados mordiendo el cielo, un valle que se extendía como una alfombra de terciopelo verde. —Dios mío —susurró Rachel. Mientras sus amigas se sentaban a comer sándwiches y beber agua tibia, Rachel vio algo. Un afloramiento rocoso. Estaba a unos cincuenta metros fuera del sendero, peligrosamente cerca de una caída pronunciada, pero el ángulo… el ángulo era perfecto. —Voy allí un segundo —dijo Rachel, señalando—. La luz está cambiando. Necesito esa toma. —No te alejes, Rach —gritó Amanda con la boca llena. —Diez minutos. Lo prometo.
Esos diez minutos se convertirían en dieciséis años.
Rachel se abrió paso entre los arbustos densos. El ruido de las risas de sus amigas se desvaneció, reemplazado por el susurro del viento. Llegó al borde. Levantó la cámara. Enfocó. El paisaje era sublime. Se sintió infinita. Clic. Bajó la cámara para ajustar la apertura. Fue entonces cuando la sombra cayó sobre ella. No era una sombra de nube. Era una sombra sólida. Rachel giró la cabeza. Y el obturador de su vida se cerró.
El Pánico.
Veinte minutos. Jessica miró su reloj. —Rachel ya debería haber vuelto. Treinta minutos. El silencio del bosque, antes pacífico, ahora parecía opresivo. Pesado. —¡Rachel! —gritó Amanda. Solo el eco respondió. Rachel… Rachel… Rachel… Las chicas se levantaron, el miedo reptando por sus espaldas como un insecto frío. Caminaron hacia el afloramiento rocoso. —Tiene que estar aquí —dijo Sarah, con la voz temblorosa—. Tal vez se torció un tobillo.
Llegaron al borde. No había nadie. Solo una cosa yacía sobre la piedra gris: la Nikon F3. El lente estaba destrozado, el cristal esparcido como diamantes rotos. Jessica recogió la cámara. Estaba fría. —Oh, Dios —susurró. Amanda sacó el walkie-talkie de emergencia, sus manos temblando tanto que casi lo deja caer. —Mayday. Mayday. Tenemos una persona desaparecida en Cascade Falls. Por favor. Alguien responda.
Para el anochecer, el bosque se había transformado en un escenario de pesadilla iluminado por linternas y luces estroboscópicas. David y Linda Morrison llegaron a medianoche. El viaje desde Denver había sido un borrón de lágrimas y negación. David, un hombre estoico que rara vez mostraba emoción, estaba al borde del colapso. Agarró al jefe de los Rangers, William Tucker, por los hombros. —Ella no se escapó. Ella no se perdió. Rachel es lista. ¡Alguien se la llevó! Linda, su madre, sostenía la cámara rota contra su pecho, como si pudiera absorber el calor residual de las manos de su hija. —Encuéntrenla —suplicó—. Es solo una niña. Tiene miedo a la oscuridad.
La búsqueda fue masiva. Cincuenta hombres. Perros rastreadores. Helicópteros que cortaban el cielo con sus rotores. Tres semanas. Revisaron cada grieta. Cada lago. Cada cabaña abandonada en un radio de diez kilómetros. Nada. Era como si la tierra se hubiera abierto, tragado a Rachel Morrison, y se hubiera vuelto a cerrar sin dejar cicatriz. Los perros perdían el rastro en el afloramiento rocoso. No había huellas de neumáticos. No había sangre. Solo el vacío.
El hermano de Rachel, Kevin, de quince años, se sentó en su habitación, mirando los carteles de “DESAPARECIDA” que empapelaban la ciudad. La cara de su hermana le sonriía desde el papel granulado. “Volverá”, se decía a sí mismo. “Ella prometió ayudarme con mi tarea de matemáticas.” Pero los meses pasaron. El verano se convirtió en otoño. La nieve cubrió las montañas, enterrando cualquier pista que pudiera haber quedado. La policía archivó el caso. “Desaparición en circunstancias sospechosas”. Rachel se convirtió en un fantasma. Una historia de advertencia que los padres contaban a sus hijos. No te alejes del sendero. No te separes.
El Infierno Subterráneo.
Rachel despertó. No sabía cuánto tiempo había pasado. ¿Minutos? ¿Días? Lo primero que notó fue el olor. Humedad. Tierra rancia. Orina antigua. Lo segundo fue el dolor. Su cabeza palpitaba como si se hubiera abierto. Trató de levantarse, pero un sonido metálico la detuvo. Un sonido pesado, brutal. Clank. Miró hacia abajo, pero no podía ver nada. La oscuridad era absoluta. Una oscuridad física, espesa, que presionaba contra sus ojos. Tanteó con las manos. Sintió el metal frío alrededor de su tobillo derecho. Un grillete. Grueso. Pesado. Siguió la cadena con sus dedos temblorosos. Un metro. Dos metros. Tres metros. Terminaba en una estalagmita de roca sólida.
—¿Hola? —su voz salió como un graznido—. ¿Hay alguien ahí? Silencio. Solo el sonido de una gota de agua cayendo en algún lugar lejano. Plic. Plic. Plic. El pánico estalló. Rachel gritó. Gritó hasta que su garganta se sintió como si hubiera tragado vidrio. Tiró de la cadena, pateó, arañó el suelo de piedra hasta que sus uñas se rompieron. —¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Mamá! ¡Papá!
Entonces, una luz. No era la luz del sol. Era un haz amarillo, enfermo, de una linterna eléctrica. Rachel se encogió contra la pared de la cueva, cubriéndose los ojos. La luz se acercó. Detrás de ella, una figura. Un hombre. Alto. Desgarbado. Una barba que le llegaba al pecho, enmarañada y gris. Pero lo peor eran sus ojos. No había ira en ellos. No había lujuria. No había odio. Estaban vacíos. Eran los ojos de un tiburón. Ojos que miraban, pero no veían una persona. Veían un objeto. Llevaba un cubo en una mano y un trozo de pan en la otra.
—No grites —dijo el hombre. Su voz sonaba oxidada, como si no la hubiera usado en años—. El sonido rebota. Me duele la cabeza. Rachel tembló, las lágrimas corriendo por su cara sucia. —¿Quién eres? ¿Qué quieres? Tengo dinero… mis padres tienen dinero… El hombre dejó el cubo en el suelo. —Agua —dijo, ignorando sus súplicas—. Comida. Se dio la vuelta para irse. —¡No! —Rachel se lanzó hacia adelante, pero la cadena la detuvo en seco, cortando la piel de su tobillo—. ¡Por favor, déjame ir! ¡No le diré a nadie! El hombre se detuvo. Giró la cabeza lentamente. —No vas a ir a ninguna parte. Necesito… presencia. —¿Presencia? —Rachel sollozó—. ¿De qué estás hablando? —Es demasiado silencioso aquí —murmuró el hombre, más para sí mismo que para ella—. Necesito saber que hay algo vivo cerca. Tú eres el término medio. No hablas mucho. Solo estás. —¡Soy una persona! —gritó Rachel—. ¡Tengo nombre! ¡Soy Rachel! El hombre la miró una última vez antes de desaparecer por el túnel, llevándose la luz con él. —Ya no —dijo desde la oscuridad—. Ahora solo eres mía.
La oscuridad volvió. Y con ella, el tiempo comenzó a morir.
Los primeros meses fueron una tortura de esperanza. Rachel esperaba que la policía irrumpiera. Esperaba escuchar la voz de su padre. Marcaba los días rascando la roca con una piedra pequeña. Una línea por cada “día” que ella calculaba según sus ciclos de sueño. Pero pronto, los ciclos se rompieron. El hombre, a quien llamaría “El Monstruo” en su mente, y luego simplemente “Thomas” cuando él se lo dijo en un susurro, venía a veces a diario. A veces desaparecía por semanas. El hambre se convirtió en su compañera constante. La sed era una agonía. Aprendió a lamer la condensación de las paredes de la cueva. Aprendió a comer insectos que se arrastraban cerca de su colchón mugriento.
La fragmentación comenzó al segundo año. Rachel dejó de saber si estaba despierta o soñando. Alucinaba. Veía a sus amigas en la oscuridad. Veía a su madre cocinando en la esquina de la cueva. Les hablaba. —La luz era perfecta, mamá —susurraba a la oscuridad—. Deberías haber visto la foto. Su mente, para protegerse, se rompió en pedazos. Olvidó el color azul. Olvidó el sabor de la leche. Olvidó cómo se sentía el viento. Su mundo se redujo a tres metros de cadena, un cubo de plástico y la oscuridad eterna. El dolor de la cadena en su tobillo se convirtió en la única prueba de que todavía estaba viva. La piel se curaba y se volvía a abrir, creando capas de tejido cicatricial, una armadura de carne deformada.
Thomas nunca la tocó sexualmente. Eso, de alguna manera, hacía todo más terrorífico. No la quería por placer. La quería como quien tiene una pecera. Se sentaba en la oscuridad, a unos metros de ella, y simplemente la observaba respirar. —¿Por qué? —le preguntó ella una vez, en el quinto año. Su voz era apenas un susurro ronco. —Porque el mundo de afuera es ruido —respondió Thomas—. Aquí hay silencio. Tú y yo. Existimos. Eso es todo. Rachel dejó de preguntar. Dejó de luchar. Se convirtió en parte de la cueva. Una estalagmita que respiraba. Diez años. Doce años. Quince años. Rachel Morrison murió en esa cueva mil veces. Pero su cuerpo, traicioneramente fuerte, se negó a dejar de latir.
Parte 2: El Fantasma Resurgido
Año 2006. Dieciséis años después.
Jake Hoffman vivía para la adrenalina, pero respetaba la montaña. —Mira, el GPS dice que no hay nada aquí —dijo Jake, ajustando su arnés. Estaban en una zona remota de las Rocosas, un lugar que los mapas oficiales ignoraban. Picos afilados, vegetación densa y terreno inestable. Mira Chen, su compañera de escalada, miró hacia la pared de roca. —Vi una abertura, Jake. Lo juro. Detrás de esos arbustos espinosos. El grupo de cuatro escaladores —Jake, Mira, Devon y Samantha— eran exploradores de cuevas aficionados. Buscaban lo desconocido. —Está bien —cedió Jake—. Vamos a echar un vistazo. Pero si es una guarida de osos, tú vas primero.
Se abrieron paso a través de la maleza. Efectivamente, había una grieta en la roca. Estrecha, casi invisible si no sabías qué buscar. El aire que salía de la cueva era frío. Antiguo. —Huele raro —dijo Devon, arrugando la nariz—. No huele a animal. Huele a… cerrado. Jake encendió su linterna frontal de alta potencia. El haz de luz cortó la negrura como una espada láser. —Entraré. Mantengan la cuerda tensa.
Jake se arrastró por el túnel. Cinco metros. Diez metros. El túnel se abrió en una cámara natural. Era vasta. El techo estaba lleno de estalactitas que brillaban con la humedad. Jake barrió la sala con su luz. Rocas. Polvo. Goteras. Y entonces, la luz se detuvo en algo que no pertenecía. Un colchón. Viejo, podrido, con los resortes oxidados asomando como costillas. —Chicos —dijo Jake por la radio, su voz tensa—. Tienen que ver esto. Aquí vivió alguien. Avanzó. Vio latas oxidadas. Un cubo. Y luego vio el movimiento. Un bulto de trapos sobre el colchón se agitó. Jake se congeló. Su corazón martilleó contra sus costillas. —¿Hola?
El bulto se levantó. No eran trapos. Era una persona. O lo que quedaba de una persona. Cabello largo, enmarañado hasta la cintura, gris por la suciedad. Piel blanca como el papel, casi translúcida. Huesos que amenazaban con perforar la piel. La criatura levantó una mano esquelética para cubrirse los ojos ante la luz. Emitió un sonido. Un gemido agudo, aterrorizado. —No… no luz. Duele.
Jake sintió que el vómito subía por su garganta. Dio un paso atrás, horrorizado. —Mira, Devon, ¡bajen ahora! —gritó, olvidando la radio—. ¡Hay alguien aquí! La figura en el colchón se encogió, temblando violentamente. —No me pegues. No me pegues. Soy buena. Estoy quieta. Jake se obligó a acercarse. Se arrodilló, bajando la intensidad de su luz. —No voy a pegarte. Soy Jake. Soy un escalador. Sus ojos se adaptaron. Vio la cadena. Hierro grueso, oxidado, cerrado alrededor de un tobillo que era pura cicatriz y hueso. —Dios santo —susurró Jake. La ira y la piedad lo golpearon al mismo tiempo—. ¿Quién te hizo esto?
La mujer lo miró a través de los dedos. Sus ojos eran enormes, desorbitados. —Thomas… él viene. Tienes que irte. Se enfadará. —Nadie te va a hacer daño nunca más —dijo Jake con firmeza. Los otros escaladores llegaron. Samantha ahogó un grito. Devon maldijo. —¿Cómo te llamas? —preguntó Mira, con voz suave, acercándose como si se acercara a un animal herido. La mujer parpadeó. Parecía buscar la respuesta en un archivo polvoriento de su mente. —Rachel —susurró—. Creo… creo que Rachel. Mira jadeó. Se llevó la mano a la boca. —Rachel Morrison. La mujer asintió débilmente. —¿Mis amigas? ¿Jessica? ¿Amanda? ¿Me están esperando? Jake intercambió una mirada horrorizada con Mira. —Rachel… ¿en qué año crees que estamos? —1990 —dijo ella—. Julio. Jake cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso de la tragedia. —Rachel… estamos en 2006. La mujer se quedó inmóvil. Luego, un aullido salió de su garganta. Un sonido de dolor puro, de 16 años de vida robada golpeándola de golpe.
La Extracción.
Sacarla fue una operación quirúrgica. Devon tenía una sierra para metales en su equipo de emergencia. —Va a hacer ruido —advirtió Devon—. Y chispas. Rachel se cubrió la cabeza, sollozando. El sonido del metal cortando metal resonó en la cueva como disparos. Tardaron veinte minutos. Veinte minutos eternos. Cuando la cadena se rompió, Rachel no se movió. —Ya eres libre —dijo Jake—. Puedes levantarte. —No puedo —susurró ella—. Mis piernas… no funcionan. Jake la levantó en brazos. Pesaba menos que un niño. Olía a enfermedad y oscuridad. La cargaron por el túnel. Pasándola de mano en mano. Cuando llegaron a la salida, Samantha se quitó su chaqueta y cubrió la cabeza de Rachel. —La luz la va a cegar —dijo. Salieron al aire libre. Incluso con la chaqueta, Rachel sintió el sol. Gritó. —¡Quema! ¡El aire quema! Era demasiado. Demasiado oxígeno. Demasiados olores. Demasiado espacio. Sufrió un ataque de pánico en los brazos de Jake, arañando su pecho, convulsionando. —¡El helicóptero está en camino! —gritó Mira al teléfono satelital—. ¡Necesitamos un equipo médico completo! ¡Estado crítico!
La Cacería.
La oficina del Sheriff del Condado de Garfield se convirtió en un centro de guerra. El Sheriff Marcus Dalton miró la foto en la pizarra. Thomas Wade. 62 años. Ex ingeniero. Ermitaño. —Este hombre es un fantasma —dijo la Agente Especial del FBI, Patricia Navarro—. Compró tierras en el 79 y desapareció del mapa. Paga impuestos en efectivo. Sin teléfono. Sin electricidad. —Tenemos a la chica —gruñó Dalton—. Ella nos dio la descripción. La barba. Los ojos vacíos. —Ella dijo que él tenía una “casa”. Que la cueva era solo para guardarla —dijo Navarro—. Tenemos que encontrar esa cabaña. Ahora.
Los equipos SWAT se desplegaron. Encontraron la cabaña a cinco kilómetros de la cueva, oculta en un valle profundo. Era una estructura impecable. Troncos perfectamente cortados. Un jardín cuidado. Entraron rompiendo la puerta. —¡Policía! ¡Al suelo! Silencio. La cabaña estaba vacía. Pero estaba habitada. Había comida fresca en la mesa. Un libro abierto. Y en la pared, un calendario. Cada día marcado con una X negra. Desde 1979 hasta ayer. Navarro encontró el diario debajo de la cama. Lo abrió con guantes de látex. La escritura era precisa, minúscula.
14 de Julio, 1990: “La encontré. O ella me encontró. Estaba capturando la luz. Yo necesitaba capturarla a ella. No para hablar. Solo para estar. La soledad era demasiado ruidosa. Ahora, con ella en la cueva, el silencio es perfecto.”
3 de Agosto, 2006: “Voces. Cerca de la cueva. La han encontrado. Mi experimento ha terminado. No puedo volver al mundo de los hombres. Sus ruidos, sus leyes. No entienden la pureza del aislamiento. Me voy al frío.”
—”Me voy al frío” —leyó Navarro en voz alta—. ¿Qué significa eso? El Sheriff Dalton miró por la ventana hacia los picos nevados. —Significa que sabe que vamos por él. Y sabe dónde no podemos seguirlo.
La persecución duró dos semanas. Rastrillaron la montaña. Fue un excursionista quien vio la ropa. Pantalones, camisa, botas. Doblados cuidadosamente sobre una roca en la entrada de una grieta profunda, mucho más alta en la montaña, en la zona de las nieves perpetuas. El equipo de rescate bajó a la grieta. La temperatura ahí abajo era bajo cero. Encontraron a Thomas Wade. Estaba desnudo, acurrucado en posición fetal, imitando la posición en la que había mantenido a Rachel durante años. Estaba congelado. Sólido como la piedra. Su cara estaba tranquila. Había elegido la hipotermia. Una muerte dulce. Dormirse mientras el frío te apaga. Había escapado de la justicia humana.
Navarro miró el cadáver congelado. —Cobarde —escupió—. Vivió como un monstruo y murió como un cobarde.
Parte 3: El Frío y el Renacer
El Hospital.
La habitación era blanca. Aséptica. Rachel yacía en la cama, conectada a monitores que pitaban rítmicamente. Su piel estaba limpia por primera vez en 16 años, pero las cicatrices en su tobillo eran moradas y profundas, surcos que llegaban casi al hueso. La puerta se abrió. Entraron dos personas mayores. Rachel los miró. Su cerebro luchaba por superponer las imágenes de su memoria con la realidad. Esa mujer de cabello gris, con arrugas profundas alrededor de los ojos… ¿era su madre? Ese hombre encorvado, con bastón… ¿era su padre, el fuerte David Morrison? —¿Rachel? —la voz de Linda se quebró. —Mamá… —susurró Rachel. Su voz sonaba extraña sin el eco de la cueva. Linda corrió hacia la cama y se derrumbó sobre su hija. —Oh, Dios, mi niña. Mi niña. David se quedó en la puerta, llorando en silencio. —Te ves vieja, mamá —dijo Rachel, con una honestidad brutal e infantil—. Todos son viejos. —Lo sé, cariño. Lo sé —sollozó Linda—. El tiempo… el tiempo nos pasó por encima. Un hombre entró detrás de ellos. Treinta y un años. Traje. Mirada seria. —¿Kevin? —preguntó Rachel. El hombre asintió, mordiéndose el labio para no llorar. —Hola, hermanita. —Eras un niño —dijo ella, estirando una mano temblorosa—. Tenías granos. Odiabas las matemáticas. Kevin le tomó la mano. —Tengo una hija ahora, Rachel. Se llama Hope. Tiene cuatro años. Rachel cerró los ojos. Una sobrina. Una vida entera que se había perdido mientras ella contaba gotas de agua en la oscuridad. La magnitud de la pérdida la golpeó más fuerte que cualquier golpe físico. Lloró. No de alegría, sino de duelo. Duelo por la chica de 19 años que murió en esa montaña.
La Noticia.
Días después, la Agente Navarro entró en la habitación. —Lo encontramos, Rachel. Rachel se tensó, sus manos agarrando las sábanas hasta que sus nudillos se pusieron blancos. —¿Viene por mí? —No. Está muerto. Rachel no parpadeó. —¿Cómo? —Se suicidó. Hipotermia. Se dejó congelar en una cueva. Silencio en la habitación. Rachel miró por la ventana hacia las montañas lejanas. —Es justo —dijo finalmente—. Él amaba el frío. Amaba el silencio. Ahora lo tiene para siempre. —¿Sientes alivio? —preguntó Navarro. —No —dijo Rachel—. Siento… nada. Él me robó mi vida y luego se quitó la suya para no pagar. No hay justicia aquí. Solo final.
La Reconstrucción.
La recuperación fue un infierno diferente. Rachel tuvo que aprender a caminar de nuevo. Sus músculos estaban atrofiados. Cada paso era dolor. Tuvo que aprender a comer comida sólida sin vomitar. Pero lo más difícil fue la mente. El mundo había cambiado. —¿Qué es esto? —preguntó Rachel, sosteniendo un pequeño dispositivo rectangular. —Es un iPhone —dijo Kevin—. Un teléfono. Tiene internet. —¿Internet? —Rachel miraba la pantalla brillante con desconfianza—. ¿Dónde están los cables? Se sentía como una alienígena. La música era diferente. La ropa era diferente. La gente caminaba mirando pantallas, ignorándose unos a otros. “El aislamiento de Thomas era físico”, pensó Rachel. “El aislamiento de este nuevo mundo es digital.”
Tuvo pesadillas cada noche durante dos años. Soñaba con la cadena. Soñaba que despertaba y todo el hospital, su familia, el rescate, había sido una alucinación y todavía estaba en la cueva. Gritaba hasta que su madre entraba y la abrazaba. —Estás aquí. Estás a salvo. Toca la pared. Es yeso, no roca.
Pero Rachel era una Morrison. Había sobrevivido a lo invivible. Empezó terapia intensiva. Retomó la fotografía. Al principio, no podía usar una cámara. El sonido del obturador le provocaba ataques de pánico. Le recordaba el momento exacto en que su vida terminó. Pero poco a poco, con una cámara digital silenciosa, volvió a mirar a través de un lente. Ya no fotografiaba paisajes grandiosos. Fotografiaba detalles. Una grieta en el asfalto. Una flor creciendo en la basura. Cicatrices. Encontraba belleza en lo roto.
La Entrevista.
Un año después, aceptó dar una entrevista. Se sentó frente a las cámaras. Millones de personas miraban. —Rachel —dijo la periodista—. ¿Qué le dirías a la gente que tiene miedo? Rachel miró directamente al lente. Sus ojos ya no eran los de una niña de 19 años. Eran ojos antiguos, sabios y tristes. —Les diría que el tiempo es lo único que importa. No el dinero. No el éxito. El tiempo. Me robaron dieciséis años. Dieciséis navidades. Dieciséis cumpleaños. No los desperdicien. —¿Odias a Thomas Wade? —Odiarlo requeriría energía —dijo Rachel—. Y no voy a darle ni un segundo más de mi vida. Él es polvo. Yo estoy aquí. Yo gané.
El Final: El Regreso.
Año 2016. Diez años después del rescate. Rachel caminaba por el sendero. Cojeaba ligeramente, un recordatorio permanente del grillete. Jake Hoffman iba a su lado. Se habían hecho amigos cercanos. Él era el único que entendía lo que significaba haber estado en esa oscuridad. —¿Estás segura de esto? —preguntó Jake. —Necesito hacerlo. Para cerrar el círculo.
Llegaron a la entrada de la cueva. Ya no estaba oculta. Habían puesto una reja para evitar que curiosos entraran, pero Jake tenía la llave. El olor la golpeó primero. Ese olor a humedad y olvido. Su corazón se aceleró, pero respiró hondo. —Estoy a salvo —se dijo—. Soy libre. Entraron. Las luces LED iluminaron la caverna. Ahí estaba. La estalagmita. El lugar donde había estado su colchón. Parecía… pequeño. En su memoria, la cueva era un mundo infinito de terror. Ahora, era solo un agujero sucio en la tierra. Rachel se acercó a la estalagmita. Tocó la roca donde había marcado los días hasta perder la cuenta. Sacó algo de su bolsillo. Era la tapa de la lente de su vieja Nikon F3. La habían encontrado entre las evidencias y se la habían devuelto. La puso sobre la roca. —Adiós, Thomas —dijo a la oscuridad—. Adiós a la víctima. Se dio la vuelta. —Vámonos, Jake. Caminaron hacia la salida. El túnel se hacía más brillante a medida que avanzaban. Al llegar al final, Rachel no se cubrió los ojos. Dejó que el sol la golpeara en la cara. Dejó que la luz la inundara. Sacó su cámara nueva. Frente a ella, el valle se extendía, verde y vivo, indiferente a su sufrimiento, pero hermoso a pesar de todo. Levantó la cámara. Enfocó. Suspiró. Clic. La imagen quedó capturada. Pero esta vez, después del clic, la oscuridad no llegó. Solo hubo luz. Y el camino a casa.